Diario

“Lo que me queda por vivir”, me dice Elvira Lindo desde la portada de su última novela. La he comprado esta tarde, antes de que cerraran la librería, y ha sido la insistencia de Anabel al ofrecerme de una cajita dorada, por dos veces, una trufa de chocolate, lo que me ha hecho preguntarme si no sería su cumpleaños. Anabel es la persona más discreta y modesta que conozco con diferencia. Esas y otras muchas virtudes hacen que la quiera tanto y de toda la vida, como quien dice. No será tu cumpleaños, Anabel. Sí, ha contestado ella como quitando importancia al asunto y dirigiéndose a una pila de libros recién extraídos de la caja de novedades. Pues eso se dice, chica, y le he dado dos besos y he cogido una (deliciosa) trufa de chocolate.

Eso indica, obviamente, que el año pasado, tal día como hoy, también era su cumpleaños y yo no lo supe. El año pasado, a esa misma hora de la tarde, surcaba en un Alta Velocidad las vías que separan Madrid de mi casa tras el último ensayo con David Castillo. Nos íbamos a ver al día siguiente, a última hora, en Pamplona, en el hotel que iba a ser cuartel general y lugar de concentración, como hacen los equipos de fútbol, antes del rodaje en el que nos embarcamos. Pero en el tren, el día anterior, yo regresaba con tres cosas: una, con la satisfacción de que, al fin, la cosa marchaba. No estaba previsto ese último ensayo pero tampoco lo habíamos descartado, vista la dificultad de la tarea. Dos, la cinta de vídeo con el material que iba a dar lugar a “@david”, un pequeño documental de uso doméstico para el día de mañana, para condensar en 5 minutos parte de ese todo que vivimos durante aquel verano trabajando en Madrid. Me gustó la idea de tener un recuerdo así, captando las voces, los lugares, las botellas de agua haciendo las veces de reloj y notarias del esfuerzo.

Un año después, “@david” cumple esa función pero, además, ha adquirido unos matices que en su momento no supuse, enriqueciéndolo. Y tres, porque estaba contando tres cosas, que después de un día satisfactorio, aquel nueve de agosto madrileño, muy caluroso, no como este día azul pero ya otoñal, barrido por el viento del Norte, que nos ha visitado, mi organismo esperó a llegar a la estación de Atocha, para sufrir un bajón de glucosa de esos que no se dan en todos los bajones de glucosa. Pasaba la gente presurosa a derecha e izquierda y en diagonal con equipajes y maletines y yo es que no llegaba, oye, así que el objetivo número uno fue un par de donuts, una cocacola, y sentarme para recuperar el pulso y confiar que el pitido de los oídos cesara. La camiseta empapada de un sudor frío. En el maletín del portátil, la cinta de vídeo con las tomas improvisadas del “@david” no recordaría después lo sucedido en la mesa de edición. Yo sí. El tren surcaba el atardecer de Guadalajara a 300 por hora y yo me sentía muy pequeño y muy agotado en el asiento, el 3A, ventana, y decidí recurrir a Ivy para que me susurrara al oído, auriculares del iPod mediante, lo del “Worry about you”, que hacía tiempo que no lo necesitaba oir.

Pues esas tres cosas pasaron, así en resumen, y para el día siguiente ya estaba fresco y dispuesto para afrontar el prólogo de la aventura: supervisión de escenografía, iluminación, recibimiento en el hotel y peluquería a última hora de la tarde. En “@david” se le ve con un pelo muy largo porque en verano le pedi por correo electrónico que no se lo cortara; imagina que se presenta con un pelo que el personaje no contempla. No, no, mejor cortarlo aquí, dije, y David lo comprendió y obedeció. Le veo contestar a la cámara las preguntas que le formulo así, al vuelo, en la sobremesa de la comida, de regreso a la sala del hotel AC Avenida de América de Madrid donde ensayábamos y sonrío cuando le veo con ese pelo y este tupé tan largo que, en palabras de su madre, le hacían parecer el Pájaro Loco.

Hoy no ha habido viaje a 300 por hora sino paseo tranquilo a la hora del crepúsculo; y no ha habido transbordos entre líneas de Metro por pasillos y túneles a 100 grados centígrados sino la contemplación tranquila del material grabado ese día a través de la pantalla del Mac; y no ha habido necesidad de donuts por bajones inoportunos de azúcar sino el ofrecimiento de una trufa de chocolate para celebrar el cumpleaños de Anabel, que si no es por eso no me entero, así es ella. Todo por leer lo de la Lindo en el periódico (que, mira por dónde, fue madre de David un día en la pantalla) incitándome a pasar por la librería y hacerme con todo lo que le queda por vivir, que tengo aquí al lado, sobre el sofá, a mi izquierda. En cuanto acabe este post y cierre el portátil me asomo a sus páginas. Empieza con dos versos de Emily Dickinson: “Sólo el amor puede herir / Sólo el amor puede aliviar la herida”. Es verdad, pero eso es tema de otro post y puerta de entrada para esta novela.

3 pensamientos en “Diario

  1. Laura

    Y lo que nos queda por leerte emejota! aquí estaremos leyendo estos preciosos post en los que consigues endulzar melancolias con trufas de chocolate. Felicidades a Anabel!
    Besos

  2. toni

    lo que nos queda por leerte, dice Laura. y por sentirte, y por admirarte, y por querer estar a tu lado para que nos cuentes y te contemos, y por multiplicarnos las ganas de ver todo ese material de @david y el de @Wendy, y por que nos cuentes los libros que lees y los que aún no has leído, y por muchas otras otras cosas que prefiero no escribir porque esto olería a post de amor y tampoco vamos a desentrañar ciertas intimidades ahora. ;)
    ps: molts d’anys, Anabel.

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