Archivo por días: 29 octubre, 2010

Tarta

Llegué a casa y me encontré esta tarta de moka de Cecilia y los ojos se me abrieron como si me encontrara ante un regalo de Navidad.

Las tartas de moka de Cecilia son memorables. Tanto que yo que no tomo café porque no me gusta las tengo como imprescindibles. Feliz contradicción. Durante años, y mientras fuimos vecinos y todavía después, cada cumpleaños, Cecilia aparecía con una bandeja grande en las manos cubierta con papel de plata, lo que la hacía más tesoro. Mi infancia son ratos viendo a Cecilia construir esas tartas cuidadosamente en su casa las tardes de invierno. Como los albañiles que levantaban las paredes de un edificio nuevo al otro lado de la ventana, uniendo los ladrillos con cemento, Cecilia levantaba pisos de galletas Cuétara mojadas en café con leche con una capa de crema de moka entre piso y piso. La azotea de la tarta quedaba coronaba con trocitos de almendra tostada y ribeteada con rizos hechos con la crema restante. Y después había que dejarla reposar. Decía Cecilia que el secreto estaba en los ingredientes, en tal tipo de galleta, en tal clase de mantequilla. Pero hubo quien imitó las indicaciones y no alcanzó las cotas deseables y deseadas porque, en realidad, el secreto está en el cariño que le ponía ella, en la intención.

Cecilia es la vecina de toda la vida. Todos hemos tenido unos vecinos de toda la vida, una Cecilia con un marido y unas hijas, una vida en un segundo piso con las puertas de las casas abiertas de manera que el pequeño rellano de la escalera se convertía en un pasillo que unía ambas y por donde pasábamos y traspasábamos continuamente para jugar, aprender a leer, vivir las Nochebuenas, organizar sesiones de dibujos animados en Súper8, celebrar los cumpleaños y así hasta llenar una infancia entera. Cecilia fue la vecina que un día tuvo la ocurrencia de apuntarme en una escuela de música y de aquel apunte estos acordes; y Cecilia fue la voz que una mañana fría, muy temprano, a la hora en la que todavía se llevan puestos los pijamas, agachándose para ponerse a mi altura y con su marido al lado, tuvo que decirme que mi padre se había muerto sin saber que yo ya lo sabía sin querer saberlo. Hay cosas que las dice el silencio que precede a las palabras. Cecilia es el nombre tras el cual hay muchos nombres y muchas cosas, y cada tarta de moka es un recordatorio de todas ellas. Explota en el paladar una dulzura exquisita y viene acompañada de imágenes nítidas por un instante. Y así hasta que se acaba la tarta.

Muchas veces me encuentro a Cecilia ejerciendo ya de abuela en el parque o por la acera y le digo en una broma que es en serio y es broma al mismo tiempo que a ver cuándo saca un rato y me da una alegría de moka. Y ella se lleva una mano a la cara, como si lamentara una falta, pero yo le doy un beso para que se le pase el disgusto por el olvido. Por eso, que tanto tiempo después apareciera ayer y porque sí una tarta cubierta con papel de plata conteniendo la crema de moka más exquisita del mundo porque ni es dulce ni es amarga sino que tiene el sabor del cariño y el recuerdo de cuando todo era cobijo, se me puso un no sé qué de alegría y un ñam ñam de satisfacción.