Parientes

En la pantalla del televisor, a la hora de la sobremesa, apareció la presentadora robot de un noticiario norcoreano y se me pusieron los pelos de punta. Con la batería recién cargada, hacía así y así con la cabeza, arriba y abajo, en un dos por cuatro espasmódico y molto presto, vociferando de manera monocorde sin respirar y, al mismo tiempo, como si estornudara, atada la chaqueta mediante los correspondientes herrajes con tal tensión que se diría que el tejido era de una solidez férrea, como férrea aparecía toda ella, sin arruga posible, ni en la chaqueta metálica ni en el rostro metálico.

Uno ve esas cosas y se agarra inconscientemente al brazo del sofá y piensa en cómo gestionará el cuerpo y, sobre todo, la mente, un (sin)vivir así, cómo casas eso con la meditación y el yoga y el retiro monástico y las terapias que previenen del estrés como factor desencadenante de ataques al sistema inmunológico. Y piensas también en el enorme poder del miedo y del engaño como agentes parientes en el dictado de las biografías. Porque esta mujer que sigue estornudando vocablos amenazantes con la cabeza arriba y abajo arriba y abajo al son del metrónomo se sentirá superior al resto de la humanidad cuando, en realidad, se moverá en un equilibrio fragilísimo en el que si le viene un eructo, una moquitilla o le asoma una legaña la pasarán por el paredón al incumplir la mínima norma de deshumanización; lo mismo con ese grupo de señoras que se ofrecen para limpiar las alhajas de la Virgen del pueblo y lo hacen tan animosas ellas cuando en realidad lo que les mueve es un terror morrocotudo que se manifiesta en la negativa innegociable a morir un día; y lo mismo con esos matrimonios, todos, que se refugian en el cónyuge y en la prole cuando, en realidad, su sensación de seguridad y de refugio es la manera con la que se sobrevive a la cercana y no reconocida posibilidad de la ausencia de todo eso; y esos adolescentes que creerán a pies juntillas haber conquistado una libertad a la que no hay cojones para cuestionar estando presos de su propia inconsistencia; y la deuda de Irlanda o el rescate del euro, que observamos como si de pasar un antivirus al sistema operativo se tratara cuando, en realidad, algún profeta habría por aquellos desiertos de antaño y de maricastaña que, alucinado por la visión de pantallas con números rojos y gráficas apuntando para abajo, dejaría escrita unas cuartetas hablando de ángeles de sangre coronados de halos refulgentes que vienen a despedir la emisión de todas las cosas.

Lo peor es que la gente sigue mirando a las noticias como si vieran una película de ciencia ficción y no el directo de lo que ocurre. Es el miedo intentando engañarnos para desviar nuestra atención. Sólo el dicho popular, inmunizado contra la Gripe A, la calificación A+1 de las agencias de la cosa económica, los hongos de los pies y hasta los hongos nucleares, sobrevive para recordar a quien quiera oir que la realidad supera siempre a la ficción.

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