Epílogo

Murió Saramago, voz ética y estética, y los periódicos hablaron mucho -para bien y para menos bien, no se puede gustar a todos- de lo primero y apenas, y una pena, de lo segundo.

Llevaba Saramago escritas con dificultad una veintena de páginas de su primera novela cuando, de pronto, las manos empezaron a hablar con rapidez en el papel y el caudal de palabras ya no cesó. El truco: escribir como se habla. Saramago había sido en su infancia los oídos de un contador de historias excepcional, aquel abuelo Jerónimo con quien, en las noches calurosas del verano, dormía al aire bajo las encinas contemplando las estrellas y desgranando historias. Allí Saramago aprendió el qué y sobre todo el cómo, y el cómo es el tono, el ritmo, el arte de mantener el suspense sin detener la acción, de contar las cosas importantes con palabras transparentes o de jugar a las pausas o al tropel de palabras.

Para ser un gran contador de historias no basta con tenerlas sino que hay que saber interpretarlas. Saramago sabía hacerlo de manera primorosa y por eso en todas sus novelas uno distingue esa voz familiar e inimitable y se pone a escuchar mientras lee con apetito voraz. Se preguntó Luis Landero una vez que de dónde sacaba Saramago ese tono a medio camino entre la letanía y la nana. Una voz hipnótica, en todo caso. Del abuelo Jerónimo algo quedaría, ese campesino analfabeto que un día, cuando los médicos de la ciudad le dijeron que se iba a morir, corrió a casa y se puso a abrazar a los árboles. Ese episodio está relatado en una de las novelas inolvidables de Saramago. Son inolvidables las novelas y la voz que las cuenta.

Va a ser cierto eso de las intermitencias de la muerte: uno se va pero no del todo si abres un libro y oyes los rezos siseantes de Doña Ana o asistes con cara de pasmo a cómo los hombres salvan el escollo del camino que permitirá llevar el gran bloque de piedra que coronará el convento; o contemplas la inmensidad del cementerio (una página entera es necesaria para enumerar lo que hay desde aquí hasta allá en aquel camposanto alucinante) que el funcionario encargado de anotar todos los nombres, encaprichado por poner historia a uno de ellos, visita un atardecer; o adviertes con alarma que al ponerse el disco del semáforo en verde hay dos coches que quedarán detenidos.

Que llamen a la mujer del médico para que atiendan al narrador de historias, que venga el italiano a tocar el clavecín para consolar las amargas lágrimas de Blimunda, que la tarde del entierro de Saramago escribió unas palabras secretas en un ejemplar del “Memorial del convento” y lo puso en las manos del escritor. No amarillearán en el olvido tantas páginas hermosas.

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