Archivo por días: 24 junio, 2010

Sed

Se me ha caído la tensión arterial.

Y es una pena porque justo hoy me he levantando pensando que estoy conforme conmigo mismo. Ahora empiezo a pensar que se trataba de algún efecto asociado a lo de la tensión. Un nueve y un cinco con uno, marcaba el aparato dando sentido (y sensibilidad) a mi agotamiento, abatimiento, y sed. Qué cosa lo de la sed en estos casos. Una sed que no se pasa con nada. La última vez que se me desplomó la tensión le dije al médico lo de la sed y respondió, tajante: eso no tiene nada que ver. A los pocos días otro médico preguntó por el episodio, así llaman ellos a estas cosas, y también le dije lo de la sed, pero se lo dije con un matiz distinto, de converso, de alguien adoctrinado en el convencimiento de que lo de la sed no tenía nada que ver con el episodio de la bajada brusca de tensión. Pues claro que tiene que ver, dijo el otro médico. Esta vez no hice tap tap con el pie en el suelo porque no estaba sentado sino parado en mitad de uno de los pasillos largos del hospital y porque me llamó la atención algo de los electrolitos. A veces ocurre que lo que me llama la atención llama tanto mi atención que me distrae. La prueba es que no sé explicar ni reproducir lo de los electrolitos, responsables, al parecer, de lo de la sed. Lo de la sed y la flojera general, y a esta cabeza sonada y espesa que me ha acompañado parte del día. Ahora menos. La sed, igual.

Hace unos minutos, al sentarme frente al ordenador, he visto que David Lynch ha escrito en Twitter lo siguiente:

“Tres manos rojas sostienen el sueño”

Punto.

Lo ha escrito en inglés pero da igual.

Y he empezado a imaginar y a preguntarme qué estará pasando por la cabeza de este hombre, desde dónde escribe esa frase twinpeaksmaniana, qué hora marca su reloj y qué hay tras el silencio que deja esa frase en el muro de Twitter una vez tecleada. Me ha gustado la frase, sí, pero no me quita la sed.

Tengo tareas pendientes, correos por responder que no he visto esta mañana en la bandeja de mails porque veía a síncopas, llamadas que devolver y algo más habrá que no recuerdo pero hoy voy a cerrar antes de hora. Creo que fuera hace mucho calor. Va a ser eso lo que hace que mi hipertensión se desplome a niveles que el parqué no conocía desde otro verano, el de 2008. Jo, pues no nos queda nada por delante, que diría mi abuela.

Nombres

La madre de Sergio hizo el bizcocho más rico del mundo. Lo certifican mis sobrinos, mi hermano, mi madre, y yo. Sergio anuncia que se va a pasar por casa y entonces su madre se pone a hacer un bizcocho y le salen soberbios, esponjosos, con un sabor a cariño rebozado de harina que no encuentras en los bizcochos que te venden pulcramente troceados, asépticamente envasados y con un barniz aceitoso un poco sospechoso en los hipermercados. Eso hizo la madre de Sergio el otro día antes de que Sergio se pasara por aquí a cenar bizcocho en mano.

Alguien, en la casa de la señora de enfrente, aquella que se murió en este blog y a la que yo observaba ir a misa los domingos por la mañana y preparar una mesa de Nochebuena adivinando siluetas entre cortinas iluminadas por una luz insólita en relación al resto del año, ha sacado al balcón terraza una, dos, tres, hasta veintisiete macetas de un volumen vegetal más que considerable y de un verdor amazónico. Ninguna con flores. Me pregunto si las plantas se habrán cuidado solas todo este tiempo en un jardín trasero que siempre intuí y que ahora veo más cerca de la confirmación. Me pregunto también si toda esa exuberancia no proporcional al tamaño de las macetas se deba a un crecimiento libre, sin los cuidados de una mano jardinera, a expensas del agua que cae de las nubes y del sol que puntualmente traza un arco en el cielo.

(exuberancia no lleva hache intercalada, verdad?)

El doctor Gutiérrez. Quién es el doctor Gutiérrez. Ni idea. Llegó la citación para la próxima consulta con el internista y resultó que, una de estas: o está de vacaciones, o se ha quitado el muerto de encima (cosa probable habida cuenta de la estadística de sus antecesores en el puesto) o se ha cambiado el nombre, como quien se cambia de nick en internet. No lo voy a averiguar porque he cancelado la consulta. Nada hay más fatigoso y deprimente que encontrarte de golpe con un médico nuevo, por predispuesto que esté el hombre, y que en los 7 minutos que te concede el sistema sanitario público te pregunte: bien, ¿de qué se trata? y el de qué se trata tenga bifurcaciones de veintisiete años de solera, como veintisiete son las macetas que una mano invisible ha colocado en la terraza de la señora que vivía enfrente, la de las cenas de Nochebuena a lo Fanny y Alexander. Desde aquí mismo veo tres mientras tecleo.

No sabré quién es el doctor Gutiérrez y esperaré a la siguiente citación. Ando con la mosca tras la oreja porque se está reactivando la enfermedad repitiendo, frase a frase, el guión original escrito hace veintisiete años. El elixir 2.0 pierde fuelle de una manera galopante. Ya solo hace efecto durante una semana justita. Lejos quedan los tiempos en que las dos semanas dispuestas entre dosis y dosis aún daban para tomarse unos días extra y paliar, de esa manera, los efectos secundarios. Lo más desmoralizante de plantarte ante un internista nuevo con un caso raro es que en cuanto les dices lo del elixir dicen, por este orden, cómo, cómo dice que se llama, ya y un momento. Y el momento consiste en una consulta al vademecum, bien en su versión de papel (tapa dura o edición rústica), bien en su versión digital. Luego suelen decir: lo estudiaré porque no conozco este tipo de nuevos fármacos, sí, interesante. Y yo hago tap tap con el pie en el suelo y miro al techo, o al cartel que previene de enfermedades cardiovasculares aconsejando ejercicio físico moderado.

Tengo a mis alumnas opositoras de examen, a mis sobrinos a punto de venir para comer y yo estoy en un alto de la mañana. La otra noche, mi madre se volvió para decirme si me apetecería irme solito unos días a conocer Londres. Hice como todos los doctores Gutiérrez cuando preguntan cómo con ese tono de pillarles la cosa desprevenida y luego hice como si nada, por si acaso.