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Juego 29 noviembre, 2010

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Pues nada. Ya se ha terminado el Barça-Madrid y tras el solaz de 90 minutos, un grupo de peces gordos volverán a jugar al Monopoly con los países y tal.

Fotografías 27 noviembre, 2010

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Como tengo una memoria fotográfica de todo lo acontecido desde 1982 hacia abajo y desde estas teclas hasta hace cinco minutos, puedo ver y transcribir con certeza que una tarde de las navidades de 1976, 6 añitos yo, una monada, je, esperaba en casa de mi abuela, no la que pasó por el blog sino la otra, a que encendieran la estrella de Navidad de la Casa del Reloj, hecho que sucedía hacia las seis y veinte de la tarde porque, evidentemente, si la tal estrella con estela y todo estaba montada a lo largo de la fachada de la Casa del Reloj es que en la tal casa había y hay aún un reloj. Estrella no, que un año desapareció y disimulé mi soponcio de niño rarito que daba mucha importancia a estas cosas: al encendido de las luces, más concretamente a su puntualidad, coincidente cada tarde con la hora del olor de las castañas asadas que la señora del puesto de castañas, ahí abajo, ofrecía en cucuruchos de papel de revista cuando las revistas no eran aún de papel cuché y las tipografías sudaban tinta en las manos. Tampoco los puestos de castañas eran prefabricados sino que eran auténticos, con el brasero imponente, oloroso y ardiente ante la cual la señora, con su delantal negruzco, la tez rojiza y pañuelo en la cabeza, plantaba cara al frío de la tarde. En 1976, los puestos de castañas no tenían impreso una dirección punto com en la techumbre, como los hay hoy, y las castañeras eran unas señoras que tenían ahí su sitio, eso lo veías a la legua; nadie como la señora del puesto de abajo de casa de la abuela daba mejor las vueltas al manjar ardiente de castañas olorosas ni les daba el tajo con esa pericia artesanal ni, mucho menos, hacía del pliegue que sellaba el cucurucho un primor.

La abuela escuchaba la radionovela de Radio Zaragoza sentada ante la mesa camilla que estaba apostada frente al balcón y yo, a su lado, sentado sobre mis rodillas en una silla, apoyaba los codos en la mesa y mis manos sostenían a mi cabeza que miraba fijamente al reloj de arriba y a la estrella silente de abajo pendiente de que a las seis y veinte llegara la sorpresa del encendido, una sorpresa que de fugaz y yo creo que hasta por repetitiva, ritual, resultaba por eso tan reconfortante. La reiteración de hechos cotidianos fue muy importante en mi infancia un poco infancia Asperger.

Veía encenderse la estrella con su larga estela como Dios manda, bajábamos a por castañas la abuela y yo, poníamos rumbo a mi casa y, en la calle Gaztambide, veíamos venir al señor que accionaba, uno a uno, el interruptor de las guirnaldas de luces amarillas y rojas de esa calle. Las filas de bombillas se encendían de allí para aquí y nosotros íbamos de aquí para allí hasta que una tarde resultó que la abuela y este señor mayor con gorro de lana que encendía las luces se encontraron al pie de uno de los interruptores que, discretamente, junto a la pared, pendía del extremo de esas guirnaldas, extendidas a lo largo de la calle de balcón a balcón. La abuela y el señor de las luces se conocían. Igual del colegio.

No creo que muchos niños reparasen en la fascinante y apenas camuflada presencia de esos interruptores. Yo sí, pero es que fui un niño que ponía su fascinación al servicio de cosas así. La abuela y el señor de las luces se encontraron, soy testigo de ello, viéndolos desde mi escasa altura de seis años y con el calor de las castañas en el bolsillo, y el señor miró que yo miraba al interruptor y me cogió en brazos para que accionara yo mismo las bombillas. Dos veces me auparon en mi niñez para darme sendos regalos inolvidables no exentos de gran responsabilidad: el día que el jefe de estación me elevó a las alturas de la locomotora de mercancías para entrar en ese territorio rugiente en el que me hubiera quedado toda la vida, y el día que hicieron lo mismo para poner en mi mano la tarea de encender un tramo de Navidad. La palanca del interruptor estaba durísima, no sé si porque no daba la talla de dedos o por los nervios, o por ambas cosas.

Estas Navidades no hay interruptores bajo cada una de las guirnaldas porque ya nadie comprendería que sólo ese señor que viene por las tardes puede accionarlos y luego, a la hora misteriosa en la que un niño de seis años flota en el sueño nocturno, hacer el recorrido inverso con la única compañía del frío y el vaho en el aliento. Los gamberros. Y el señor, que se moriría, claro. Como la abuela y la señora de las castañas. Un día empezaron a enterrarlos a todos, igual que la estrella de la Casa del Reloj y el enorme trasto metálico circular donde se asaban las castañas terminaron enterrados en algún almacén o en el vertedero municipal. Pero llevo la fotografía en movimiento de esas secuencias perfectamente grabada y conservada en la cabeza, en color y con olor. Y de vez en cuando pongo en marcha al completo la vida de la calle de entonces en un ahora y a una hora de la noche en la que sólo se escucha el teclear de mis dedos frente a la pantalla.

Clase 26 noviembre, 2010

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Un apunte de clase, una observación sobre los detalles, tan reveladores siempre. Hay detalles reveladores y detalles rebeladores, depende. En cualquier caso, los detalles, aun los pequeños, siempre son elocuentes.

Si termina la clase, cuál, pues la de hace unos minutos, por ejemplo, y B. no deja sobre la mesa el cuaderno cerrado y colocado armónicamente respecto al borde de la mesa, ni deja el lápiz sobre la goma apuntando hacia el noreste, sino que el cuaderno aparece abierto, asimétrico, las migas de la goma de borrar como si fueran azúcar dejada caer sobre un postre, la misma goma boca abajo ocultando su nacionalidad: Milan, y el grupo de lápices y bolígrafos, el pendrive y el cartuchito portaminas (Faber Castell, 0.5, 2B) por aquí y por allá, los síntomas indican una cosa: que es viernes y no martes como acostumbramos. Y, de paso, preludian otra cosa. Se llama adolescencia.

Le he dicho a B. que se abrigue bien este fin de semana porque han anunciado que igual hasta nieva. Dice B. que le gusta que nieve pero si no se deja en casa los guantes. Yo: pues ya sabes. Él: ya, ya. Y ha entrado en el ascensor.

Ciaccona 24 noviembre, 2010

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A Martín


La Ciaccona, con su circularidad infinita asentada sobre los cimientos de una cadencia elemental cerrada sobre sí misma, ejerció sobre los danzantes y los oyentes del Renacimiento y del Barroco el mismo influjo hipnótico, irresistiblemente placentero, como de colocón místico, que los giros igualmente infinitos que los derviches giróvagos hacían sobre sí mismos, como peonzas humanas, elevando las faldas de su túnica al compás de su trance. La Ciaccona es un pegamento/pegadizo: une el final de la cadencia con su principio, y su reiteración genera en el oyente una atención magnética in crescendo hacia las elevadas regiones donde estalla un climax. Y así, y otra vez y otra vez y otra vez y…

Parientes 24 noviembre, 2010

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En la pantalla del televisor, a la hora de la sobremesa, apareció la presentadora robot de un noticiario norcoreano y se me pusieron los pelos de punta. Con la batería recién cargada, hacía así y así con la cabeza, arriba y abajo, en un dos por cuatro espasmódico y molto presto, vociferando de manera monocorde sin respirar y, al mismo tiempo, como si estornudara, atada la chaqueta mediante los correspondientes herrajes con tal tensión que se diría que el tejido era de una solidez férrea, como férrea aparecía toda ella, sin arruga posible, ni en la chaqueta metálica ni en el rostro metálico.

Uno ve esas cosas y se agarra inconscientemente al brazo del sofá y piensa en cómo gestionará el cuerpo y, sobre todo, la mente, un (sin)vivir así, cómo casas eso con la meditación y el yoga y el retiro monástico y las terapias que previenen del estrés como factor desencadenante de ataques al sistema inmunológico. Y piensas también en el enorme poder del miedo y del engaño como agentes parientes en el dictado de las biografías. Porque esta mujer que sigue estornudando vocablos amenazantes con la cabeza arriba y abajo arriba y abajo al son del metrónomo se sentirá superior al resto de la humanidad cuando, en realidad, se moverá en un equilibrio fragilísimo en el que si le viene un eructo, una moquitilla o le asoma una legaña la pasarán por el paredón al incumplir la mínima norma de deshumanización; lo mismo con ese grupo de señoras que se ofrecen para limpiar las alhajas de la Virgen del pueblo y lo hacen tan animosas ellas cuando en realidad lo que les mueve es un terror morrocotudo que se manifiesta en la negativa innegociable a morir un día; y lo mismo con esos matrimonios, todos, que se refugian en el cónyuge y en la prole cuando, en realidad, su sensación de seguridad y de refugio es la manera con la que se sobrevive a la cercana y no reconocida posibilidad de la ausencia de todo eso; y esos adolescentes que creerán a pies juntillas haber conquistado una libertad a la que no hay cojones para cuestionar estando presos de su propia inconsistencia; y la deuda de Irlanda o el rescate del euro, que observamos como si de pasar un antivirus al sistema operativo se tratara cuando, en realidad, algún profeta habría por aquellos desiertos de antaño y de maricastaña que, alucinado por la visión de pantallas con números rojos y gráficas apuntando para abajo, dejaría escrita unas cuartetas hablando de ángeles de sangre coronados de halos refulgentes que vienen a despedir la emisión de todas las cosas.

Lo peor es que la gente sigue mirando a las noticias como si vieran una película de ciencia ficción y no el directo de lo que ocurre. Es el miedo intentando engañarnos para desviar nuestra atención. Sólo el dicho popular, inmunizado contra la Gripe A, la calificación A+1 de las agencias de la cosa económica, los hongos de los pies y hasta los hongos nucleares, sobrevive para recordar a quien quiera oir que la realidad supera siempre a la ficción.

Régimen 23 noviembre, 2010

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“Te está mintiendo pero no importa eso porque le quieres.”

Bon appetitHay una docena escasa de personas en la sala donde se proyecta “Bon Appétit” y una de ellas está hundida en la butaca tapándose los ojos con una mano, apesadumbrado. Soy yo. La cosa ha empezado torcida en cuanto Unax Ugalde, enigma único del cine patrio, ha abierto la boca y se ha podido comprobar que no es él quien habla, sino que está doblado por una voz de doblaje. Parece una redundancia pero no lo es: podría haberse doblado a sí mismo o por una voz que no fuera voz de doblaje de esas de peli americana. Sólo cuando ocurre algo así comprueba uno el aliento que el doblaje quita a la interpretación, su verdadera magnitud. En este caso, además, es que Unax Ugalde tiene en su voz parte esencial de lo suyo, que no es poco. Pero a continuación viene una cosa entre fogones de alta cocina que, en realidad, esconde un régimen de esos de dejarte el gesto mustio, porque el menú que desfila en pantalla es un conjunto de ingredientes que no cuajan, bien por la falta rigurosa (y asombrosa) de sal que el régimen parece imponer, por la caducidad de los mismos (rancios, rancios)

(un sms de la vecina a la 1:19 de la madrugada? Un momento que ahora vuelvo)

Ya. Bueno (malo), que todo muy manido, descorazonadoramente manido, muy deshilachado, sosón, sin ninguna progresión dramática creíble, o coherente o, simplemente, organizada de manera que permita levantar el vuelo de algo o marcar el ritmo del compás. Lugares comunes, un conjunto de situaciones desaprovechadas que en la digestión repiten, ni chicha ni limoná, ahora un parto, ahora un viaje a Bilbao, ahora a ver qué es lo siguiente porque todo cabe en el buche de estos 90 minutos y así todo el rato. Y el estupor que le llueve a uno encima es ver, en los títulos iniciales, un ICO, un ICAA, una decena de productoras y televisiones y todo al servicio de la nada o del algo sustancioso, no pidamos ya algo original. Da azogue, pereza, abruma pensar en la de gestiones que los señores de la peli tuvieron que hacer y las cosas administrativas que tuvieron que lidiar entre España, Suiza y Alemania para sacar adelante algo así, y pensar que hubo quien pensó que la cosa aportaba algo, que merecía la pena, no sé, lo normal en estos casos. Es sorprendente comprobar que, salvo rarísimas excepciones, empieza a ser usual que el salto del cortometraje al largometraje traiga a directores que son la leche en el montaje y la planificación de los planos y que lo hacen con tal empeño que se olvidan de algo que algo contará: el guión, por ejemplo. El recipiente necesita un contenido; poco hacemos si le ponemos lazo a la caja si dentro o hay aire o algo rancio o el Almax que se necesita tras degustar (o disgustar) este menú que debería hacer pensar muchas cosas y llamar a la reflexión a una parte importante del gremio.

Y todo para decir algo que ya sabíamos antes de entrar en la sala: que el amor te inocula su veneno para anestesiarte mientras dura la operación a corazón abierto y tiempo habrá para despertar y darse cuenta de su inevitable fracaso.

Santa Cecilia 22 noviembre, 2010

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Música de La Idea del Norte.

Podría ser una nana breve, un verso de Victoria, un invierno, una lágrima de nieve, algo para escuchar en silencio y dentro de un paréntesis. Podría y puede ser lo que cada cual quiera. Nada más.

Ocupaciones 21 noviembre, 2010

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(Obsérvese que el título carece, por una vez, del prefijo pre-)

(porque será un prefijo, digo yo)

(a ver, en prehistoria, pre- sí funciona como prefijo, pero ahora dudo de si aquí cumple una función distinta. Va a ser que sí, o qué?)

(C, te necesito)

Miro la fecha del último post y digo nopuedeser. Y lo digo porque desde aquel día en el que descubrí que B. tiene carácter (y sonreí) hasta hoy, cinco días después, no me he despegado de este teclado ni de esta pantalla.

Créetelo.

De ahí el título de este post. Escribo, tomo notas, doy forma a las notas escribiendo, preparo papeles con la esperanza de que un día den fruto en forma de trabajo, preparo papeles para trabajos pendientes que se veían lejos en el calendario hasta que se presentan a vuelta de nada y, sobre todo, qué cosa, los mails. Nunca, en la vida, había tenido que escribir y responder a tantos mail, de verdad, y eso que mi cuenta de Gmail dio entrada al mail número 11.111, (lista de correo de las Cantatas de Bach. Asunto: Cantatas de Bach en Estocolmo) lo que quiere decir que si hacemos una prospección encontraremos estratos en los que se podrán leer cosas de eras antiguas.

Me escribieron y escribí; para qué o para quiénes daría para mucho tecleo en aquellas comunicaciones que no requierieron el velo de la privacidad porque tenían su punto. Se comprenderá, no obstante, y sin ánimo de hacer a nadie de menos, que señale a alguien particular.

Recibí noticias de Lindsay.

Yes.

Dice Lindsay que se acuerda mucho de las clases de inglés y pregunta qué tal estoy. Me cuenta que viven en Boston y que el otoño allí ofrece un espectáculo insólito, sobre todo en la zona donde viven. Lindsay y Bob están muy contentos porque viven en un sitio donde se puede ir a todos los sitios necesarios a pie y me manda fotos de su apartamento y de cómo habla el otoño en inglés.

Nice.

Lindsay hace de nanny de un bebé y cuando no, estudia. Mucho. Y pregunta, en un momento dado, si he encontrado ya nuevo teacher de inglés.

Never!

Así me salió al leer la pregunta. Y me salió hasta con un punto de orgullo por guardar las ausencias, como si rindiera lealtad. En gran parte es así. La otra pequeña parte también es por lo mismo, ahora que lo pienso. Creía que esa pequeña parte estaba ocupada por la pereza pero no, me acabo de dar cuenta.

He tecleado tantas cosas, trabajado tanto, y lo de los mail entre tecla y trabajo, que todavía no le he contestado. Y es que he tenido que optar por establecer una lista práctica de prioridades en relación a lo que más urge porque si no, no llego. Ni siquiera para salir a dar un paseo, cosa que he hecho esta tarde-noche. Ha sido poner el pie fuera del portal y me ha entrado una melancolía grande y un frío intenso, o un frío grande y una melancolía intensa, el orden de los factores no altera ni el termómetro de la farmacia de al lado ni el termómetro anímico.

Las calles de las ciudades no están pensadas para la noche de los domingos o igual soy yo el que no está pensado para el anochecer dominical de las ciudades. Habré dado cincuenta, pongamos ochenta pasos y me he dado la media vuelta. Y el portal ya tenía el regusto del domingo, y el ascensor ni te cuento. Los domingos están hechos de una sustancia pegajosa y son, desde la infancia, prefijo de los lunes de vuelta al cole. Pero fijo que lo son. Por eso afectan. La luna llena, eso sí, lucía tan oronda con un frío blanco de frío. La luna llena también afecta, dicen, pero esta parece que no. O yo no me he enterado, vamos.

Clase 16 noviembre, 2010

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B. tiene carácter.

Yo sonrío.

Contracorriente 16 noviembre, 2010

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Pilar SarasolaAcepté el encargo de poner música al documental “Pilar Sarasola, viuda de Luque: una mujer contracorriente”, con cierto escepticismo, como trabajo alimenticio, y terminé enganchado a la historia de esta mujer valiente donde las haya, y de los testimonios de los allegados supervivientes que ahí estaban, frente a la cámara de Juanjo Martínez, todos ellos tocados por el ángel, que diría Lorca. El documental se proyecta la semana próxima en la sede cordobesa de la Filmoteca de Andalucía y moverá emociones. Pilar Sarasola fue una señora de mucha categoría, como dirían los señores de barba blanca y aire culto o bohemio o las dos cosas, como el que aparece diciéndolo en un momento del metraje. Nacida en Huesca, pero con los recuerdos de la infancia grabados en Gijón, la llamada al corazón de Rogelio Luque la llevaría a Córdoba donde empezó y acabó todo con una librería mítica, la Librería Luque, de la calle Gondomar, como testigo del paso efervescente de la intelectualidad de la república y más tarde de la pira de libros y de la desaparición de quienes habían puesto ojos y corazón en sus páginas nada más comenzar la Guerra Civil.

A Rogelio Luque se lo llevaron una noche porque a alguien se le metió en la sesera que esos libros que aparecían en el escaparate, de Ortega, de Unamuno, novelas habría también, claro, pues eran sospechosas de lo peor y cuando esta mujer corrió al cuartelillo para llevar algo le contestaron que no hacía falta: “no va a comer más”. 39 años él, 31 ella. Pero esta mujer, lejos de amilanarse, lloró todo lo que tenía que llorar por su marido, los amigos queridos, los tiempos felices, y se dispuso a abrir su librería haciendo de ese acto diario rito y del lugar, santuario, a pesar del riesgo y las zancadillas.

Mirar las fotos y el celuloide rancio donde se ven los tiempos felices y los tiempos del horror; escuchar los testimonios, tan bien hablados en los timbres y tan apasionantes en la exposición y, sobre todo, recrear la presencia de esta Pilar en la voz en off de la actriz Cecilia Solaguren crea un caldo de cultivo donde algo, seguro, tiene que surgir, no sé si bueno pero malo, desde luego, no. Esas cosas las sabe de antemano el corazón. Y aunque la experiencia ha sido agotadora, estoy muy contento con el resultado. Un trabajo así es extenuante primero porque siempre te van a meter prisas a no ser que trabajes en algo que se llame “Pilar Sarasola, viuda de Luque: una mujer contracorriente” donde ya no hay prisas: hay urgencias. Segundo porque componer no es como escribir (sin demérito para lo segundo pero es que si no te vienen las notas y los acordes que las acompañan y los ritmos y… pues no te vienen); además, luego hay que sincronizar con la imagen, estudiarse la interpretación y grabarla, y vuelta a empezar con lo siguiente. Y valorar cada fragmento en la unidad y en su papel en el todo. Y el reloj haciendo tic tac, tic tac. Imagínese.

La estrategia de trabajo partió de la idea de lo que yo llamé, en mis soliloquios frente al pentagrama en blanco, “música en blanco y negro”. Qué quise decir con eso y qué quiero decir con eso, ni idea, pero así me salió el nombre y la mano se fue al lápiz. De ahí surgió un motivo musical simple: un arpegio ascendente. Y del mismo motivo dibuje tres diseños con tres colores armónicos distintos. Esos fueron los pilares de esta Pilar puesta en música:

El primero serviría para abrir (y sirvió):

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Este tendría un carácter episódico:

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Y este aguardaría por si las cosas precisaban ponernos serios:

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Estos tres pilares sostenían y cohesionaban, con sus ocasionales reapariciones, un total de 15 segmentos musicales, “tracks” los llamaríamos si habláramos en color y no en blanco y negro, cada uno respondiendo a las exigencias del guión. Entre el piano y la voz de Cecilia Solaguren hubo química, y eso ayudó mucho. Lo mismo con la de Paco Cerezo, pedazo de voz, y todavía alguna que otra más de los varios testimonios que pasaban por cámara en cuerpo presente a lo largo de los 45 minutos de metraje vistos 45 veces porque este trabajo es así.

Hoy, con la resaca del maratón viernes-madrugada del lunes en el cuerpo (y sobre todo en la mente), me siento muy contento de haber participado en este proyecto y mantengo, porque me lo dice un pálpito, que lo que ha hecho Juanjo Martínez tiene ángel, porque ha sabido combinar muy bien el don que muestran y demuestran quienes narran, caleidoscópicamente, la apasionante historia de esta mujer que nunca dejó que sus hijos la vieran venirse abajo y que luchó con la elegancia y sin despeinarse desde la trinchera de su librería.

Austrohúngaro 15 noviembre, 2010

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BerlangaLuis García Berlanga fue un señor austrohúngaro. Eso lo primero. Austrohúngaro de Valencia, para más señas. Con unas señas de identidad así, es normal que el expediente curse como cursa, sobresaliente en el dominio fallero y esperpéntico de un medio, el cine, donde expresar una voz propia a través de muchas voces, muchas, tantas como para necesitar del plano secuencia, ese en el que la cámara no corta ni fija su ojo aquí abrumada por tantos que vienen y van y tanto que dicen y no menos tanto que ocurre.

Pocos autores tienen, además, la capacidad para poner en boca de tantas bocas la denuncia o el retrato poco honroso de nuestro lado menos honroso provocando, sin embargo, sonrisas, risas y hasta ternura. No utilizó Berlanga estas armas para congeniar con los espectadores a los que previamente había azuzado un poco haciéndoles mirarse en el espejo, no: Berlanga lo hacía así, de aquellos modos, primero porque se lo quería pasar en grande y segundo porque mediante esa fórmula, tan nuestra y tan suya, los problemas quedaban aún más en evidencia sin que escocieran en la butaca, si acaso después, cuando la cabeza repasa y reposa.

El universo creado por Berlanga está poblado de seres y situaciones falleras que arden en deseos de reir mientras retratan una España de pandereta terrible y tierna que espera a los americanos en blanco y negro o anestesia un rato el murmur de la conciencia poniendo un pobre a su mesa. Más tarde, ya en colores y sacando los colores, dibuja el tríptico de “La Escopeta Nacional” donde aparecen reflejados todos, siendo “todos” todos los arquetipos y circunstancias que explican, como ningún libro de texto, la Transición española.

José Isbert, tremendo y entrañable verdugo y otras cosas en otras cintas; Luis Escobar, Marqués de las Marismas del Guadalquivir de paisano y Marqués de Leguineche en el oficio; Luis Ciges balbucendo surrealismos y Mary Santpere haciendo mala sangre a través de un walkie talkie son algunas de las criaturas mediante las que Berlanga habla y se lo pasa bomba compartiendo con nosotros la diversión. Forman parte, junto al cura (da igual qué cura, los curas de Berlanga son muy curas) o el trepa, o el señorito salido, de uno de los imaginarios más importantes y potentes que hemos conocido. Una suerte. Que el señor Alex de la Iglesia, presidente de la Academia del Cine, dijera entre coronas de flores que Berlanga fue más grande que Ford o Dreyer es de traca, y no de las de valencia berlanguiana precisamente, y nos hizo dudar por un momento de la inteligencia de un señor que nos parecía inteligente hasta el momento: Berlanga, Ford y Dreyer, no son más grandes que ninguno porque poseen el rarísimo don de ser ellos mismos además de genios y, por eso razón, incomparables e inimitables.

Trabajo 14 noviembre, 2010

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3:00 de la madrugada del domingo al lunes. Empecé a trabajar el viernes después de cenar y hasta ahora. En qué. Mañana lo cuento. Se comprenderá que tenga que ser mañana porque estoy fundido (pero satisfecho).

Album 12 noviembre, 2010

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Le he quitado esta foto a Alex (era difícil resistirse) pero seguro que no le importa.

Y esta a mi hermano, que tampoco le importa.

Clase 11 noviembre, 2010

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Me dio por pensar, así de repente, nada más abrirse el ascensor, que igual hay una razón psicológica que relacione el progresivo desapego materno de los chavales llegada cierta edad con el desapego de la pared del pasillo cuando se camina desde el allí donde está el ascensor hasta el aquí donde espero a B. quien, de manera novedosa, pronunció ese hola tan característico que ya nos sabemos mientras avanzaba por la mitad del pasillo, y además con paso decidido. Es verdad que, mientras llegábamos a nuestro cuartel general, esto es, la misma mesa desde la que tecleo este post, pensaba yo en lo peregrino de la idea de los respectivos desapegos que podían estar menos desapegados de lo que parece, pero me costó un rato poner la ceja en su sitio. La ceja se levanta cuando uno cae en algo, tiene un pálpito, una idea, qué se yo.

¿Menos agobiado esta semana en el colegio? Sí, menos. Vale, me alegro. Gracias. Ahí tienes tu cuaderno. Ah, bien. Por cierto, echa un vistazo al último dictado. ¿Sí?. Es que al abrir el cuaderno he visto que los fa sostenido del dictado en sol menor del otro día los dijiste en voz alta pero no los apuntaste. Ah, es que, ya, ya sé, ya. Lo sé, un despiste, pero cuida con esa clase de despistes porque en un examen es como decir en voz alta que ahora tiene hache intercalada y después escribirla sin la hache. Sí, sí, es que. Bueno, no pasa nada si me das un re.

Bingo.

Qué tío. 4 de 4. Es que aunque le hagas perder la concentración (cosa, por lo demás, no muy difícil de conseguir). Observo que cuando B. da en la diana y ve cómo me sorprendo gratamente se sonríe un poco y luego baja la cabeza para dibujar una clave de sol.

¿Te gustan los retos? Bueno… sí… bueno… A ver, ¿eso es que sí o que no o que te da lo mismo? No, que sí, sí me gustan (abramos paréntesis para anotar que yo creo que la reserva inicial de B. es por prudencia: a él también se le levanta la ceja cuando oye la palabra reto y eso es que le gustan. Fijo). Vale, me alegro porque hoy vamos a hacer un dictado realmente complejo. Ah. Sí, tú afróntalo como un dictado más pero tengo que avisarte de que es complicado, difícil, bastante en realidad. Va. Venga.

Es verdad que el dictado era difícil, no porque quisiera convertir la clase en un concurso de estos en plan qué apostamos, no, sino que lo que pretendía era hacer una prueba de nivel. Qué puede dar B. de sí cuando le pones en el disparadero de medirse a sí mismo cuidando de que no se despiste mucho porque ya sabemos que en nada, clic, ya no está aquí. ¿Que exagero? Para nada. Mira:

-Qué tiene Fa Mayor.

-Eh… 4 sostenidos.

-No he oído nada.

-Perdón, eh… sí, son 5, sí.

-Sigo sin oir nada.

-Bua, si es que… 1 bemol, ya, si es que… lo que pasa… ya… es que… bueno… bua.

Lo dicho. Clic y viaje astral.

-Concéntrate, eh?

-Va.

(actitud de concentración. La actitud de concentración de B. a veces impone un poco en el sentido de que te da cosa interrumpir el silencio absoluto con el que se rodea para hacer una observación. A veces haces una observación y te dice un espera dicho velozmente pero sin dejar de darse golpecitos en la boca con el canto del dedo índice, como si estuviera atendiendo un hilo de pensamiento escurridizo)

Toqué los dos primeros compases del complicado dictado y una vez terminada la presentación de los mismos B. dijo:

-Bueno, a ver, yo creo que.

-¿Ya??

-Bueno, no sé, pero yo creo que es…

Bingo.

Obviamente, en ocasiones así hay que felicitar a B. sin sermones del tipo ¿ves lo que pasa cuando te concentras? si ya te lo vengo diciendo. Pero si además de para felicitarle aprovechas la pausa para preguntarle cómo le van saliendo los dictados en el conservatorio, cuánta gente más o menos compone el grupo, y dos o tres preguntas más dichas adrede ocurre que pasas a los dos compases siguientes, finales de este dictado complejo y nada, oye. Pero es que ni una.

-…

Los puntos suspensivos son de B. borrando todo con la goma de Milan y también son míos pensando en la pasmosa facilidad para perder el hilo de este chaval y en cómo hacer para afrontar eso.

-Tenemos que intentar nivelar los momentos de concentración con los de la pérdida de la atención.

-Ya…

-No es malo tener tendencia al despist…

-claroclaroya.

(Anotación: a B. se le salta una alarma cuando escucha la expresión ” no es malo que tengas”, o “no es malo que te pase”. No es la primera vez. Curioso; anotado queda)

Momento de despedir la clase. B. vino con el frío de la calle y se va a hacer un trabajo de Tecnología que me parece que le tiene un poco frito. Ánimo con ello. Gracias, dice, y se gira marchando al ascensor por la mediana del pasillo, desapegado de la pared de la derecha y de la izquierda. Yo levanto la ceja y así entro en casa, y cierro la puerta.

Revoloteos 9 noviembre, 2010

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Pasan cosas y ninguna.

Quiero decir que cuando varias ideas revolotean por dentro y se interfieren (o esa es la excusa que me pongo a mí mismo) pues me bloqueo, de tal forma que llevo un par de días sentado ante esta mesa con el brazo izquierdo acodado y la barbilla apoyada en la mano. El teclado delante. Evidentemente hago cosas, tengo que hacerlas por obligación porque hay asuntos que penden y dependen del calendario pero mi sentido de la responsabilidad siempre se las ha visto de reojo con el sentido aventurero. Casi siempre quedan en tablas y muy pocas veces gana el segundo. Por eso para las monjas yo era un niño modélico. A ver si va a ser que las monjas me quitaron el rollo aventurero… Pues aunque suene como (nueva) excusa, creo que algo de eso hay. El resto me lo quitaron los pasillos de los hospitales. Paradójicamente, en ocasiones se mueven y remueven cosas por dentro, como revelando y rebelándose, como si la mejor medicina del mundo fuera romper un poco con lo establecido o aventurarte en algo que te haga sentir que vives una vida y que no solo la transitas o la contemplas como espectador.

Pero en esta tarde en la que el temporal se ha olvidado por un instante de sí mismo, o así lo demuestra lo que veo desde la ventana que tengo frente a mí, de momento me dispongo a despejar la mesa para dejarle terreno libre (y cuaderno de música) a B.