Recuerdo

Hoy hace un año que se nos fue la abuela. La abuela que un día entró en un post de este blog y se hizo un hueco, sin saberlo, de manera que a veces pienso que hay más de la abuela en los posts que protagonizó que en las fotos que de ella hay por casa. Allí aparece alguien que es igual a la abuela. Aquí, sin embargo, es ella, con su voz, sus gestos, sus ironías veladas y desveladas, su sentimiento trágicómico de la existencia (que heredé yo por vía genética), sus afectos sobre Maldonado, el hombre del tiempo, mientras escuchaba los efectos del anticiclón de las Azores, su afán por apagar las luces de casa que no alumbraban a nadie, sus irrepetibles e inimitables rosquillas, sus historias sobre mil novecientos veintipoco, recordadas como si hubiera pasado poco. Todo eso. Y más.

Es un misterio el de la ausencia definitiva. Hay un instante que las formas al uso se encargan de privarnos, con las prisas de los médicos, la llamada a los familiares, la llamada a los del tanatorio, el papeleo, la organización, la esquela (la ilusión de la abuela, no lo olvidemos) y es ese instante en el que uno toma conciencia del significado absoluto de la ausencia. De repente, esa presencia que ha estado unida a toda tu existencia ya no está. Ni estará. Y en su lugar se agolpan un montón de recuerdos anudados a la garganta y un silencio de pasmo.

El día que murió la abuela, mi madre comenzó a reproducir gestos, tonos y hábitos de ella inconscientemente. Lo advertí enseguida y las primeras veces me quedaba un instante con el tenedor en el aire por el asombro mientras ella, de espaldas a mí, repasaba la encimera con el paño. Supongo que hay un mecanismo natural que hace que pasen esas cosas, no sé. Y hoy, especialmente hoy, mi madre está siendo la abuela de una manera especial y algo triste. Pero eso también es normal y natural.

Yo me siento particularmente contento de llevar a la abuela aquí dentro además de dentro de mí. Tiro de archivo, releo los posts y la oigo hablar y moverse, y veo su casa y sus cosas, esas que dejaron de existir de pronto hace un año, cuando estábamos comiendo y sonó el teléfono. La comida se quedó sobre la mesa y mi hermano y yo nos abrazamos a mi madre.

Una vez, la abuela me contó un secreto.

4 pensamientos en “Recuerdo

  1. C.

    Ayer mismo -como tantas otras veces- sentí ese mismo abismo de la ausencia y del olvido que seremos -verso borgiano o no-, mientras rompía la carta que había recibido mi padre para acudir a la revisión médica del carné de conducir. ¿Cómo es posible serlo todo para tanta gente y de repente no ser más que en los recuerdos o en los papeles, y luego ya solo en los recuerdos de segunda o de tercera mano, de nietos y bisnietos que no conocieron a quien una vez fue y dejó un recuerdo en alguien, y eso con suerte?
    Tu abuela tiene mucha suerte de que tu le hayas permitido seguir habitando aquí, en este Norte.

  2. toni

    ayer fue el funeral del padre de una gran amiga. fue un funeral bonito, aunque ningún funeral es bonito. mi amiga quiso hablar. hacedme un favor, nos dijo, cuando salgais de esta iglesia, contaos anécdotas de mi padre. todas las que se os ocurran. y hacedlo durante mucho tiempo. así no habrá ausencias definitivas. ciertas personas nunca se mueren del todo, porque siempre nos contamos cosas sobre ellas. igual que la abuela que, gracias a tus posts, no sólo habita en este Norte tuyo en el que tenemos derecho a roce, sino que ha llegado hasta el otro lado del Mediterráneo. e ingluso aparece en alguna cena o en alguna conversación sobre las abuelas. aunque es mejor que los secretos se queden en la memoria. un abrazo.

  3. Begoña

    No siempre salgo de tu blog con una sonrisa, Emejota. Yo también sé lo qué es la ausencia.

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