Atlas

“Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, intentaba escapar del gaznate de la garza, y se le veía un cuarto, la mitad o, en ocasiones, tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa.
Se habían propuesto demasiado.”

La librería

Observo en el informativo de mediodía la determinación de la viuda de un veterano lider sindical, animosa en medio del sepelio, para coger el micrófono y decir a la muchedumbre allí congregada que si nos caemos, nos levantamos y seguimos siempre adelante. Ovación del gentío. Yo me quedo pensando que tal vez, pero que una cosa es que nos caigamos y otra que nos hagan caer. Si te hacen caer, date por jodido. De eso, así, en una síntesis muy general, va un libro delicioso en la forma (todos los libros de Impedimenta son un objeto delicioso en las manos) y en las formas (apacible y meticulosamente inglés con rasgos costumbristas) e inquietante en el fondo. Sobre todo porque desciende muy al fondo para dibujar ciertos paisajes oscuros que conforman el atlas de geografía de la condición humana y por su habilidad para desmigar en trocitos y matices el territorio explorado.

Es “La librería”, de Penelope Fitzgerald (1916-2000). En un minúsculo pueblo costero de Suffolk que en 1959 aparece apartado del mundo y caracterizado “por lo que no tiene”, Florence Green, una mujer madura, decide invertir sus ahorros comprando una vieja edificación abandonada con poltergeist incluído para abrir una librería. Esa es la premisa, el arranque, el desencadenante de una acción liviana que el lector amante de los libros disfrutará viendo llegar los libros, ordenándolos en estanterías, tomándose un descanso para tomar el te en una de esas teteras en cuyo interior cae, con ruído de metal, el agua del grifo que se pondrá a calentar al fuego en la tarde de salitre.

Pero Fitzgerald ojea, y no los libros precisamente, y centra su atención en catalogar los modos de la fauna circundante cuando a esta le da por joder al personal. Qué molestará esta mujer con una librería, única distracción en ese pueblucho triste que tiene como única banda sonora de invierno el rugido de las olas y el viento de temporal. Aquí no importan tanto las razones sino la acción, implacable. Releamos el párrafo que abre este post y que aparece en la primera página de la novela. Es un anuncio, una profecía, una advertencia. Asusta el poder que alcanza “el brazo del privilegiado”, cita textual, cuando por aburrimiento, envidia, egocentrismo, complejos varios y varios etcétera hace acto de presencia. Y lo que admiramos de esta novela de Penelope Fitzgerald es que bajo su apariencia de amable y campiñesca comedia Ealing, con abogados patanes, damas de buenas costumbres, banqueros de sainete, fanfarrones desquehacerados y demás secundarios que aparecen a derecha o a izquierda del cuadro, surge la realidad paralela de la hipocresía oportunista, acomodada o disfrazada de buenas intenciones; aparece el miedo tras los portes solemnes y las condecoraciones, la pavorosa inseguridad tras los silencios de quien parece moverse como pez en el agua en el escenario social, la cobardía y el desdén inmisericorde.

Y eso pasa allí y sigue pasando aquí y en todas partes. Esta es la crónica de un fracaso anunciado porque ya nos lo anuncia Fitzgerald en la primera página: que su Florence Green, de frágil apariencia pero hábil y escurridiza ante los obstáculos como una anguila, saca medio cuerpo, a veces tres cuartos, a veces un cuarto, del gaznate de la garza, y que la indecisión que expresan ambas a lo largo del libro es lastimosa por lo que conduce a la (mala) acción en un caso y por los esfuerzos baldíos por defenderse en el otro. Y que ambas criaturas se proponen demasiado, una por tocar los ovarios y la otra por su lícita resistencia a vivir en tranquilidad.

Si te hacen caer, acaban con tu librería, y la historia termina con la misma frase con la que Penelope Fitzgerald concluye su relato, memorable y terrible frase por lo que contiene dentro y porque está envuelta en el papel de lo corriente.

Un pensamiento en “Atlas

  1. toni

    cada vez que abres un libro y nos lo cuentas, me entran unas ganas terribles de tener todo el tiempo del mundo para perderme entre sus líneas. mientras tanto, se acomoda en la lista de los de tranquilos, el tiempo nos dejará un espacio.

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