Monólogo

Peter Pan permanece en la habitación a oscuras (unos pasos rápidos atraviesan el pasillo entre risas y gritos porque alguien ha roto la Luna). Wendy no coserá su sombra porque esta huyó abrumada por la culpa, aún más negra que la negra sombra. Cuando la hora de los juegos termina y llegan las nanas de cama, Peter Pan tiene miedo. Todavía los Niños Perdidos siguen dando vueltas alrededor del árbol del ahorcado y el juego podrá prolongarse para que los temores se desvanezcan, sólo hay que desearlo (a los Niños Perdidos no les gustan los juegos que no pueden comenzar siempre que les de la gana). Fuegos de artificio, lagunas de sirenas y vasos de colores. El chico del sombrero juega a cantar Never Meant To Hurt You, Never Meant To Hurt You y reparte amores de palabra y le pone sentimiento al canto. Hay un secreto, y otro después. Canta el juego, juega el canto, alguien cuenta un cuento y así todos espantan al desencanto. Risas. En esta isla se habla de más porque nadie parece saber echar de menos. Algún juego travieso atraviesa la verja (piezas rotas más allá del límite de la puerta, juguetes rotos a la vuelta del minutero, nadie les enseñó a cuidar de otro corazón que no fuera el suyo). Cuando la madrugada de luces pase y despunte el alba, los Niños Perdidos se convertirán en espectros, en humo (ilusión de ilusionista), en piel sin carne, en carne sin corazón. A Peter Pan le aterroriza que no le quieran y siempre tiene frío en el corazón (tener frío en el corazón o tener frío el corazón, tan sutil es la diferencia que si no hay luz ni luces sería fácil equivocarse y nos podría doler) No hay que temer, no hay que temer, nos tranquiliza el poeta Panero en la hora más fría de la madrugada, y nos deja bajo la almohada versos que hablan de llantos que serán engullidos por la noche porque Peter Pan necesita que le quieran pero nadie queda cuando el ruido y la algarabía cesa.