Austrohúngaro

BerlangaLuis García Berlanga fue un señor austrohúngaro. Eso lo primero. Austrohúngaro de Valencia, para más señas. Con unas señas de identidad así, es normal que el expediente curse como cursa, sobresaliente en el dominio fallero y esperpéntico de un medio, el cine, donde expresar una voz propia a través de muchas voces, muchas, tantas como para necesitar del plano secuencia, ese en el que la cámara no corta ni fija su ojo aquí abrumada por tantos que vienen y van y tanto que dicen y no menos tanto que ocurre.

Pocos autores tienen, además, la capacidad para poner en boca de tantas bocas la denuncia o el retrato poco honroso de nuestro lado menos honroso provocando, sin embargo, sonrisas, risas y hasta ternura. No utilizó Berlanga estas armas para congeniar con los espectadores a los que previamente había azuzado un poco haciéndoles mirarse en el espejo, no: Berlanga lo hacía así, de aquellos modos, primero porque se lo quería pasar en grande y segundo porque mediante esa fórmula, tan nuestra y tan suya, los problemas quedaban aún más en evidencia sin que escocieran en la butaca, si acaso después, cuando la cabeza repasa y reposa.

El universo creado por Berlanga está poblado de seres y situaciones falleras que arden en deseos de reir mientras retratan una España de pandereta terrible y tierna que espera a los americanos en blanco y negro o anestesia un rato el murmur de la conciencia poniendo un pobre a su mesa. Más tarde, ya en colores y sacando los colores, dibuja el tríptico de “La Escopeta Nacional” donde aparecen reflejados todos, siendo “todos” todos los arquetipos y circunstancias que explican, como ningún libro de texto, la Transición española.

José Isbert, tremendo y entrañable verdugo y otras cosas en otras cintas; Luis Escobar, Marqués de las Marismas del Guadalquivir de paisano y Marqués de Leguineche en el oficio; Luis Ciges balbucendo surrealismos y Mary Santpere haciendo mala sangre a través de un walkie talkie son algunas de las criaturas mediante las que Berlanga habla y se lo pasa bomba compartiendo con nosotros la diversión. Forman parte, junto al cura (da igual qué cura, los curas de Berlanga son muy curas) o el trepa, o el señorito salido, de uno de los imaginarios más importantes y potentes que hemos conocido. Una suerte. Que el señor Alex de la Iglesia, presidente de la Academia del Cine, dijera entre coronas de flores que Berlanga fue más grande que Ford o Dreyer es de traca, y no de las de valencia berlanguiana precisamente, y nos hizo dudar por un momento de la inteligencia de un señor que nos parecía inteligente hasta el momento: Berlanga, Ford y Dreyer, no son más grandes que ninguno porque poseen el rarísimo don de ser ellos mismos además de genios y, por eso razón, incomparables e inimitables.

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