QuÃmica 5 septiembre, 2010
Escrito por emejota en : Asuntos propios“¿Lo ves, Momó? Giran sobre sà mismos, giran alrededor de su corazón”
El teatro es magia. Entras en la sala aún vacÃa, te diriges a la fila 3 y te sientas. Aún no sabes que dentro de un rato te emocionarás varias veces pero mientras tanto, mientras a tus espaldas escuchas entrar en la sala a los primeros espectadores de “El señor Ibrahim y las flores del Corán” (Auditorio Baluarte, Pamplona), miras al escenario en penumbra y los ojos recorren la escenografÃa con la fascinación de quien mira en el interior del maletÃn de un mago: allà está todo dispuesto y en orden a la espera de que algo y alguien lo haga vivir. Latir. La escenografÃa reproduce el interior de la tienda del señor Ibrahim, el tendero árabe de la calle Azul, en el ParÃs de los 60. No hay nada moderno ni nuevo en esa tienda; al contrario, es un lugar donde el tiempo parece haberse detenido, un lugar que pasará invisible, seguro, para muchos peatones. Es un refugio.
Hay una lámpara rudimentaria suspendida sobre la mesa de madera que hace las veces de mostrador, numerosos tarritos y botellas de vidrio oscuro cuidadosamente dispuestas en los anaqueles, objetos de latón, saquitos con legumbres aquÃ, cajas de madera aquà y allá también, pesos, balanzas, una bata descolorida colgada en un perchero, una cristalera y una puerta. Y en primera lÃnea, al borde del escenario, en el suelo, como en un pequeño altar, un pequeño jarrón con unas pocas flores y el Corán del señor Ibrahim.
Los ojos recorren todos esos detalles una y otra vez mientras esperan hasta que la luz se apaga dejando la sala completamente a oscuras durante unos segundos. Cuando vuelva la luz, tenue, como la suave melodÃa de colorido árabe que suena hipnótica, será otra, y esta vez vendrá de dentro del escenario. Y no sabes cómo ha ocurrido, cómo lo han hecho, porque estás a escasos metros y no has oÃdo ruido alguno pero ahora hay un anciano sentado tras el mostrador, a la izquierda, y la silueta de un chaval detenido frente a unas estanterÃas, a la derecha. El teatro es magia, sÃ. Lo que uno no puede saber es hasta qué punto. Basta con empezar a vivir en el interior de esa tienda, de luz ambarina, y escuchar la voz de Juan Margallo convertido en el señor Ibrahim de la calle Azul. Desde la primera hasta la última de sus palabras, la voz de Juan Margallo te atrapa inevitablemente. Bastan un par de frases, no más, para dejar de ver a Juan Margallo y a Ricardo Gómez. Ya son por derecho propio el señor Ibrahim y Momó, el adolescente que roba latas de sardinas, y la quÃmica empieza a obrar sus prodigios entre ambos. La experiencia prodigiosa de Margallo, las ganas que le pone Gómez. 69 años el primero, 16 el segundo. Durante la hora y diez que dura la deliciosa historia de Eric-Emmanuel Schmitt el auditorio comprueba que han hecho la obra suya, que la defienden y la disfrutan como si hubiera sido escrita para ellos, y se adivina fácilmente que el afecto que en la ficción salva el salto generacional entre los personajes no es menor fuera de ella.
La adaptación de Ernesto Caballero (Premio Max en 2006) es perfecta: todo está resuelto hábilmente y transcurre con fluidez; está toda la historia dentro de la tienda, incluso la que en el texto original se dice fuera, en otros lugares y por otras personas. Los movimientos de Margallo y Gómez pueblan todos los rincones de ese bazar de las sorpresas, y tanto la escenografÃa como las palabras se apoyan en la sencillez para llegar a lo más hondo. Y eso es algo muy difÃcil de conseguir. No ha terminado la función y uno ya sabe que el señor Ibrahim seguirá siendo Juan Margallo. Un maestro. A su lado, Ricardo Gómez sorprende. Hay momentos al comienzo en los que podrÃa dudarse de si ese cierto envaramiento es el que exige el guión al adolescente Momó o si reside en el actor pero bastan unos destellos, unos momentos impagables, como los de la sonrisa a la que le incita el señor Ibrahim, o como el viaje imaginario sobre la imaginaria alfombra mágica que el señor Ibrahim despliega en el suelo, que demuestran de sobra su valÃa (y su valentÃa): sentado sobre un taburete, Gómez mira al patio de butacas pero su mirada está volando hacia lugares mágicos que ya no están en esa tienda. Se mueve Momó a derecha e izquierda zarandeado a sus espaldas por el señor Ibrahim para simular el vuelo imaginario de la alfombra y la emoción se anuda a la garganta.
“El señor Ibrahim y las flores del Corán” es el regalo que Juan Margallo y Ricardo Gómez nos dejan en el corazón, que es un lugar donde los regalos no envejecen ni amarillean.
Comentarios»
tendremos que esperar a que se les ocurra volar sobre el mar y lleguen a esta isla nuestra. y poder ser libres para sentarnos en la fila tres. o incluso en la cuarenta.
habrá que hacer algo para que se les ocurra porque no hay que dejarlo pasar, toni, créeme.
Tomamos nota para cuando lo pongan en Estudio 1 ;)