Brote (3) 17 septiembre, 2010
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios , trackbackHierba mala nunca muere… hasta que un dÃa lleguemos al hospital y nos suelten el temible discurso que empiece por un: “en la imagen del TAC que solicitamos hemos apreciado”, o, “hemos advertido en los últimos análisis que el recuento leucocitario” o fórmulas semánticas similares. Toquemos madera para que falten muchos años para eso. De momento, y antes de que la semana de resultados, consultas, pruebas y demás llegue, me entrego a un descanso casero. Duermo a deshoras, duerme el móvil en jornada continua, me canso sin esfuerzo, me siento dolorido y, sin embargo, noto los efectos de la dosis adelantada de elixir que sabe poco dulce porque viene a decirme: pan para esta semana, hambre para la próxima dosis. Traducción: que si empezamos a adelantar las dosis porque cada vez hace menos efecto, tenemos un problema. Pero el descanso es desconexión, y aunque pienso en ello (en los problemas) lo hago como en sordina y, a ratos, hasta me permito (lo intento, al menos) apartarlos.

No salgo de casa. No me apetece, además no puedo hacer una de mis caminatas y el tiempo no acompaña asà que he recorrido las estanterÃas de mi filmoteca en busca de una pelÃcula de otoño, que no otoñal. Deteniéndome en la estanterÃa donde reposa la filmografÃa de Woody Allen, una pelÃcula otoñal serÃa “Otra mujer”, en la que llueven gotas y melancolÃas al compás de Satie/Debussy. Y suspiras. Eso es una pelÃcula otoñal. Una pelÃcula de otoño es “Misterioso asesinato en Manhattan” donde también llueve pero te propone jugar mientras tanto; y se lo pasan en grande ellos y te lo pasas en grande tú. Es un homenaje al género “cadáver a los postres” con guiños hitchcockianos y a Agatha Christie, con un cuarteto de actores maravilloso que se reúne en mesas de restaurante con lamparita de otoño mientras jarrea sobre el asfalto y elucubran sobre esta partida de cluedo divertida y neurótica.
Esa es la diferencia entre una pelÃcula otoñal y de otoño.
Si eliges la segunda, el temporal que golpea la ventana hace de atrezzo para la pelÃcula que ves, te invita a atrincherarte en el sofá y que empiece el misterio. Elegà revisar “Misterioso asesinato en Manhattan” y recordaba que en su momento la vimos tan nueva y lejana a los Woody Allen de siempre y ahora, ya en los primeros minutos, la ves integrada en la serie de Woody Allen de siempre. Qué cosas. Que haya un cadáver con lluvia y una Diane Keaton maravillosa convertida en una Miss Marple neurótica, una Anjelica Huston vestida de negro y jugando al póker llevando gafas negras, un Alan Alda haciendo de Alan Alda (hasta las chaquetas que llevan son de Alan Alda) y la siempre reconfortante aparición de Woody Allen en su escenario favorito, New York, promete. Y cumple. SonrÃes todo el rato y en un par de momentos hasta te sale una carcajada. Normal que pase eso cuando hasta a la propia Diane Keaton se le escapa un amago de risa no previsto en el guión cuando Allen dice, tembloroso y balbuceante, que el único cadáver que habÃa visto hasta la fecha era el de un tÃo suyo de 94 años que la palmó atragantado porque habÃa muchos grumos en la papilla.
Lo bueno de una convalecencia con temporal de viento del norte y amenaza de lluvia fuera es que no sabes por dónde vas a salir (es una expresión, claro, porque ya he dicho que no salgo). Y si por la mañana no sabÃa que iba a terminar revisando “Misterioso asesinato en Manhattan”, por la noche ya estaba en ello. Al terminar, ves desfilar los créditos con la tipografÃa invariable de las pelÃculas de Allen nombrando a la gente que entonces era la de siempre, Jack Rollins, Charles H. Joffe, Santo Loquasto y con la invariable músiquita suave de jazz añejo al fondo. Y la sonrisa todavÃa permanece en tus labios. Quitas el dvd y en el televisor esta vez aparece El Hijo de Satán, como lo oyes, y acojona cuando levanta el dedo Ãndice y dice “asÃn que mira lo que te digo, eh?, asÃn que mira lo que te digo”. Esa señal diabólica es reveladora. En el averno ni se hace caligrafÃa Rubio ni se atiende a la gramática de Lázaro Carreter porque lo que mola es hacer pellas y pintar en las paredes lo de “Monjas a la mili”. Y luego eso se nota.