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Régimen 23 noviembre, 2010

Escrito por emejota en : Cine , 7 comentarios , trackback

“Te está mintiendo pero no importa eso porque le quieres.”

Bon appetitHay una docena escasa de personas en la sala donde se proyecta “Bon Appétit” y una de ellas está hundida en la butaca tapándose los ojos con una mano, apesadumbrado. Soy yo. La cosa ha empezado torcida en cuanto Unax Ugalde, enigma único del cine patrio, ha abierto la boca y se ha podido comprobar que no es él quien habla, sino que está doblado por una voz de doblaje. Parece una redundancia pero no lo es: podría haberse doblado a sí mismo o por una voz que no fuera voz de doblaje de esas de peli americana. Sólo cuando ocurre algo así comprueba uno el aliento que el doblaje quita a la interpretación, su verdadera magnitud. En este caso, además, es que Unax Ugalde tiene en su voz parte esencial de lo suyo, que no es poco. Pero a continuación viene una cosa entre fogones de alta cocina que, en realidad, esconde un régimen de esos de dejarte el gesto mustio, porque el menú que desfila en pantalla es un conjunto de ingredientes que no cuajan, bien por la falta rigurosa (y asombrosa) de sal que el régimen parece imponer, por la caducidad de los mismos (rancios, rancios)

(un sms de la vecina a la 1:19 de la madrugada? Un momento que ahora vuelvo)

Ya. Bueno (malo), que todo muy manido, descorazonadoramente manido, muy deshilachado, sosón, sin ninguna progresión dramática creíble, o coherente o, simplemente, organizada de manera que permita levantar el vuelo de algo o marcar el ritmo del compás. Lugares comunes, un conjunto de situaciones desaprovechadas que en la digestión repiten, ni chicha ni limoná, ahora un parto, ahora un viaje a Bilbao, ahora a ver qué es lo siguiente porque todo cabe en el buche de estos 90 minutos y así todo el rato. Y el estupor que le llueve a uno encima es ver, en los títulos iniciales, un ICO, un ICAA, una decena de productoras y televisiones y todo al servicio de la nada o del algo sustancioso, no pidamos ya algo original. Da azogue, pereza, abruma pensar en la de gestiones que los señores de la peli tuvieron que hacer y las cosas administrativas que tuvieron que lidiar entre España, Suiza y Alemania para sacar adelante algo así, y pensar que hubo quien pensó que la cosa aportaba algo, que merecía la pena, no sé, lo normal en estos casos. Es sorprendente comprobar que, salvo rarísimas excepciones, empieza a ser usual que el salto del cortometraje al largometraje traiga a directores que son la leche en el montaje y la planificación de los planos y que lo hacen con tal empeño que se olvidan de algo que algo contará: el guión, por ejemplo. El recipiente necesita un contenido; poco hacemos si le ponemos lazo a la caja si dentro o hay aire o algo rancio o el Almax que se necesita tras degustar (o disgustar) este menú que debería hacer pensar muchas cosas y llamar a la reflexión a una parte importante del gremio.

Y todo para decir algo que ya sabíamos antes de entrar en la sala: que el amor te inocula su veneno para anestesiarte mientras dura la operación a corazón abierto y tiempo habrá para despertar y darse cuenta de su inevitable fracaso.