Archivo por meses: octubre 2010

Sueño

Vengo de casa de los vecinos, de cenar y tertuliar. En la calle ha dejado de llover pero las hojas caídas de los árboles aparecen pegadas en las aceras y el asfalto mojados. Hace un rato eran las tres menos díez; ahora son las dos y veinte. Coincide este año el cambio horario con el cumpleaños de mi madre, que esta vez tendrá una hora más y eso me gusta porque estaba dormida a las tres menos diez y sigue dormida a las dos y veinte que marca ahora el reloj y es como si el primer regalo del cumpleaños fuera una hora más de descanso tranquilo. No es mal regalo, al contrario, para una mujer a la que la vida hizo fuerte a razón (y sin razón) de tantas horas de desvelos. Mañana nos iremos a comer con ella al lugar donde nació y nació la abuela y nacieron los padres de la abuela, tal y como es su deseo desde hace unos años. Por lo demás, y mientras me entra el sueño, leo en Twitter la duda noctámbula de alguien expresada de la siguiente forma: “hoy a las 3 serán las 2 pero, ¿así todo el rato?” y sonrío por la ocurrencia. Cuando al lenguaje le sacas las cosquillas sonríes. Buenas noches.

Atlas

“Una vez había visto volar por encima del estuario a una garza que intentaba, mientras estaba en el aire, tragarse una anguila que acababa de pescar. La anguila, a su vez, intentaba escapar del gaznate de la garza, y se le veía un cuarto, la mitad o, en ocasiones, tres cuartos del cuerpo colgando. La indecisión que expresaban ambas criaturas era lastimosa.
Se habían propuesto demasiado.”

La librería

Observo en el informativo de mediodía la determinación de la viuda de un veterano lider sindical, animosa en medio del sepelio, para coger el micrófono y decir a la muchedumbre allí congregada que si nos caemos, nos levantamos y seguimos siempre adelante. Ovación del gentío. Yo me quedo pensando que tal vez, pero que una cosa es que nos caigamos y otra que nos hagan caer. Si te hacen caer, date por jodido. De eso, así, en una síntesis muy general, va un libro delicioso en la forma (todos los libros de Impedimenta son un objeto delicioso en las manos) y en las formas (apacible y meticulosamente inglés con rasgos costumbristas) e inquietante en el fondo. Sobre todo porque desciende muy al fondo para dibujar ciertos paisajes oscuros que conforman el atlas de geografía de la condición humana y por su habilidad para desmigar en trocitos y matices el territorio explorado.

Es “La librería”, de Penelope Fitzgerald (1916-2000). En un minúsculo pueblo costero de Suffolk que en 1959 aparece apartado del mundo y caracterizado “por lo que no tiene”, Florence Green, una mujer madura, decide invertir sus ahorros comprando una vieja edificación abandonada con poltergeist incluído para abrir una librería. Esa es la premisa, el arranque, el desencadenante de una acción liviana que el lector amante de los libros disfrutará viendo llegar los libros, ordenándolos en estanterías, tomándose un descanso para tomar el te en una de esas teteras en cuyo interior cae, con ruído de metal, el agua del grifo que se pondrá a calentar al fuego en la tarde de salitre.

Pero Fitzgerald ojea, y no los libros precisamente, y centra su atención en catalogar los modos de la fauna circundante cuando a esta le da por joder al personal. Qué molestará esta mujer con una librería, única distracción en ese pueblucho triste que tiene como única banda sonora de invierno el rugido de las olas y el viento de temporal. Aquí no importan tanto las razones sino la acción, implacable. Releamos el párrafo que abre este post y que aparece en la primera página de la novela. Es un anuncio, una profecía, una advertencia. Asusta el poder que alcanza “el brazo del privilegiado”, cita textual, cuando por aburrimiento, envidia, egocentrismo, complejos varios y varios etcétera hace acto de presencia. Y lo que admiramos de esta novela de Penelope Fitzgerald es que bajo su apariencia de amable y campiñesca comedia Ealing, con abogados patanes, damas de buenas costumbres, banqueros de sainete, fanfarrones desquehacerados y demás secundarios que aparecen a derecha o a izquierda del cuadro, surge la realidad paralela de la hipocresía oportunista, acomodada o disfrazada de buenas intenciones; aparece el miedo tras los portes solemnes y las condecoraciones, la pavorosa inseguridad tras los silencios de quien parece moverse como pez en el agua en el escenario social, la cobardía y el desdén inmisericorde.

Y eso pasa allí y sigue pasando aquí y en todas partes. Esta es la crónica de un fracaso anunciado porque ya nos lo anuncia Fitzgerald en la primera página: que su Florence Green, de frágil apariencia pero hábil y escurridiza ante los obstáculos como una anguila, saca medio cuerpo, a veces tres cuartos, a veces un cuarto, del gaznate de la garza, y que la indecisión que expresan ambas a lo largo del libro es lastimosa por lo que conduce a la (mala) acción en un caso y por los esfuerzos baldíos por defenderse en el otro. Y que ambas criaturas se proponen demasiado, una por tocar los ovarios y la otra por su lícita resistencia a vivir en tranquilidad.

Si te hacen caer, acaban con tu librería, y la historia termina con la misma frase con la que Penelope Fitzgerald concluye su relato, memorable y terrible frase por lo que contiene dentro y porque está envuelta en el papel de lo corriente.

Tarta

Llegué a casa y me encontré esta tarta de moka de Cecilia y los ojos se me abrieron como si me encontrara ante un regalo de Navidad.

Las tartas de moka de Cecilia son memorables. Tanto que yo que no tomo café porque no me gusta las tengo como imprescindibles. Feliz contradicción. Durante años, y mientras fuimos vecinos y todavía después, cada cumpleaños, Cecilia aparecía con una bandeja grande en las manos cubierta con papel de plata, lo que la hacía más tesoro. Mi infancia son ratos viendo a Cecilia construir esas tartas cuidadosamente en su casa las tardes de invierno. Como los albañiles que levantaban las paredes de un edificio nuevo al otro lado de la ventana, uniendo los ladrillos con cemento, Cecilia levantaba pisos de galletas Cuétara mojadas en café con leche con una capa de crema de moka entre piso y piso. La azotea de la tarta quedaba coronaba con trocitos de almendra tostada y ribeteada con rizos hechos con la crema restante. Y después había que dejarla reposar. Decía Cecilia que el secreto estaba en los ingredientes, en tal tipo de galleta, en tal clase de mantequilla. Pero hubo quien imitó las indicaciones y no alcanzó las cotas deseables y deseadas porque, en realidad, el secreto está en el cariño que le ponía ella, en la intención.

Cecilia es la vecina de toda la vida. Todos hemos tenido unos vecinos de toda la vida, una Cecilia con un marido y unas hijas, una vida en un segundo piso con las puertas de las casas abiertas de manera que el pequeño rellano de la escalera se convertía en un pasillo que unía ambas y por donde pasábamos y traspasábamos continuamente para jugar, aprender a leer, vivir las Nochebuenas, organizar sesiones de dibujos animados en Súper8, celebrar los cumpleaños y así hasta llenar una infancia entera. Cecilia fue la vecina que un día tuvo la ocurrencia de apuntarme en una escuela de música y de aquel apunte estos acordes; y Cecilia fue la voz que una mañana fría, muy temprano, a la hora en la que todavía se llevan puestos los pijamas, agachándose para ponerse a mi altura y con su marido al lado, tuvo que decirme que mi padre se había muerto sin saber que yo ya lo sabía sin querer saberlo. Hay cosas que las dice el silencio que precede a las palabras. Cecilia es el nombre tras el cual hay muchos nombres y muchas cosas, y cada tarta de moka es un recordatorio de todas ellas. Explota en el paladar una dulzura exquisita y viene acompañada de imágenes nítidas por un instante. Y así hasta que se acaba la tarta.

Muchas veces me encuentro a Cecilia ejerciendo ya de abuela en el parque o por la acera y le digo en una broma que es en serio y es broma al mismo tiempo que a ver cuándo saca un rato y me da una alegría de moka. Y ella se lleva una mano a la cara, como si lamentara una falta, pero yo le doy un beso para que se le pase el disgusto por el olvido. Por eso, que tanto tiempo después apareciera ayer y porque sí una tarta cubierta con papel de plata conteniendo la crema de moka más exquisita del mundo porque ni es dulce ni es amarga sino que tiene el sabor del cariño y el recuerdo de cuando todo era cobijo, se me puso un no sé qué de alegría y un ñam ñam de satisfacción.

Primaveras

No podré escribir un relato o una novela hasta que no sepa reconocer los tipos de árboles ni nombrar correctamente los colores.

He dicho.

Me lo dije en realidad ayer cuando, de pronto, el otoño se olvidó de que era otoño y la tarde se volvió primavera toda ella. Y dejé lo que tenía entre manos y en la cabeza y me fui a dar un paseo de los kilométricos. Poder hacerlo cuando quieras es un lujo que compensa tantas otras carencias. Sales a pasear y pasas por tiendas y despachos y oficinas y miras ese cielo azul y algo te dice que el mundo está mal diseñado. A todo esto, las tiendas de muebles me dan mucha pena y me desconciertan: muestran múltiples trozos de estancias que no llegan a estar del todo estando todas tan juntas. Y tras el cristal, el verde muy verde y el sol de veinte grados.

Sigue fascinándome ese canto de pájaros del atardecer, ese chillido mil veces multiplicado que no molesta sino que te emboba y que no sabes de dónde viene aunque está en todas partes. Como una nube invisible y deliciosamente ruidosa. Es el sonido del atardecer. El atardecer tiene sonido, color y olor y, en ocasiones, como ayer, el olor de lo verde recién cortado sobre la tierra húmeda hace que te detengas y pienses que una maravilla es algo así de sencillo y de mayúsculo.

Clase

Y B.? Qué pasa con B.? Ya no sale o qué?

Sí, claro que sale. De hecho, ha salido hoy, puntual, del ascensor, caminando pegado a la pared y diciendo un hola que ya resulta muy característico pero que no puedo imitar por escrito. Imaginemos un hola muy característico y ya está. Hace fresquillo, eh?, he preguntado. Y vaya si lo hacía. Este cierzo siberiano ha traído a B. por primera vez envuelto en una cazadora pero si Gloria-madre le viera, diría que anda muy despechugao con ese cuello abierto, como yo, que parece que los cuellos todavía piensan en verano hasta que Gloria-madre viene y les pone una bufanda en un plis plas.

Pensaba en estas cosas tan poco trascendentes pero cotidianas mientras nos dirigiamos a nuestra habitación de trabajo y B. decía que sí a lo del fresquillo. El cuaderno que B. y yo compartimos estaba sobre la mesa, esperando. El escenario, a estas alturas del curso, debería ser familiar, por eso lo vamos a describir. Desde el punto de vista de B. yo estoy enfrente, pero no sentado al otro lado de la mesa sino un poco más allá, frente al piano. Y cómo está situado el piano, a ver. Pues el piano está apoyado en la pared de la derecha, de manera que si me pongo a tocar, B. me ve de perfil, y si le hablo, me giro un poco y ya está. Es probable que si entras en clase me veas sentado en el piano, girado hacia B, y con el brazo izquierdo extendido descansando a un lado del atril de las partituras donde aguarda la tarea de hoy, como la escaleta de un programa, igual.

Así estaba y estaba además preguntándole acerca de un “do” cuando he interrumpido la pregunta para observar en voz alta que B. estaba pachucho. Lo decían las ojeras y la mirada cansada y lo decía él mismo, con gesto de qué le vamos a hacer. Dice B. que esta semana es que no tiene tiempo para nada, que ayer mismo desde que se levantó hasta la hora de acostarse no paró un instante. Los exámenes. Y el motor eléctrico. Motor eléctrico? Sí, hay que hacer uno para Tecnología. Me ha entrado curiosidad por saber cómo sería el motor eléctrico construído por B. pero él seguía hablando, más bien sentenciando. No toqué ni el piano. Eso ha dicho para terminar el párrafo dedicado al agobio semanal. Bueno, pero seguro que si te pido un do te sale igual que el del piano.

Bingo.

A veces hago un test al oído de B. porque sospecho que presenta síntomas de oído absoluto. Le pides un do y lo da exactamente igual que el del piano aunque venga con la cabeza llena de ocupaciones y un poco desafinada por el cansancio. El dictado de hoy ha salido bien, aunque ha reconocido que su dificultad era mediana. Luego le he dado el testigo del piano y hemos tenido un pequeño debate sobre la Invención primera de Bach porque la está empezando a trabajar en clase de piano. A sus 12 años, puedes establecer un diálogo con B. sobre la construcción de la Invención primera de Bach y te sigue perfectamente, y hasta se queda mirando los pasajes que antes eran una mera serpiente de notas y que, de repente, han cobrado un sentido. Entiendo esas miradas a la partitura y esos silencios porque son las mismas miradas y los mismos silencios que experimenté yo a sus años. Es el silencio que acompaña a la sorpresa, al descubrimiento. Yo también callo. Hay silencios que necesitan su tiempo y su espacio. Luego volveremos a lo del motor eléctrico, los exámenes y el problema de las horas, de la falta de horas, porque dice B. que después de cenar no puede ni ver un rato la tele y lo dice y se agobia sólo con decirlo.

Ante eso hay que hacer dos cosas. En primer lugar, dar ánimos y, en segundo lugar, señalar al respaldo de la silla donde la cazadora de B. a punto está de quedarse abandonada al final de la clase, tal es el olvido al que nos lleva el estrés de la ESO y de lo otro y de lo de más allá. Qué vida esta.

Tentaciones

Me están tentando, desde hace unos días, los dos megavolúmenes de “Guerra y Paz” que, en su edición de bolsillo por Alianza, reclaman mi atención en la librería. Pero, y el tiempo? El meteorológico acompaña: el domingo, los árboles de abajo amanecieron rojos, de repente, rojos, como si les hubiera entrado una vergüenza repentina. El lunes comenzó a soplar un cierzo siberiano que desplomó el termómetro a pesar de que el cierzo se lleva las nubes y luce el sol en un azul limpísimo y los árboles se quedaron desnudos. Espectáculo fugaz el de las hojas de otoño de este año, tampoco es que los árboles de abajo den para mucho más, están delicados, tienen anemia, esas cosas.

Todo esto en cuanto al tiempo meteorológico que invita a quedarse en casa pero luego está el otro, el del reloj. Dice Juan José Millás que la gente que va en Metro lleva mucha prisa en la cara y en la intención pero, sin embargo, se enfrasca en unos libros obesos durante el trayecto. Si lo dice Millás será verdad. Aquí hay cosas que mover, hacer, rehacer y, además, no hay Metro, que es donde dice Millás que la gente lee los libros gordos. Pero tentaciones tengo.

Estreno

@wendyMe arrimo a la pared de la izquierda para dejar sitio al precioso cartel que toni nos mandó desde el otro lado del mar, desde una isla que no es la de Nunca Jamás pero que seguro que tiene lagunas de sirenas y donde la luna llena dibujará senderos temblorosos en la superficie del agua. El viernes, ese cartel daba la bienvenida a la gente, mucha, que llenó el cine donde se proyectaba este corto de parto tan largo. En las butacas, fila tres, a mi izquierda, mi madre, y a mi derecha, David, su padre, su madre y su hermano Javi. A nuestra espalda, la escolta del Cheriff, que tanto nos ha cuidado durante todo este tiempo. Allí estábamos con los ojos puestos en la pantalla blanca que, minutos después, se transformaría en una habitación en penumbra, una madrugada cualquiera, desde la que alguien, guarecido entre las sombras y la tenue luz filtrada por la ventana, habla con las palabras, con la mirada y con el silencio.

Pasan muchas cosas desde que un día lanzas un mensaje en una botella al ciberespacio en el océano de Facebook en espera de que un chaval la aviste en las costas de su ordenador. Pasan muchas cosas desde entonces hasta el viernes; pasaron muchas cosas incluso el viernes, algunas divertidas, algunas con las legañas puestas por el madrugón, otras emocionantes y muchas, las más, llenas de cariño. Y de comprensión. Que el público sepa mirar más allá del plano contra plano para bucear en el espacio estático del fotograma y darse cuenta de que los ojos no sólo recorren el cuadro sino que se deslizan escrutando el alma de las cosas produce una conexión, una complicidad inmediata, y trae consigo la reconfortante sensación de la comunicación que se establece en intimidad. Así que más que felices, y satisfechos, y por eso nos dimos un abrazo largo largo, abrazados al mismo tiempo por el aplauso largo largo del público. Y no es más ni es menos.

“@Wendy” es la historia de una pérdida y de un encuentro, y la gente se dio cuenta de lo primero y de lo segundo, y de que allí fuimos para presentar a nuestra niña con toda la humildad del mundo y también con la satisfacción de quienes dejan algo de su corazón en lo que se ha hecho. Las cosas que salen de lo más hondo del corazón no son infalibles pero hablan con franqueza y le dicen a uno al oído que no hay que tener miedo. Alguien habrá que sintonice, siempre hay alguien (uno, dos, varios, muchos) que sintoniza con el lenguaje del corazón y cuando eso ocurre y te devuelve la comunicación salta una chispa por dentro que no tiene precio. No tiene precio.

Gracias a todos.

Caras

En el momento de teclear este post, un internauta está recorriendo de arriba abajo este blog, y lo está haciendo de manera minuciosa y tomándose su tiempo. Es lo que me está contando la estadística entre bambalinas. Porque un blog tiene dos caras, la pública, donde se me lee, y la privada, donde el señor de la estadística trabaja afanosamente. Una cara del blog es de letras y la otra de números. Quién será el o la visitante que está haciendo el paseo, qué le habrá traído aquí, qué le retendrá. La imaginación se entretiene con estas cosas cuando va y suceden, de manera que entre frase y frase dejo de teclear y los dedos quedan momentáneamente suspendidos sobre las teclas mientras me da por hacerme esas preguntas. Es algo misterioso saber que en este momento alguien se pasea silenciosamente al otro lado y, al mismo tiempo, estoy aquí y no puedo ni saludar ni darle la bienvenida o preguntarle si le puedo ayudar en algo y todo eso. Es como esas películas inquietantes en las que un muro blanco se extiende infinitamente a derecha e izquierda y pegas la oreja porque intuyes algo pero no puedes hacerte notar hasta que le das al botón “publicar” que tengo a mi derecha y este post se teletransporta allí. Mira, ahora está mirando (valga la redundancia) la sección de Autógrafos. Esto de las estadísticas es un poco chivato.

En la Estación de Autobuses de Pamplona hay un puesto de prensa y revistas por el que me suelo pasear cuando la espera desespera. El expositor es enorme y entretenido, empieza a la izquierda con las revistas de quinceañeras, abigarradas de imágenes y cromatismos de color chicle. Si alguna de esas revistas aparece en el futuro en alguna excavación arqueológica dará para sospechar de un Neo Barroco en las artes (gráficas). Siguen las revistas anarosas, las rosas a secas, esto es, las de corazón, las de autoayuda; a partir de ahí hay un salto en el estrato geológico de papel y aparecen las revistas de historia, literatura, ciencia y cine, zona culta, y luego hay una zona más indefinida donde las revistas de caza y pesca alternan con las de idiomas. Finalmente, un arsenal de publicaciones de informática, guitarra eléctrica, diseño gráfico y cómics desemboca en el impagable momento de los mapas de la ciudad y las revistas de punto de cruz. Los crucigramas subsisten. Las publicaciones guarrindongas merecerían una nueva incursión o excursión por el pasillo que acabo de referir, porque ahora no caigo, igual es que están en un cuarto oscuro al otro lado de la pared, como lo de la estadística del blog y el blog que vemos todos cuando tecleamos esta dirección web.

La señora que atiende el puesto de prensa y revistas sabe cómo me llamo y a qué me dedico porque lo leyó en el periódico un día. No será porque no tiene periódicos, así cualquiera. Pero es que además la otra mañana hizo ademán de quien va a decir algo secreto desde el otro lado del mostrador e inclinándose hacia mí dijo con una sonrisa dulce: y eres muy buena persona, eso lo sé yo.

A lo mejor soy de lo peor, dejé caer desde este lado de la caja registradora.

No te esfuerces. Tienes cara de buena persona, eso lo sé ver yo, se empeñó ella.

Y dejé en el mostrador una sonrisa y me fui a la consulta del médico. Tras recibirme nos sentamos con la mesa entre los dos, y pensé en el mostrador entre la señora del puesto de prensa y yo y ahora pienso que todo este rollo está viniendo por lo de la pared imaginaria que me ha dado por suponer al ver que alguien, al otro lado, está recorriendo de arriba abajo el blog. Parece haber un obstáculo continuo en mitad de las personas y todo parece tener dos caras, sí, porque lo de la vendedora de prensa y revistas acerca de mi buena cara todavía no se había diluido en el día cuando el médico se inclinó hacia mí, y me dijo, sin previo aviso: ¿estás bien? Y yo: pues… Y él: es que… tienes muy mala cara. Y yo: vaya… Y él, para colmo: es que con la de cosas que te vienen pasando últimamente tienes que estar somatizando, uff, no lo quiero ni pensar. Y yo: … Y él: somatizar procesos puede dar lugar incluso a enfermedades graves, sabes?. Y yo: estooo, creo que estoy empezando a somatizar esta conversación. Y tap tap, con el pie en el suelo.

Es verdad que sigo con unas molestias raras donde se supone que está le vesícula, que hago unas digestiones fatales, que me duele la cabeza todo el rato y que el médico que lleva este apartado, el internista, dice que con cuarenta años, es normal que empecemos a tener malas digestiones. Y sonríe. Yo alzo la ceja, porque, a ver, esas cosas suelen decirse pero con cuarenta años más, vamos, digo yo. Y sigo flojillo tras el antibiótico y la bronquitis. Pero aquí estamos y aquí está, quién, pues ella o él, él o ella, paseándose por los posts todavía ajeno, o no, imagina que me conoce, a que mañana es un día en el que las cosas salen un rato de la rutina y en el que pondremos buena cara aunque dejemos para siempre, en una caja, cosas que nos han acompañado durante mucho tiempo. Nos seguirán acompañando aunque empecemos a escribir un capítulo nuevo en una hoja en blanco.

Album

Cumpleaños David
Madrid, sábado 16 de octubre, 22 horas (más o menos). Servidor se encuentra en el Metro, línea 10, en el trayecto entre las estaciones de Gregorio Marañón y Tribunal; llevo puesta una americana, tal y como indica la invitación al evento al que me dirijo, y custodio entre el brazo y mi costado izquierdo un pequeño objeto envuelto en papel azul. Es un regalo.

El metro chirría en las curvas y mis tobillos llevan la contraria a las oscilaciones del vagón para preservar la verticalidad. Observo. Frente a mí, también de pie, tres chicas de unos treinta y pocos años. Una a mi izquierda, otra al frente y la última a la derecha. Estamos tan cerca que, para cualquiera que nos vea, pertenezco al grupo, cerrando el cuadrado. La chica de la izquierda lleva una melena morena a mechas, nariz afilada, mucha pulsera y un maquillaje que, o pasa por bronceado, o es bronceado. Asisto inevitablemente a la conversación.

-Y lo del pelo!?, pregunta escandalizada la chica de las pulseras.
-Tía, eso es tema tabú, ta-bú, con eso te lo digo todo, responde la chica de la derecha.
-Ya tía pero, tú sabes que su novio se va a quedar calvo antes de los 35???
-Que sí tía, pero que eso ni mencionárselo, tema tabú, ya te digo.
-Y esas entradas, un horror.
-Ya…
-Pues chica, ya me dirás tú, pero que te quedes sin trabajo y tener al novio así, osea, pues, no sé, qué fuerte.

Y yo alzo la ceja, carraspeando para mí mismo.

-Pero lo más fuerte es que además la pobre es fea y no se da cuenta, tía, apunta la chica que está entre las dos, frente a mí, interviniendo por primera vez.

La agradable voz de la megafonía anuncia mi estación de destino donde efectuaré un transbordo. La gente tiene unos problemas muy raros, pienso mientras atravieso pasillos y subo y bajo escaleras. Un hombre toca el acordeón y canta sonriendo. Tiene que ser difícil cantar sonriendo por lo de la vocalización.

A las 22:30, estoy en la calle Goya, un pelín así, con la sensación de que sí pero a ver qué pasa, es decir, porque me sale del corazón felicitar a David acompañándole esa noche y a ver qué pasa porque a ver qué hace un cuarentón como yo en una fiesta en la que no voy a conocer a casi nadie y que se supone joven y bulliciosa. Pero antepongo a mis temores lo que hay que anteponer: David cumple dieciocho años, hay que ver, dieciocho ya. Todavía faltan unos minutos para que, dentro del local, me presente al actor José Luis García-Pérez, su tito en aquella película, “Cachorro” y me lleve una sorpresa muy agradable y hasta me emocione un poco al verlos juntos de nuevo tanto tiempo después de la secuencia de la despedida en la película. Qué congoja la secuencia de la despedida. Pero eso luego. Ahora, hay un grupo de personas esperando en la calle y en nada aparece David y me busca con la mirada. Entonces descubro que ha decidido echarme un cable y que tiene pensado mantenerlo tendido a lo largo de la fiesta. No pasarán más de tres minutos sin que venga o me esté observando desde el grupo de personas que atiende o me pregunte si todo bien, si me apetece beber algo, si todo bien, seguro, todo bien, y cuando no está él en un radio cercano está su hermano Pedro.

En la fiesta hay tres grupos definidos: los jóvenes, los mayores y los actores (mayores y jóvenes). Parece difícil conciliarlos. Yo animo a David a que atienda a sus amigos con la misma insistencia con la que él me asiste, y su actitud es genuinamente david, muy suya. Hay un show divertido en mitad de la fiesta que promete repartirse por episodios a lo largo de la velada y en un instante de pausa salgo afuera a tomar un poco el aire porque hace calor, mucho calor. David sale detrás. No pasa nada, ahora entro, le digo. Pero él dice que de acuerdo y que ya entrará también él, y nos sentamos juntos en la escalinata que desciende de la acera y te lleva al local de la fiesta.

David se ha llevado una sorpresa de esas que se expresan con un silencio elocuente cuando ha abierto el pequeño paquete azul, de forma rectangular, que le he llevado como regalo. Regalo especial para un cumpleaños especial porque pone dieciocho velas en la tarta. Lo especial del regalo no es su valor material (que apenas lo tiene), ni su aparatosidad (es muy pequeñito). Lo que lo hace especial para David es que está hecho de él.

Alguna foto, hielo en los vasos, conversaciones con esta persona y aquella, otro capítulo del show, aplausos, flashes, risas, y a eso de las 2 de la mañana pienso con sensatez que lo más justo, habiéndose desvivido David para que no me encontrara fuera de lugar, es que de ahí en adelante viva su noche como la tiene que vivir un chaval de dieciocho años, así que inicio la operación retirada dando abrazos y saludos con el convencimiento de que hago bien: he estado bien en la fiesta, más que eso incluso, y me voy muy contento. Y todavía me voy a sentir mejor en el hotel, seguro, cuando imagine a David disfrutando el resto de la noche como solo los chavales de esa edad lo hacen mientras tienen esa edad. Se lo merece. Reconforta pensar que aunque este cachorro se nos hace mayor, sigue teniendo el corazón de oro y hasta se ocupa de buscar en el móvil de un amigo que pasa por allí el teléfono de RadioTaxi.

El taxista que me recoge es un taxista melancólico y su conversación me recuerda a Millás, no sé si por Millás o por sus relatos sobre taxis y taxistas. Como me siento bien y despierto estoy tentado de decirle que dé un rodeo porque iniciamos, con la Torre Picasso como fugaz testigo presencial, un debate sobre los chavales de hoy en día y tal. Y caigo entonces en la cuenta de que ya estoy en el capítulo de hablar de los chavales de hoy en día y tal. Puntos suspensivos. En el hotel, me doy una ducha y busco el paquete de galletas de chocolate que había empezado por la tarde en el tren. En el televisor, el novio de Falete asegura, sudor en la frente, que nunca, nunca, ha sido novio de Falete y una periodista frunce el ceño y muerde la patilla de la gafa, como sumida en deliberaciones antes de emitir veredicto.

Invitación

Por cuarto año consecutivo, hoy tengo el placer de invitar a la gente a zambullirse en un libro, y lo voy a hacer como homenaje al amigo ausente, amigo grande como gran persona que fue, librero amante de los libros (hay libreros que únicamente comercian con ellos); voy a hablar con el mismo entusiasmo por las cosas que le transmitía a él cuando acudía a su despacho improvisado al fondo de su librería y le encontraba sentado frente a la mesa donde se apilaban montañas de libros y papeles.

Este año toca “Agosto, Octubre”, de Andrés Barba. Toca porque me “tocó”. No estaba en la lista de libros candidatos; de hecho, llegó ayer como quien dice, en ese septiembre que no existe en su título, como una de las primeras novedades de la temporada. Habla del adolescente que un día habitó en nosotros y que, lo queramos o no, nos conforma. Y su autor tiene el don de llegar a lo hondo mediante una asombrosa economía de palabras. Tengo ganas de compartir la experiencia como lector y ojalá sepa transmitir la invitación a su lectura aunque me conformo con observar cómo escucha la gente. A la gente le gusta escuchar, escuchar historias, como se ensamblan las historias, dónde se guardan sus secretos, qué recursos se utilizan para que hagan más efecto. De eso va. Esta tarde, al calor de las historias que nos cuentan los libros.

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Defensas

Va a ser verdad lo de tener una mala salud de hierro (dicho sea sin presumir), pero que aquí anda uno tecleando tras un sustillo de Urgencias. Un catarro común se complicó dando lugar a una infección respiratoria, cosa, por lo visto, muy apetecible para que el elixir (al fin y al cabo un inmunosupresor) aproveche para dejar libre y sin resistencia el camino hacia adelante. Vamos, que a estas de un principio de neumonía.

Total, que la madrugada del viernes al sábado ví que algo no iba bien y que lo siguiente fue fatal fatal y antibiótico por gramos recetados en urgencias. Y de acuerdo, inmunodeprimido, sin medio litro de sangre y con el colocón de antibióticos, pues cómo quieres que esté, pero estoy; quiero decir que estoy razonablemente bien, aunque flojo, cansado, castigado en casa por prescripción facultativa todo el puente.

Además de cuidarme porque sí, porque hace falta, ha dado la casualidad de que mañana tengo que hacer algo que sólo hago una vez al año y en la que pongo mucho cariño porque es en memoria de un amigo que ya no está. Esta vez, qué le vamos a hacer, quizá resulte algo cuesta arriba, porque tengo que hablar de un libro durante cerca de una hora invitando (incitando?) a entrar en él, buceando en sus páginas para extraer el zumo a los párrafos y a las palabras para que la literatura sepa mejor. Y como será mi primer día de salida y va a ser un día de madrugar (médicos, visita a un par de emisoras) y además se ha levantado un viento norte que ha convertido estos días de otoño tibio en una promesa de invierno adelantado, pues habrá que dosificarse.

Ya que no tengo suerte con la salud (ni con el dinero ni con lo otro) al menos me recupero rápido, o eso parece. El problema que me presentan los próximos días es que me han suspendido la siguiente dosis de elixir por motivos obvios: ahora no hay que bajar las defensas, sería un disparate y además el antibiótico diría, pero bueno, para qué hago lo que hago si se lo están poniendo fácil al enemigo. Pero el elixir tenía que estar ya en mi cuerpo y no lo va estar en los próximos días, lo que quiere decir que pronto la cosa se pondrá chunga, forma coloquial de decir que hay aviso de tsunami.

Qué paciencia hay que tener.

Clase

Puntual a la hora, B. ha salido del ascensor con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. Siempre camina muy cerca de la pared y con la cabeza baja hasta que se da cuenta de que le estoy esperando al otro lado del pasillo y le saludo. Entonces sonríe y hasta se despega de la pared.

Hoy venía con las manos en los bolsillos porque no tenía nada que sostener con ellas. Ya quedamos en el anterior post que B., por algún motivo que se nos escapa, no trae el cuaderno de música donde anota los dictados, razón por la que viene a casa. Los anota en mi cuaderno. Es anecdótico, en cualquier caso. Esta tarde, sin embargo, B. ha salido del ascensor sin su bandolera y, detalle este importante, creo que hasta sin parte de sí mismo. Por eso, al saludarle, le he preguntado qué tal la semana y él ha respondido muy bien, muy bien. Hay un momento en el que B. resulta inexpugnable y uno no sabe hasta qué punto la utilización del adverbio y la repetición son una aseveración o una táctica disuasoria. En cualquier caso, hay que pasar a la clase.

Hay días en los que B. permanece ausente e incurre en despistes de esos tontos que él mismo se encarga de autocorregir cuando, volviendo de algo parecido a un ensimismamiento, cae en la cuenta. No se sabe dónde está B. en momentos así. Lo único que está a la vista es que de una semana a otra crece muy deprisa. Sólo su forma de caminar, sobre todo cuando lo hace con las manos en los bolsillos y la cabeza baja, denotan que aún es un niño. Por lo demás, hoy hemos estado hablando de los saltos de séptima, de la asignatura de ciencias y de que un dictado no puede estar en la tonalidad de Si Mayor, no?. Es verdad, serían muchos sostenidos, ha respondido él.

Hay un instante en el que B. te pide un la con la urgencia de quien pide la llave inglesa para evitar la fuga de agua de una cañería y yo pulso el la en el piano y él dice un momento y apoya la frente en los puños como si su concentración necesitara de un apoyo. Luego relaja el gesto y te dice que cree que ya lo tiene. Puede que en un silencio de blanca de la clase le preguntes si ha ido últimamente al cine y, como hoy, te responda que no. Y siendo el tipo de contestación que se espera de alguien que no ha ido últimamente al cine, sorprende un poco el silencio que viene a continuación, como si ese silencio estuviera esperando a que la curiosidad preguntase un sencillo por qué lo dices?. B. contesta que no y punto, y el silencio que viene a continuación lo rellena dibujando una clave de sol con un empeño de calígrafo.

Hoy estábamos los dos con nuestro pasmo correspondiente, como parece estarlo todo el mundo estos días, gargantas, toses, frenadoles, kleenex, esas cosas. Dice B. que esta semana tiene 3 exámenes en el colegio y que el profesor de piano le mete caña. No lo dice quejándose. Tampoco se jacta de poder con ello sin mayor dificultad. B. mantiene sus afirmaciones colgando de una cuerda muy recta y sólo la expresión de sus ojos y la sonrisa que ocasionalmente se le escapa es portadora de la información esencial para saber que todo sigue su marcha aunque puntualmente haya días que uno deje parte de sí mismo en la bandolera. Cuídate ese resfriado, le he dicho a B. cuando se marchaba. Gracias, lo mismo digo, ha respondido él sonriendo, como si agradeciera que recordaras que está resfriado. Y se ha marchado con las manos en los bolsillos, pegado a la pared, buscando el ascensor. Encima de esta mesa, el cuaderno descansaba cerrado y alineado, la goma de borrar sobre él y sobre ella, el lápiz apuntando al noreste.