Archivo por meses: septiembre 2010

Rebobinar

¿Vale hacer trampa y colarse en el post del 30 de septiembre un 3 de octubre? Esta semana se me han ido escapando los días en las páginas de un par de libros, en una preocupación, en una siesta tonta, siendo anfitrión por un día, dejando medio litro de sangre en el hospital, en una planificación de otoño en hojas que no son hojas caídas de los árboles, recién crujientes, sino que son un curriculum, un dossier, una nota, y así un bosque de palabras. Me da un poco de pena que, un año más, septiembre pase sin que apenas me de cuenta y no haya estado en el andén para despedirlo. Se abre un boquete en el calendario y faltan piezas hasta el día 3 de octubre, hoy, y la línea de los días queda desdentada. Por eso me he levantado hoy con un afán de odontólogo, ya ves tú qué ocupación.

Qué ha pasado estos días, a ver. Pues lo enumerado sucintamente en el párrafo anterior y un par de cines y la confirmación de otro par de proyectos. Y por qué no dices nada? Porque el blog estaba desdentado. Conocido es que hay espacios de tiempo en los que me cuesta escribir, no arrancan las frases aunque seas consciente de que las impresiones de lo que ocurre se van borrando de la pizarra. Luego se pasa, se va pasando, y tienes que hacer trampa y volver a colocar las cosas en el sitio de sus días, más por manía del orden que otra cosa.

No sé si octubre será extenso o si empezará a girar rápido en el sumidero del fregadero. Pero creo que va a ser algo intenso. Ya lo verás.

Diario

Contento y malito. A ver cómo se entiende eso: contento y malito. El diminutivo se utiliza aquí para no hacer sombra al adjetivo contento. Me voy al cine a ver si la pantalla me aclara y ordena la sopa de letras que llevo dentro. Y luego igual retomo el blog un rato, a la luz de la lamparita, aunque ya veremos, que he dormido tres horas y mañana me vampirizan en el hospital medio litro de sangre. Si se te ocurre hacer lo que no debes, es decir, leer en internet sobre temas médicos, te encuentras un estudio de un hospital de no sé dónde lleno de referencias a pie de página (de esas que le dan prestancia a la cosa) en el que defienden que no se debe vampirizar al paciente ante un problema como el mío porque a la corta es peor el remedio que la enfermedad. Que ojito, vamos. Otro estudio de otro hospital con el mismo mogollón de referencias bibliográficas a pie de página dice lo contrario. Todo es un lío. Por eso me voy al cine a ver (nunca mejor dicho) y a pasar un poco el rato. Y a pasar un poco, un rato.

(Bienvenida, Paula. Hola, Patri! Un abrazo a todos)

Nocturno

Tengo amigos tan buenos que uno de ellos, hoy, ha hecho por mí el paseo que hago (casi) todos los días y en el curso del cual, el domingo, mira tú por dónde, en aquellas latitudes desde las que ya no se ve la ciudad, me encontré a Gloria-hija caminando en sentido contrario. Estuvimos hablando tanto rato (para variar) que unos perros que vigilaban la fábrica o empresa de lo que fuera vinieron hasta la verja y se pusieron a ladrar como diciendo ya vale. Y al ver a Gloria-hija replicarles, inclinada ella, estableciendo un diálogo serio con ellos, hice una vez más la asociación entre Gloria-hija y Diane Keaton, tan reciente en la memoria tras el visionado de la partida de cluedo en Manhattan con Woody Allen.

Por lo demás, me he puesto tan malito a eso de las siete de la tarde y hasta pasada la medianoche que ahora, las 3:36 de la madrugada, el cuerpo se niega a irse a dormir y aquí estoy sentado quietecito desde una hora antes de teclear este post, pensando, pues no sé, igual hasta ni pensando, simplemente estando, que es otro gerundio silencioso que cuando lo descubres, resulta ser de lo más interesante.

Sala de Espera

a.k.a Brote (4)

Empieza el otoño con un día de otoño y esperando en la sala que hay para eso en el hospital y que no es sala, en realidad; es un espacio compartimentado con otro igual y así sucesivamente a lo largo del pasillo de consultas. Hoy me he levantado como el día: gris. Pero eso queda en esta sala de espera y no en la consulta del médico. Al parecer, mi hematocrito o poliglobulia ha alcanzado unos niveles históricos en el particular IBEX del laboratorio, lo que probablemente hará que el médico solicite que me extraigan un cuarto o medio litro de sangre porque la médula vuelve a hacer mala sangre (como yo) sin que se sepa la razón. Es cierto que se mira con el rabillo del ojo al elixir por aquello de la causa-efecto pero yo ya estoy en plan vete tú a saber. Se entiende, creo.

Que el hematocrito esté como está, bien erguido, explicaría la lista de síntomas que me voy a ahorrar porque luego me van a llamar el pupas. Pero, de verdad, es sumamente curiosa la manera que tiene el cuerpo de llamar la atención o de manifestar que algo no va bien y que no debería estar así. Lo que ya es más mosqueante es que si manifiestas un síntoma, por ejemplo, que de un par de semanas a esta parte, indefectiblemente después de cenar y a lo largo del prime time e incluso más allá, el pecho se inquieta y es que no te deja parar, oye, y te sientas en el sofá y te tienes que levantar, y coges un libro y lo dejas, y centras un rato la atención en la tele y nada, pues, como decía, si lo manifiestas a un médico te dará un diagnóstico distinto según el despacho y la especialidad: efecto de la poliglobulia si es el hematólogo, ansiedad (andas estresado últimamente?) si es el internista, efecto secundario de la medicación si es el reumatólogo A, eso no tiene importancia si es el reumatólogo B. Por el pasillo, el cardiólogo te dice que cómo cojones puede decir ese que no tiene importancia. Y tu te sientas en la sala de espera, que de pronto se vuelve sala de desesperos e impotencias, y haces tap tap con el pie en el suelo, inquieto.

Lo que está claro, por anteriores ocasiones, es que si te extraen esa cantidad de sangre todos los síntomas desaparecen, el que acabo de contar y el dolor constante de cabeza, los oídos taponados, la somnolencia diurna, la fatal digestión, el hormigueo en las extremidades, los lapsus mentales, y algo más que no recuerdo, no sé si por lapsus o porque me van a llamar en nada y tecleo con prisa. Por eso no pongo las palabras en negrita, a ver si, de paso, aclaramos un poco el día y despejamos la cabeza.

Capacidad

B. es un chaval superdotado. O así se llamaba antes a ser superdotado; ahora lo llaman “persona con habilidades especiales”. Eso me suena a eufemismo, como si ser superdotado fuera un desliz o un mal imperdonable. El caso es que B. es muy superdotado, de los que aparecen en los primeros puestos de la lista, para que nos entendamos. Vino a principios de agosto a casa a clases de dictado por indicación de su profesora de lenguaje musical y apareció con su bandolera azul al hombro atravesando titubeante el espacio que hay entre el ascensor y la puerta. Llevaba una sonrisa puesta también pero, curiosamente, no un cuaderno de música, único material necesario para las clases.

A veces, en las clases, me cuesta recordar que estoy hablando a un chaval de 14 años que se expresa como si tuviera 19; y me cuesta porque B. tiene 12 en realidad, aunque se exprese mejor que alguien de 19. Lo mejor de B. es que se expresa así pero sin resultar un niño repelente; al contrario, maneja las palabras con gracia.

Dicen los psi (psicólogos, psicopedagogos, etc) que las personas con estas capacidades suelen presentar problemas en su relación con el mundo pero, afortunadamente, no es el caso de B. Aunque le adelantaron un curso en el colegio y que las tareas de matemáticas las haga, aun así, mientras ve la televisión, ya sale en pandilla con amigos y amigas, van al cine los sábados (un sábado eligen ellas -imagínese aquí una mueca de resignación de B. ante la predilección de las chicas por elegir películas románticas– y al otro, ellos) y le gusta pescar. Y hacer deporte. Es, en definitiva, un chaval como otro cualquiera pero dentro de su cabeza hay una maquinaria procesando el mundo de manera asombrosa (y discreta).

El día que B. llegó a casa confirmé que estos chavales necesitan una atención personalizada basada en el estímulo continuo de la atención y la curiosidad. Porque, si no, se aburren y, entonces, clic, desconectan. El único problema que B. tiene con la traducción de los sonidos del dictado en papel pautado es ese, la dispersión de la atención. Pero si le hablas de esto y de lo otro, le das claves, le enseñas el empeño de las frases por volver a los mismos sitios y demás etcéteras, te mira con los ojos bien abiertos y sabes que, aunque minutos después esté sobrevolando la luna de a saber qué pensamiento, basta un hola? para que vuelva a tomar conciencia de dónde estamos, qué hacemos y que, además, tenga todo lo dicho presente y aplicado.

B. es muy simpático aunque ponga el gesto seriete, sobre todo cuando se concentra y apoya la barbilla sobre los brazos, a ras de mesa, tomándose su tiempo. También es muy metódico con sus cosas. Que su bandolera azul tenga goma de borrar, lapiceros, y partituras de piano pero no un cuaderno donde anotar dictados es algo que me llama mucho la atención. Los anota en mi cuaderno que tengo aquí, a la izquierda de este teclado. Si dejo de teclear y giro la cabeza veo el último dictado, seis por ocho, mi menor, y las huellas de una duda en el segundo compás que la goma de borrar despejó para poder proseguir.

Ha comenzado el curso y a B. le ha tocado un nuevo grupo de compañeros y cuando le preguntas qué tal el colegio te sonríe y te contesta que, hombre, después del verano pues, y arrastra la ese dejando la frase en puntos suspensivos; y cuando le preguntas por el cambio del grupo de amigos te dice que muy bien, que no hay problema. Y yo me alegro mientras le veo disponer ordenadamente sobre la mesa su goma de borrar, su lapicero y su estuche alrededor de mi cuaderno. Si abres el cuaderno por la puerta están anotadas mis cosas. Si lo vuelves bocabajo y lo abres de esa manera, te encuentras anotadas las suyas. Y así hasta que un día nos encontremos en alguna página.

B. vino en Agosto para pasar un mes arreglando lo de los dictados y lo hizo con cierto recelo porque no estaba acostumbrado a que las cosas necesitaran de arreglo o que cotizaran por debajo del 5. Al final pidió quedarse durante el curso, si no había inconveniente, y no, no lo hay, al contrario, es una satisfacción que B. se quede porque se trabaja muy bien con él y, sobre todo, porque su curiosidad está a la espera de muchas cosas que nos aguardan en el compás cinco o en el pretexto de una anacrusa. Lo sé, lo noto.

Otoño

El otoño empieza muy temprano, de madrugada, mirando cómo se despierta el día a través de la ventana de un autobús a lo largo de 90 kilómetros.

(el otoño -qué coño, que diría Gloria Fuertes– empieza visitando médicos)

El otoño trae la promesa por parte de los vecinos de una excursión a un bosque para pisar un suelo alfombrado de hojas crujientes, amarillas y rojas, y escuchar y oler y mirar y estar con los sentidos bien abiertos. Esta vez diré que .

El otoño también trae un abrazo, lo sé.

El resto de las cosas que las decida el otoño, que tengo que madrugar y hay que cerrar ya este post.

Rescate

Abre un paréntesis, métete dentro y escucha:

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Es un fragmento maravillosos del caleidoscopio que forman los “Estudios Sinfónicos” de Robert Schumann, obra conceptualmente tan original como brillante y estimulante.

Lo más conmovedor de esta música es que, si se convirtió en banda sonora de este verano, en el jardín apartado y silente de aquel hotel mediterráneo, contemplando los destellos del sol del atardecer chispeando en el agua de la piscina, es porque se trata de una página de música que fue recuperada tras haber sido arrancada por su autor años después de haber sido compuesta; es decir, que es un poema musical que en una evaluación posterior no pasó el examen, al criba, el mínimo, a saber qué es lo que no pasó y lo que pasó para que la mente turbulenta de Schumann, la misma que en su momento la concibió poniendo en ella todo lo que de Schumann puede haber en una obra de Schumann, a saber, ese ritmo que pretende engañar al compás y sobrepasar la barra divisoria, con su síncopa anudada infinitamente en el bajo, la brevedad de su melancolía aunque suficiente para decirse, narrarse en esa lluvia de notas que se diría que comienza empezada, te empapa y aún te conduce hacia un climax que se escucha con el mismo placer que el que se obtiene pulsando las teclas y haciendo resbalar el pulgar, rubateando, entre cromatismos de tecla blanca y negra; la tormenta, en fin, retenida aquí en un instante plácido que un día sombrío, vaya por Dios, perdió el afecto y la consideración del poeta y que si podemos recrear es gracias al buen criterio de Johannes Brahms que preparó la edición de la obra completa para piano de Schumann a su muerte y comprendió, y quién no, que algo así no debía quedar a la sombra del olvido.

Qué misteriosa e inexpugnable la belleza de todo lo que las manos de Schumann encontraron a lo largo del teclado de un piano.

Brote (3)

Hierba mala nunca muere… hasta que un día lleguemos al hospital y nos suelten el temible discurso que empiece por un: “en la imagen del TAC que solicitamos hemos apreciado”, o, “hemos advertido en los últimos análisis que el recuento leucocitario” o fórmulas semánticas similares. Toquemos madera para que falten muchos años para eso. De momento, y antes de que la semana de resultados, consultas, pruebas y demás llegue, me entrego a un descanso casero. Duermo a deshoras, duerme el móvil en jornada continua, me canso sin esfuerzo, me siento dolorido y, sin embargo, noto los efectos de la dosis adelantada de elixir que sabe poco dulce porque viene a decirme: pan para esta semana, hambre para la próxima dosis. Traducción: que si empezamos a adelantar las dosis porque cada vez hace menos efecto, tenemos un problema. Pero el descanso es desconexión, y aunque pienso en ello (en los problemas) lo hago como en sordina y, a ratos, hasta me permito (lo intento, al menos) apartarlos.

Misterioso asesinato en Manhattan

No salgo de casa. No me apetece, además no puedo hacer una de mis caminatas y el tiempo no acompaña así que he recorrido las estanterías de mi filmoteca en busca de una película de otoño, que no otoñal. Deteniéndome en la estantería donde reposa la filmografía de Woody Allen, una película otoñal sería “Otra mujer”, en la que llueven gotas y melancolías al compás de Satie/Debussy. Y suspiras. Eso es una película otoñal. Una película de otoño es “Misterioso asesinato en Manhattan” donde también llueve pero te propone jugar mientras tanto; y se lo pasan en grande ellos y te lo pasas en grande tú. Es un homenaje al género “cadáver a los postres” con guiños hitchcockianos y a Agatha Christie, con un cuarteto de actores maravilloso que se reúne en mesas de restaurante con lamparita de otoño mientras jarrea sobre el asfalto y elucubran sobre esta partida de cluedo divertida y neurótica.

Esa es la diferencia entre una película otoñal y de otoño.

Si eliges la segunda, el temporal que golpea la ventana hace de atrezzo para la película que ves, te invita a atrincherarte en el sofá y que empiece el misterio. Elegí revisar “Misterioso asesinato en Manhattan” y recordaba que en su momento la vimos tan nueva y lejana a los Woody Allen de siempre y ahora, ya en los primeros minutos, la ves integrada en la serie de Woody Allen de siempre. Qué cosas. Que haya un cadáver con lluvia y una Diane Keaton maravillosa convertida en una Miss Marple neurótica, una Anjelica Huston vestida de negro y jugando al póker llevando gafas negras, un Alan Alda haciendo de Alan Alda (hasta las chaquetas que llevan son de Alan Alda) y la siempre reconfortante aparición de Woody Allen en su escenario favorito, New York, promete. Y cumple. Sonríes todo el rato y en un par de momentos hasta te sale una carcajada. Normal que pase eso cuando hasta a la propia Diane Keaton se le escapa un amago de risa no previsto en el guión cuando Allen dice, tembloroso y balbuceante, que el único cadáver que había visto hasta la fecha era el de un tío suyo de 94 años que la palmó atragantado porque había muchos grumos en la papilla.

Lo bueno de una convalecencia con temporal de viento del norte y amenaza de lluvia fuera es que no sabes por dónde vas a salir (es una expresión, claro, porque ya he dicho que no salgo). Y si por la mañana no sabía que iba a terminar revisando “Misterioso asesinato en Manhattan”, por la noche ya estaba en ello. Al terminar, ves desfilar los créditos con la tipografía invariable de las películas de Allen nombrando a la gente que entonces era la de siempre, Jack Rollins, Charles H. Joffe, Santo Loquasto y con la invariable músiquita suave de jazz añejo al fondo. Y la sonrisa todavía permanece en tus labios. Quitas el dvd y en el televisor esta vez aparece El Hijo de Satán, como lo oyes, y acojona cuando levanta el dedo índice y dice “asín que mira lo que te digo, eh?, asín que mira lo que te digo”. Esa señal diabólica es reveladora. En el averno ni se hace caligrafía Rubio ni se atiende a la gramática de Lázaro Carreter porque lo que mola es hacer pellas y pintar en las paredes lo de “Monjas a la mili”. Y luego eso se nota.

Brote

Estaba viendo el otro día las noticias cuando contaron lo de la pillada del profesor Neira, y al referirse a la mezcla entre la medicación y el licor causante de semejante carrera de fórmula uno no mencionaron sus propiedades como nuevo combustible. Sin embargo, se especificó que la tal medicación era un anti-epiléptico y se especificó de tal manera que hasta le pusieron nombre. Me asusté mucho porque resultó ser la misma medicación que tomo yo y entonces me dio por pensar, con aprensión, si el profesor Neira podría ser un efecto secundario de la misma.

Qué te parece.

Yo aún no sé qué pensar; por no saber, aún no sé por qué llevo tres años tomando un anti-epiléptico si nunca he tenido epilepsia. Creo recordar que se lo pregunté una vez al médico pero no recuerdo bien la respuesta. Pero me quiere sonar, vamos, seguro, que por los efectos secundarios del elixir. Todo es una cadena. Empiezas tomando un elixir y terminas con riesgo de ser un energúmeno con prefijo de profesor.

Me van a hacer unos análisis fuera de fecha.

Me los hacen a ver qué pasa, como si no supiéramos lo que pasa. Pasa lo de siempre pero en más. Una enfermedad autoinmune es una cosa bastante cabrona y cuando estás en batalla igual ni se inmuta pero, ah cuando el cuerpo parece que quiere aterrizar: va y te pasa la factura. Hay facturas y facturas. Esta viene buena. Porque me duelen los pies, las muñecas, la columna, el cuello, me mareo, me duele la cabeza, la cuenca del ojo izquierdo (he observado que no me llora, eso hay que mirarlo), tengo un brote de psoriasis (siempre tan molesta) en las piernas, los codos, los dedos, la mitad izquierda de la cara, la frente y el pelo; paso del insomnio a la somnolencia, no me concentro, me sube un poco la fiebre, hago unas digestiones fatales y me duele la parte de la vesícula o, por lo menos, la zona donde está localizada.

Total: un cristo.

Y el ánimo? Pues eso es lo curioso: ni bien ni mal. Como en estado de alerta (a veces) o en encefalograma plano (otras). Pero esta noche me he dado cuenta de que miraba la tele sin verla, la he quitado y me he quedado mirando la pantalla silenciosa y entonces me ha vuelto esa especie de no sé qué en el pecho, como una urgencia de moverte, una prisa, un vamos que nos vamos, acerca de la idea de desaparecer del entorno para empezar desde cero.

Sí, otra vez.

No dejará de sorprenderme que alguien tan casero, sedentario, (miedoso), y demás vuelva a tener ese pálpito, que ya es recurrente. Tampoco deja de sorprenderme que cuando me viene ese pálpito, esa urgencia, ese agobio porque ya tardas, se me pone un nudo en la garganta. Total, me digo, no es mejor volver a lo mío y poco a poco luchar por ello? Sí, me respondo. Pero qué tal si lo hacemos lejos. He vuelto a encender la tele para despejar esos pensamientos, que no sé si son buenos o malos, pecaminosos o reveladores. Me daba pereza pensar más en ello por lo del dolor y tal aunque ha quedado la estela de un pensamiento que decía, como en un eco, que todo, en general, a pesar de los pesares, es más fácil con tal de estar en uno mismo.

En el televisor anunciaban un artilugio kitsch que prometía a las señoras no unos orgasmos increíbles, no, sino unos multiorgasmos. Así lo atestiguaba el matrimonio orgásmico que aparecía en un sofá queriendo parecer sofá y matrimonio. El hombre decía: desde que ella se mete la cosa (vale, no lo decía así pero casi) está como loca y yo encantadísimo! Luego ha venido la redifusión de algo pero me he venido para esta pantalla. En esta pantalla no hay publicidad ni redifusiones ni tertulias ni tedetés. Hay subtítulos. Y los de hoy dicen que andamos técnicamente de brote, así lo llaman los médicos. El miércoles análisis, consulta la semana próxima. Para entonces pensaré si consulto lo del profesor Neira o si me lo callo. Pero si hubo quien se convirtió en escarabajo y se hizo famoso en un libro, a saber qué puede pasar si sales en un prospecto.

Monólogo

Peter Pan permanece en la habitación a oscuras (unos pasos rápidos atraviesan el pasillo entre risas y gritos porque alguien ha roto la Luna). Wendy no coserá su sombra porque esta huyó abrumada por la culpa, aún más negra que la negra sombra. Cuando la hora de los juegos termina y llegan las nanas de cama, Peter Pan tiene miedo. Todavía los Niños Perdidos siguen dando vueltas alrededor del árbol del ahorcado y el juego podrá prolongarse para que los temores se desvanezcan, sólo hay que desearlo (a los Niños Perdidos no les gustan los juegos que no pueden comenzar siempre que les de la gana). Fuegos de artificio, lagunas de sirenas y vasos de colores. El chico del sombrero juega a cantar Never Meant To Hurt You, Never Meant To Hurt You y reparte amores de palabra y le pone sentimiento al canto. Hay un secreto, y otro después. Canta el juego, juega el canto, alguien cuenta un cuento y así todos espantan al desencanto. Risas. En esta isla se habla de más porque nadie parece saber echar de menos. Algún juego travieso atraviesa la verja (piezas rotas más allá del límite de la puerta, juguetes rotos a la vuelta del minutero, nadie les enseñó a cuidar de otro corazón que no fuera el suyo). Cuando la madrugada de luces pase y despunte el alba, los Niños Perdidos se convertirán en espectros, en humo (ilusión de ilusionista), en piel sin carne, en carne sin corazón. A Peter Pan le aterroriza que no le quieran y siempre tiene frío en el corazón (tener frío en el corazón o tener frío el corazón, tan sutil es la diferencia que si no hay luz ni luces sería fácil equivocarse y nos podría doler) No hay que temer, no hay que temer, nos tranquiliza el poeta Panero en la hora más fría de la madrugada, y nos deja bajo la almohada versos que hablan de llantos que serán engullidos por la noche porque Peter Pan necesita que le quieran pero nadie queda cuando el ruido y la algarabía cesa.

Diario

“Lo que me queda por vivir”, me dice Elvira Lindo desde la portada de su última novela. La he comprado esta tarde, antes de que cerraran la librería, y ha sido la insistencia de Anabel al ofrecerme de una cajita dorada, por dos veces, una trufa de chocolate, lo que me ha hecho preguntarme si no sería su cumpleaños. Anabel es la persona más discreta y modesta que conozco con diferencia. Esas y otras muchas virtudes hacen que la quiera tanto y de toda la vida, como quien dice. No será tu cumpleaños, Anabel. Sí, ha contestado ella como quitando importancia al asunto y dirigiéndose a una pila de libros recién extraídos de la caja de novedades. Pues eso se dice, chica, y le he dado dos besos y he cogido una (deliciosa) trufa de chocolate.

Eso indica, obviamente, que el año pasado, tal día como hoy, también era su cumpleaños y yo no lo supe. El año pasado, a esa misma hora de la tarde, surcaba en un Alta Velocidad las vías que separan Madrid de mi casa tras el último ensayo con David Castillo. Nos íbamos a ver al día siguiente, a última hora, en Pamplona, en el hotel que iba a ser cuartel general y lugar de concentración, como hacen los equipos de fútbol, antes del rodaje en el que nos embarcamos. Pero en el tren, el día anterior, yo regresaba con tres cosas: una, con la satisfacción de que, al fin, la cosa marchaba. No estaba previsto ese último ensayo pero tampoco lo habíamos descartado, vista la dificultad de la tarea. Dos, la cinta de vídeo con el material que iba a dar lugar a “@david”, un pequeño documental de uso doméstico para el día de mañana, para condensar en 5 minutos parte de ese todo que vivimos durante aquel verano trabajando en Madrid. Me gustó la idea de tener un recuerdo así, captando las voces, los lugares, las botellas de agua haciendo las veces de reloj y notarias del esfuerzo.

Un año después, “@david” cumple esa función pero, además, ha adquirido unos matices que en su momento no supuse, enriqueciéndolo. Y tres, porque estaba contando tres cosas, que después de un día satisfactorio, aquel nueve de agosto madrileño, muy caluroso, no como este día azul pero ya otoñal, barrido por el viento del Norte, que nos ha visitado, mi organismo esperó a llegar a la estación de Atocha, para sufrir un bajón de glucosa de esos que no se dan en todos los bajones de glucosa. Pasaba la gente presurosa a derecha e izquierda y en diagonal con equipajes y maletines y yo es que no llegaba, oye, así que el objetivo número uno fue un par de donuts, una cocacola, y sentarme para recuperar el pulso y confiar que el pitido de los oídos cesara. La camiseta empapada de un sudor frío. En el maletín del portátil, la cinta de vídeo con las tomas improvisadas del “@david” no recordaría después lo sucedido en la mesa de edición. Yo sí. El tren surcaba el atardecer de Guadalajara a 300 por hora y yo me sentía muy pequeño y muy agotado en el asiento, el 3A, ventana, y decidí recurrir a Ivy para que me susurrara al oído, auriculares del iPod mediante, lo del “Worry about you”, que hacía tiempo que no lo necesitaba oir.

Pues esas tres cosas pasaron, así en resumen, y para el día siguiente ya estaba fresco y dispuesto para afrontar el prólogo de la aventura: supervisión de escenografía, iluminación, recibimiento en el hotel y peluquería a última hora de la tarde. En “@david” se le ve con un pelo muy largo porque en verano le pedi por correo electrónico que no se lo cortara; imagina que se presenta con un pelo que el personaje no contempla. No, no, mejor cortarlo aquí, dije, y David lo comprendió y obedeció. Le veo contestar a la cámara las preguntas que le formulo así, al vuelo, en la sobremesa de la comida, de regreso a la sala del hotel AC Avenida de América de Madrid donde ensayábamos y sonrío cuando le veo con ese pelo y este tupé tan largo que, en palabras de su madre, le hacían parecer el Pájaro Loco.

Hoy no ha habido viaje a 300 por hora sino paseo tranquilo a la hora del crepúsculo; y no ha habido transbordos entre líneas de Metro por pasillos y túneles a 100 grados centígrados sino la contemplación tranquila del material grabado ese día a través de la pantalla del Mac; y no ha habido necesidad de donuts por bajones inoportunos de azúcar sino el ofrecimiento de una trufa de chocolate para celebrar el cumpleaños de Anabel, que si no es por eso no me entero, así es ella. Todo por leer lo de la Lindo en el periódico (que, mira por dónde, fue madre de David un día en la pantalla) incitándome a pasar por la librería y hacerme con todo lo que le queda por vivir, que tengo aquí al lado, sobre el sofá, a mi izquierda. En cuanto acabe este post y cierre el portátil me asomo a sus páginas. Empieza con dos versos de Emily Dickinson: “Sólo el amor puede herir / Sólo el amor puede aliviar la herida”. Es verdad, pero eso es tema de otro post y puerta de entrada para esta novela.

Brevedad

Desconozco la razón verdadera. Puede que sea la falta de tiempo, la dispersión del día en una cosa u otra, el paracetamol que llega en el desayuno tras una noche que para mí que fue de fiebre o el viaje imprevisto que hay que hacer por la tarde. Sobre todo son las observaciones rápidas, los apuntes al natural que surjen como ráfagas a lo largo del día. Sea como sea, me encuentro cómodo, muy cómodo, en los escuálidos 140 caracteres (espacios incluídos) que Twitter pone al servicio de lo que hay dentro, fuera, en el presente continuo o en el continuo recuerdo (pretérito perfecto e imperfecto).

Así que también vivo aquí:

www.twitter.com/ideanorte