Concierto

Twitter sirve, por ejemplo, para enterarte que hace una hora ha caído en Pamplona una señora tormenta de verano con granizada incluída. Eso quiere decir que está de camino. A ver si rompe porque tengo la cabeza que me va a estallar y desde media tarde el cielo está que asusta.

Me da miedo el calor.

Sé que es irracional o, por lo menos, raro. Más lógico sería decir que me da respeto el calor o que no me gusta el calor. Pero es que me da miedo. Septiembre, dónde estás.

Esta tarde de sábado estábamos Esther y yo trabajando en una clase acerca de Mompou y le he dicho, con la partitura de las Impresiones Íntimas delante, que más o menos a la hora que marcaba el reloj, hace 25 años, en otra tarde que no fue de tormenta sino muy azul, dí mi primer concierto de piano como solista. Me he acordado por Mompou porque toqué esas piezas en esa misma partitura, por aquel entonces muy nueva y blanca, hoy con el papel desgastadillo y sin portada.

25 años son un cuarto de siglo. Le he sonreído a Esther al decirle lo del concierto con tono de confidencia personal en un paréntesis de la clase pero en realidad me ha dado por pensar que desde entonces ha habido un decrecescendo progresivo, la biografía convertida en un globo desinflándose. Ya lo sentenció un médico mientras hacía plom y sellaba el volante de los análisis: las personas solemos pasar de futuras promesas a tristes realidades presentes. Jódelo. Hice como que no me daba por aludido y preferí pensar que lo decía por él, más que nada por el ruído que hizo al estampar el sello sobre el volante. Llevaba algo de rabia eso.

En el concierto toqué a Mompou, y a Schumann, y a Bach, y a Chopin, y a Debusssy. Y a Beethoven. Y lo hice sin orden cronológico, lo que levantó ciertos comentarios. Pero es que yo entiendo los programas como un todo que no lo dan los siglos, ni las corrientes, ni los estilos. Los programas que confeccioné en mi carrera al “estrellato” (léase estrellato en el sentido batacazo final), breve carrera por otra parte (me prejubilé forzosamente seis años después), lo fueron siguiendo una lógica interna. Creo que, en general, tampoco importó mucho a la audiencia que siempre fue benévola, gracias a Dios. De aquellas teclas en blanco y negro a estas teclas de ordenador que también son en blanco y negro pero como de clavecín: tecla negra, letra impresa en blanco.

Lo único que lamenté cuando perdí el uso de las manos es no haber llegado a pulsar un acorde muy especial que sucede en medio de La Isla Alegre de Debussy. Sólo eso. Un acorde. Faltó tiempo pero sobró para recrear la sensación táctil del mismo con el pensamiento. Quien no se consuela es porque no quiere.

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