Capacidad

B. es un chaval superdotado. O así se llamaba antes a ser superdotado; ahora lo llaman “persona con habilidades especiales”. Eso me suena a eufemismo, como si ser superdotado fuera un desliz o un mal imperdonable. El caso es que B. es muy superdotado, de los que aparecen en los primeros puestos de la lista, para que nos entendamos. Vino a principios de agosto a casa a clases de dictado por indicación de su profesora de lenguaje musical y apareció con su bandolera azul al hombro atravesando titubeante el espacio que hay entre el ascensor y la puerta. Llevaba una sonrisa puesta también pero, curiosamente, no un cuaderno de música, único material necesario para las clases.

A veces, en las clases, me cuesta recordar que estoy hablando a un chaval de 14 años que se expresa como si tuviera 19; y me cuesta porque B. tiene 12 en realidad, aunque se exprese mejor que alguien de 19. Lo mejor de B. es que se expresa así pero sin resultar un niño repelente; al contrario, maneja las palabras con gracia.

Dicen los psi (psicólogos, psicopedagogos, etc) que las personas con estas capacidades suelen presentar problemas en su relación con el mundo pero, afortunadamente, no es el caso de B. Aunque le adelantaron un curso en el colegio y que las tareas de matemáticas las haga, aun así, mientras ve la televisión, ya sale en pandilla con amigos y amigas, van al cine los sábados (un sábado eligen ellas -imagínese aquí una mueca de resignación de B. ante la predilección de las chicas por elegir películas románticas– y al otro, ellos) y le gusta pescar. Y hacer deporte. Es, en definitiva, un chaval como otro cualquiera pero dentro de su cabeza hay una maquinaria procesando el mundo de manera asombrosa (y discreta).

El día que B. llegó a casa confirmé que estos chavales necesitan una atención personalizada basada en el estímulo continuo de la atención y la curiosidad. Porque, si no, se aburren y, entonces, clic, desconectan. El único problema que B. tiene con la traducción de los sonidos del dictado en papel pautado es ese, la dispersión de la atención. Pero si le hablas de esto y de lo otro, le das claves, le enseñas el empeño de las frases por volver a los mismos sitios y demás etcéteras, te mira con los ojos bien abiertos y sabes que, aunque minutos después esté sobrevolando la luna de a saber qué pensamiento, basta un hola? para que vuelva a tomar conciencia de dónde estamos, qué hacemos y que, además, tenga todo lo dicho presente y aplicado.

B. es muy simpático aunque ponga el gesto seriete, sobre todo cuando se concentra y apoya la barbilla sobre los brazos, a ras de mesa, tomándose su tiempo. También es muy metódico con sus cosas. Que su bandolera azul tenga goma de borrar, lapiceros, y partituras de piano pero no un cuaderno donde anotar dictados es algo que me llama mucho la atención. Los anota en mi cuaderno que tengo aquí, a la izquierda de este teclado. Si dejo de teclear y giro la cabeza veo el último dictado, seis por ocho, mi menor, y las huellas de una duda en el segundo compás que la goma de borrar despejó para poder proseguir.

Ha comenzado el curso y a B. le ha tocado un nuevo grupo de compañeros y cuando le preguntas qué tal el colegio te sonríe y te contesta que, hombre, después del verano pues, y arrastra la ese dejando la frase en puntos suspensivos; y cuando le preguntas por el cambio del grupo de amigos te dice que muy bien, que no hay problema. Y yo me alegro mientras le veo disponer ordenadamente sobre la mesa su goma de borrar, su lapicero y su estuche alrededor de mi cuaderno. Si abres el cuaderno por la puerta están anotadas mis cosas. Si lo vuelves bocabajo y lo abres de esa manera, te encuentras anotadas las suyas. Y así hasta que un día nos encontremos en alguna página.

B. vino en Agosto para pasar un mes arreglando lo de los dictados y lo hizo con cierto recelo porque no estaba acostumbrado a que las cosas necesitaran de arreglo o que cotizaran por debajo del 5. Al final pidió quedarse durante el curso, si no había inconveniente, y no, no lo hay, al contrario, es una satisfacción que B. se quede porque se trabaja muy bien con él y, sobre todo, porque su curiosidad está a la espera de muchas cosas que nos aguardan en el compás cinco o en el pretexto de una anacrusa. Lo sé, lo noto.

5 pensamientos en “Capacidad

  1. toni

    en la familia, J también es uno de esos niños con habilidades especiales. a los cuatro años le dijo a su madre que él también quería hacer cuentas de matemáticas como su hermano, y su madre le dijo que no podía, su hermano hacía divisiones. pero él dijo que sí y se puso a hacer divisiones. y luego a dibujar edificios. porque dice que quiere ser arquitecto. lo malo es que J sabe que es mejor que todos los demás en muchas cosas. y eso le puede. lo bueno de B. es que parece honesto. y eso alimenta mucho más el espíritu. y da empuje para seguir adelante. como dice C., qué suerte tenéis los dos. y nosotros al leerlo.

  2. emejota Autor

    Aún es pronto para saber si a B. le puede o no, pero intuyo que la balanza se inclina al no. Veremos.

    Gracias, Alfonso!

    C: no te preocupes. Si Mary Poppins acudía allí donde hacía falta, por qué yo no voy a poder :P

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