Archivo por meses: agosto 2010

Concentración

No me he vuelto a ir, no.

Estoy concentrado.

Lo peor de mi trabajo frente al cuaderno de papel pautado son los retoques, las decisiones finales, los sacrificios de una idea en favor de otra, el descubrimiento de que no hay que subestimar a una nota porque sea una y sola, que ojito con esa goma de borrar. A veces me entran ganas de robarle a Erik Satie la indicación que puso en una partitura como advertencia al pianista: hágase notar. Y de paso añadiría unos compases después: ahora no tanto. Y ya puestos, no iría mal un: hágame caso y nos llevaremos bien. Cosas así funcionan mejor que esos horrendos, por imprecisos, sotto voce, p, mf y demás. Cuánto de mezzoforte es un mezzoforte? Por qué poner mezzoforte cuando lo que yo quiero decir es otra cosa? Por qué esos términos tan vagos cuando además te diriges a alguien a quien no conoces y no sabes si pondrá las manos en el teclado como quien acaricia algo o si las pondrá con desgana, o si habrá sintonizado contigo o si se habrá ido a otra frecuencia?

Ahí andamos.

Notas

Más o menos, porque quedan los ajustes y los retoques, he terminado esta tarde la composición de un encargo alimenticio. Lo de encargo alimenticio no tiene un ánimo peyorativo sino que es el término justo que lo define. Ha costado por la larga inactividad en cuestiones de creatividad musical, por la propia escasez de creatividad musical… y por el texto. Cuando te encargan una obra con texto no sabes si lo que te viene es maleable o no. Esta vez ha caído una cosa dura como la piedra. Porque está en un idioma que desconozco y la traducción habla de cosas que inspiran poco, la verdad. Y porque las palabras son muy largas y muy incómodas de colocar en el pentagrama.

Una vez más, el proceso de confección del asunto ha sido de lo más caótico: los primeros compases de la obra están en la penúltima de las hojas que ha ocupado en el cuaderno. El final, al menos, está donde tiene que estar. Luego hay partes fragmentadas aquí y allá. Pero es que no sé ir en orden. No deja de sorprenderme que luego todo cobre sentido; de hecho, me resulta un misterio comprobar que todo parte de la exploración y elección de sonoridades movidas por algo incierto que, al final, cobran un sentido propio dentro del espacio que ocupa la obra. Como si el espacio musical que se va tejiendo hablara un idioma propio y ese mismo idioma fuera construyendo el espacio.

En fin (y nunca mejor dicho: en fin), que la cosa, salvo sustos de última hora al descubrir un acento que hay que desplazar deshaciendo la sonoridad del acorde en la que tanta intención se puso o una palabra que de pronto tiene una sílaba de más, ya puede considerarse en las últimas. Y aunque es una expresión que suele sonar mal, en este contexto es un alivio. Así que he dejado el lápiz y la corchea y me he asomado a twitter para preguntarle a Miguel Cane, mi oráculo fílmico vespertino y nocturno (e infalible), si “Salt” merecía la pena y me ha contestado que me gustará y que tiene un punto setentero que está muy bien.

Dicho y hecho, y antes de que nos venga esta ola de calor que nos están anunciando en plan apocalíptico, me he regalado una tarde en los multicines que están a las afueras de la ciudad. Un paseo, una entrada, una Pepsi y “Salt”. Y me lo he pasado en grande. Qué tía la Jolie. Jolín con la Jolie. Qué témpano de hielo, qué energía, qué peligro. Y tiene razón Miguel: el toque setentero de películas de espías de aquellos tiempos, con lo que me gustan. Y el ritmo, qué bien saben manejar los americanos el ritmo de la acción. Tanto que, de pronto, cuando me ponía cómodo en la butaca dispuesto a asistir con sumo placer la siguiente y prometedora secuencia de acción y sorpresa, el Directed By ha caído como una losa, y el Dolby ha puesto de su parte lo suyo para que la losa sonara a piedra dura, como duro es el texto de la composición que he terminado hoy. Y los cuatro gatos que estábamos en la sala nos hemos quedado como así: ???, como si en vez de en un cine estuviéramos delante de la tele y tuviéramos que esperar hasta la próxima semana para continuar con el capítulo. Y así nos hemos quedado, con el ???.

Trabajo fructífero (pesaba mucho lo de la obra de encargo) y distracción (de la que distrae de verdad). Así ha ido la tarde. Ojalá muchas así.

Conciencia

Me han hecho daño.

No deja de ser curioso que la frase conjugue en pasado un daño que duele en presente (continuo) de la misma forma que siempre me ha llamado la atención que las cicatrices (que son una cosa que uno siempre piensa en futuro por aquello de que cerrarán algún día una herida) terminan recordando algo que pasó ayer.

Es complicado conjugar el dolor.

Me hicieron daño, sí. Mucho daño. Por eso la pantalla se quedó en blanco y no había palabras. Y las palabras convalecientes necesitan reposo. Tengo para mí, al menos, algo valioso: una conciencia tranquila. Todas las noches me voy a dormir con la conciencia tranquila; me llevo el dolor a la cama, de acuerdo, pero la conciencia concilia el sueño tranquilamente. No todo el mundo puede decir lo mismo de su conciencia. Cómo sabe uno que tiene la conciencia limpia? Cuando no ha hecho mal. Y cómo sabe que no ha hecho mal? Cuando no hay arañazos en el alma de los otros: de ti, de ti o de quien sea. La mala conciencia es como un chapapote negro y pegajoso que se podrá tapar durante un tiempo para que no salga en la pantalla de nuestras vidas pero al final, cuando se apaga la luz o pasa el tiempo, sigue ahí y con unos kilos de más. No es problema mío ni de este post, afortunadamente.

Me han hecho daño, sí, y no me avergüenza reconocerlo. Un psicólogo me escribió hace un tiempo para observar que en este blog afloraba la vivencia y el reconocimiento de los sentimientos de una manera que, por lo visto, no es frecuente pero sí recomendable. A mí no me da vergüenza reconocer que me han hecho daño porque es lo que me pasa, es lo que hay y lo que toca. Hay daños de los que no puedes defenderte pero sí intentar blindarte y esperar a que el tiempo haga lo que tiene que hacer. De esta yo voy a salir distinto, eso lo sé. No otro, sino distinto. Creo que más yo, un yo que se ve más nítido en el espejo donde también se muestra lo que merece la pena y lo que no, lo que hay que hacer y lo que no, quienes tienen que estar a tu lado y quienes no. Yo no soy un santo, para nada, pero no guardo rencor tampoco. Motivos tengo, todo sea dicho, pero el rencor es otro chapapote que solo sirve para joderte más la existencia. No, yo no soy un santo pero me voy a la cama todas las noches con la conciencia tranquila porque dejé una luz en el porche cuando hacía falta e incluso puse un poquito de luz en algún corazón cuando allí hacía frío. El miedo enfría los corazones, y también las corrientes de las zozobras y las malas acciones. Y la soledad, que puede conjugarse en plural porque hay soledades bañadas en mucha gente. Nunca viene mal dejar una luz en el porche. Mirando atrás, lo hubiera hecho aun sabiendo lo que iba a pasar después porque a las personas hay que tratarlas como personas. Así de simple.

Gracias de corazón (y de un corazón que no tiene frío) a las palabras que habéis dejado durante todo este tiempo en el buzón mostrando interés, preocupación y cariño. Gracias a Victoria, con uve de verso; gracias a Jose, sin acento en la e; lo mismo a toni. Tienes razón, toni: un abrazo de oso polar sienta muy bien en verano. Gracias a Marlene, que me llevó un atardecer a cruzar un puente medieval en forma de pico (arriba y abajo) bajo el cual corrían aguas parlanchinas y que llevaba a las puertas de un bosque frondoso que seguro que era un bosque encantado. Pero seguro. Había una posada y arriba lucían las estrellas. “Y las estrellas, por la noche” recordé de otras noches de verano. Gracias a Hernán, a Concha, a Silvia, a Julio, a Miguel, a Barbarita (que siempre me emociona y me pone una sonrisa en los labios al mismo tiempo, siempre). Gracias a los que no están en el buzón porque están aquí. No hace falta que los nombre aunque haré la salvedad de la vecina porque hizo de pañuelo de lágrimas como la tía valiente que es.

Gracias a mi hermano, que me llevó consigo y estuvo pendiente todo el rato.

Gracias a mi madre, porque aguantó el tirón.

Y duele, claro que duele ahora. Pero ya no estaremos en el mismo lugar cuando otros despierten de un bofetón de su propia conciencia. Al final siempre pasa eso.