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Conciencia 22 agosto, 2010

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 20 comentarios , trackback

Me han hecho daño.

No deja de ser curioso que la frase conjugue en pasado un daño que duele en presente (continuo) de la misma forma que siempre me ha llamado la atención que las cicatrices (que son una cosa que uno siempre piensa en futuro por aquello de que cerrarán algún día una herida) terminan recordando algo que pasó ayer.

Es complicado conjugar el dolor.

Me hicieron daño, sí. Mucho daño. Por eso la pantalla se quedó en blanco y no había palabras. Y las palabras convalecientes necesitan reposo. Tengo para mí, al menos, algo valioso: una conciencia tranquila. Todas las noches me voy a dormir con la conciencia tranquila; me llevo el dolor a la cama, de acuerdo, pero la conciencia concilia el sueño tranquilamente. No todo el mundo puede decir lo mismo de su conciencia. Cómo sabe uno que tiene la conciencia limpia? Cuando no ha hecho mal. Y cómo sabe que no ha hecho mal? Cuando no hay arañazos en el alma de los otros: de ti, de ti o de quien sea. La mala conciencia es como un chapapote negro y pegajoso que se podrá tapar durante un tiempo para que no salga en la pantalla de nuestras vidas pero al final, cuando se apaga la luz o pasa el tiempo, sigue ahí y con unos kilos de más. No es problema mío ni de este post, afortunadamente.

Me han hecho daño, sí, y no me avergüenza reconocerlo. Un psicólogo me escribió hace un tiempo para observar que en este blog afloraba la vivencia y el reconocimiento de los sentimientos de una manera que, por lo visto, no es frecuente pero sí recomendable. A mí no me da vergüenza reconocer que me han hecho daño porque es lo que me pasa, es lo que hay y lo que toca. Hay daños de los que no puedes defenderte pero sí intentar blindarte y esperar a que el tiempo haga lo que tiene que hacer. De esta yo voy a salir distinto, eso lo sé. No otro, sino distinto. Creo que más yo, un yo que se ve más nítido en el espejo donde también se muestra lo que merece la pena y lo que no, lo que hay que hacer y lo que no, quienes tienen que estar a tu lado y quienes no. Yo no soy un santo, para nada, pero no guardo rencor tampoco. Motivos tengo, todo sea dicho, pero el rencor es otro chapapote que solo sirve para joderte más la existencia. No, yo no soy un santo pero me voy a la cama todas las noches con la conciencia tranquila porque dejé una luz en el porche cuando hacía falta e incluso puse un poquito de luz en algún corazón cuando allí hacía frío. El miedo enfría los corazones, y también las corrientes de las zozobras y las malas acciones. Y la soledad, que puede conjugarse en plural porque hay soledades bañadas en mucha gente. Nunca viene mal dejar una luz en el porche. Mirando atrás, lo hubiera hecho aun sabiendo lo que iba a pasar después porque a las personas hay que tratarlas como personas. Así de simple.

Gracias de corazón (y de un corazón que no tiene frío) a las palabras que habéis dejado durante todo este tiempo en el buzón mostrando interés, preocupación y cariño. Gracias a Victoria, con uve de verso; gracias a Jose, sin acento en la e; lo mismo a toni. Tienes razón, toni: un abrazo de oso polar sienta muy bien en verano. Gracias a Marlene, que me llevó un atardecer a cruzar un puente medieval en forma de pico (arriba y abajo) bajo el cual corrían aguas parlanchinas y que llevaba a las puertas de un bosque frondoso que seguro que era un bosque encantado. Pero seguro. Había una posada y arriba lucían las estrellas. “Y las estrellas, por la noche” recordé de otras noches de verano. Gracias a Hernán, a Concha, a Silvia, a Julio, a Miguel, a Barbarita (que siempre me emociona y me pone una sonrisa en los labios al mismo tiempo, siempre). Gracias a los que no están en el buzón porque están aquí. No hace falta que los nombre aunque haré la salvedad de la vecina porque hizo de pañuelo de lágrimas como la tía valiente que es.

Gracias a mi hermano, que me llevó consigo y estuvo pendiente todo el rato.

Gracias a mi madre, porque aguantó el tirón.

Y duele, claro que duele ahora. Pero ya no estaremos en el mismo lugar cuando otros despierten de un bofetón de su propia conciencia. Al final siempre pasa eso.