Archivo por meses: junio 2010

Autógrafo (XV)

(Isabel)

Sin desmerecer a nadie, se comprenderá que este autógrafo me haga especial ilusión y, por eso, requiera de un pie de foto. Es el autógrafo de mi sobrina Isabel. Isabel entró en este blog cuando apenas sabía hablar o lo hacía de aquella manera (en el archivo hay muchos posts que dan testimonio de eso) y cuando sea mayor habrá pantallas que no requerirán ni teclado ni siquiera el uso del dedo para deslizarse por ellas sino que igual un guiño de ojo servirá para entrar aquí y leerse en su infancia y sonreir un poco. Lo que lea es lo que fue. Hay palabras que valen, en ocasiones, más que un álbum entero de imágenes.

Ahora Isabel viene a comer con Carlos y en la sobremesa se ponen los canales de dibujos animados de la tele de fondo y sobre la mesa, las hojas de papel en las que dibujan animadamente puesto que prosiguen en su empeño de restaurar la fachada del frigorífico. Hoy mismo, Carlos ha desmontado una pintura rupestre y la ha sustituído por un fresco de verano de contornos más definidos y colores más vivos. Y es cuando se me ha ocurrido decirle a Isabel si podría escribirme lo que pone arriba, y le he dado las instrucciones del juego de los autógrafos: todas las palabras tienen que empezar con mayúscula menos una. Vale, ha dicho ella. Y ha cogido el boli y le ha salido a la primera, aunque lo ha escrito como le gusta dibujar a ella, con las rodillas en el suelo y la hoja apoyada en la mesa baja del salón rodeada de lápices de colores.

En el autógrafo de Isabel, las palabras van cuesta abajo, comprensible porque a los 7 años ya se sabe distinguir la derecha de la izquierda pero puede que se dude a ratos de dónde cae el Norte y dónde el Sur, si van arriba o abajo. No me ha pasado desapercibido el espacio en blanco entre las palabras. Yo lo quiero interpretar como el tiempo que ha habido este curso sin poder dedicarme a jugar con ella como el año pasado. Ya sé que ella no lo hace por eso pero yo lo interpreto así porque me da la gana y porque así ha sido realmente. Pero este verano, poco a poco, volvemos a reencontrar la sintonía que se consigue recabando tiempo y, sobre todo, recuperando el rumbo de las cosas. A los 40 años y aunque tengas la EGB muy buen puesta en la mochila, hay momentos en los que la aguja de la brújula pierde la dirección que apunta al Norte de las cosas hasta que llega un día que suspendes (de suspender, parar) la asignatura que cursabas y retornas a casa.

Duelo

Algo se muere en el alma cuando un amigo se va y es verdad, claro, tampoco vamos a descubrir ahora la coplilla esta. Lo que vamos a descubrir es que hoy ha tocado vivirlo en propia carne, o en el tejido del que esté hecha (o deshecha) el alma. Tengo mis reservas, no obstante, porque creo que aunque la persona amiga se vaya, queda para siempre dentro, habiéndote dejado lo mejor de sí.

Me pone un nudo en la garganta escribir esa frase. Hoy ha sido un día de nudos en la garganta y de lo que viene después. Incluso del descubrimiento de que el trago puede pasar (de ocurrir) y pasar (de transitar) con la compañía de una amiga en el silencio de una habitación, con el roce de su mano en tu mano, sintiendo en la ausencia de palabras un lleno de comunicación y de comprensión.

(Suenan unas notas dulces anunciando un sms que pide permiso para entrar desde un móvil que está por allí encima y el silencio de la estancia queda como conmovido, como yo, porque hay sonidos que mueven y conmueven)

Un poeta dijo que querer es también saber marcharse. Y pienso que eso es válido tanto para querer como para quererse. En ocasiones, para quererse uno mismo hay que saber marcharse. Entre quereres, así en plural, algo tiene que quedar flotando, o brillando, o escociendo en alguna parte. Eso pensaba yo y lo sentía en el silencio de esta tarde cuando he sentido también, y así lo he hecho saber a mi acompañante, que parecía como si se me hubiera muerto alguien. Y me ha impresionado mucho descubrir eso porque ha sido igual que cuando estás en un velatorio, sintiendo esa quemazón, esa rabia, esa derrota, viendo la película de recuerdos, sintiéndote nada y nada más que no sean unas lágrimas. No hay que avergonzarse de llorar. Quien lo hace es un imbécil. Las lágrimas nunca son imbéciles. Son sinceras siempre que no sean de cocodrilo, anuncien la alegría o el dolor más profundo.

Va la última frase prestada, que hoy ha sido día duro y no conviene extenderse: las muertes de la amistad son muy dolorosas porque se convierten en un dolor sordo, pero siempre presente, por mucho tiempo que pase. Por eso uno se resiste, aunque comprenda que tiene que tomar finalmente una decisión para coger aire, para la persona amiga o para uno mismo: hay que ser generosos hasta el final y pensar que no sabemos lo que nos depara el calendario. Tal vez marcharse a tomar aire suponga encontrar nuevos caminos; tal vez hacerlo suponga ventilar la habitación de los afectos y las complicidades, saneando los pulmones para volver a ocupar la casa donde reside la amistad.

Esta noche es todo una incógnita confusa y cansada. Mañana dolerá un poco más y así pasará hasta que el paso de los días deje el eco de una estela asordinada. Qué misterioso es el país de las lágrimas, decía el aviador en El Principito, frase que cogemos prestada como extra porque se supone que ya íbamos servidos con las anteriores. Pero es que es cierto. Qué misterioso que es. Como misteriosos son los abrazos reconfortantes y los silencios llenos de sentido.

Esta noche, después de la cena, mi madre ha mirado por la ventana de la cocina y ha preguntado en alto si mañana lloverá porque hay momentos en los que frases así quieren decir otra cosa, muchas cosas, las que sean, y son necesarias, y alguien debe decirlas, llueva mañana o no, lo haga por fuera o por dentro, para que las cosas sepan que deben continuar su curso.

Escuece, sí.

Insomnio

Qué hago abriendo el cuaderno del blog a las 3:57 de la madrugada? Pues esperar al sueño. He pasado dormido la mayor parte de la tarde y ahora estoy metido en el siempre acogedor círculo de luz amarilla que desprende la lamparita que tengo encima de la mesa, insomne.

(tecleo pulsando en pianísimo las teclas)

Que cómo va la cosa? Pues a ratos. He pasado de tener unas 45-50 pulsaciones por minuto durante la mayor parte del día a velocidad de autopista: 120. En ambos casos con una sensación muy rara en el cuerpo, entre el cansancio infinito y un azogue como si una carrera de caballos trotara en el pecho. Habrá que ir finalmente al médico si la cosa sigue así. Mientras tanto, me lo tomo con calma. De verdad. Mira:

calma
calma
calma

Sed

Se me ha caído la tensión arterial.

Y es una pena porque justo hoy me he levantando pensando que estoy conforme conmigo mismo. Ahora empiezo a pensar que se trataba de algún efecto asociado a lo de la tensión. Un nueve y un cinco con uno, marcaba el aparato dando sentido (y sensibilidad) a mi agotamiento, abatimiento, y sed. Qué cosa lo de la sed en estos casos. Una sed que no se pasa con nada. La última vez que se me desplomó la tensión le dije al médico lo de la sed y respondió, tajante: eso no tiene nada que ver. A los pocos días otro médico preguntó por el episodio, así llaman ellos a estas cosas, y también le dije lo de la sed, pero se lo dije con un matiz distinto, de converso, de alguien adoctrinado en el convencimiento de que lo de la sed no tenía nada que ver con el episodio de la bajada brusca de tensión. Pues claro que tiene que ver, dijo el otro médico. Esta vez no hice tap tap con el pie en el suelo porque no estaba sentado sino parado en mitad de uno de los pasillos largos del hospital y porque me llamó la atención algo de los electrolitos. A veces ocurre que lo que me llama la atención llama tanto mi atención que me distrae. La prueba es que no sé explicar ni reproducir lo de los electrolitos, responsables, al parecer, de lo de la sed. Lo de la sed y la flojera general, y a esta cabeza sonada y espesa que me ha acompañado parte del día. Ahora menos. La sed, igual.

Hace unos minutos, al sentarme frente al ordenador, he visto que David Lynch ha escrito en Twitter lo siguiente:

“Tres manos rojas sostienen el sueño”

Punto.

Lo ha escrito en inglés pero da igual.

Y he empezado a imaginar y a preguntarme qué estará pasando por la cabeza de este hombre, desde dónde escribe esa frase twinpeaksmaniana, qué hora marca su reloj y qué hay tras el silencio que deja esa frase en el muro de Twitter una vez tecleada. Me ha gustado la frase, sí, pero no me quita la sed.

Tengo tareas pendientes, correos por responder que no he visto esta mañana en la bandeja de mails porque veía a síncopas, llamadas que devolver y algo más habrá que no recuerdo pero hoy voy a cerrar antes de hora. Creo que fuera hace mucho calor. Va a ser eso lo que hace que mi hipertensión se desplome a niveles que el parqué no conocía desde otro verano, el de 2008. Jo, pues no nos queda nada por delante, que diría mi abuela.

Nombres

La madre de Sergio hizo el bizcocho más rico del mundo. Lo certifican mis sobrinos, mi hermano, mi madre, y yo. Sergio anuncia que se va a pasar por casa y entonces su madre se pone a hacer un bizcocho y le salen soberbios, esponjosos, con un sabor a cariño rebozado de harina que no encuentras en los bizcochos que te venden pulcramente troceados, asépticamente envasados y con un barniz aceitoso un poco sospechoso en los hipermercados. Eso hizo la madre de Sergio el otro día antes de que Sergio se pasara por aquí a cenar bizcocho en mano.

Alguien, en la casa de la señora de enfrente, aquella que se murió en este blog y a la que yo observaba ir a misa los domingos por la mañana y preparar una mesa de Nochebuena adivinando siluetas entre cortinas iluminadas por una luz insólita en relación al resto del año, ha sacado al balcón terraza una, dos, tres, hasta veintisiete macetas de un volumen vegetal más que considerable y de un verdor amazónico. Ninguna con flores. Me pregunto si las plantas se habrán cuidado solas todo este tiempo en un jardín trasero que siempre intuí y que ahora veo más cerca de la confirmación. Me pregunto también si toda esa exuberancia no proporcional al tamaño de las macetas se deba a un crecimiento libre, sin los cuidados de una mano jardinera, a expensas del agua que cae de las nubes y del sol que puntualmente traza un arco en el cielo.

(exuberancia no lleva hache intercalada, verdad?)

El doctor Gutiérrez. Quién es el doctor Gutiérrez. Ni idea. Llegó la citación para la próxima consulta con el internista y resultó que, una de estas: o está de vacaciones, o se ha quitado el muerto de encima (cosa probable habida cuenta de la estadística de sus antecesores en el puesto) o se ha cambiado el nombre, como quien se cambia de nick en internet. No lo voy a averiguar porque he cancelado la consulta. Nada hay más fatigoso y deprimente que encontrarte de golpe con un médico nuevo, por predispuesto que esté el hombre, y que en los 7 minutos que te concede el sistema sanitario público te pregunte: bien, ¿de qué se trata? y el de qué se trata tenga bifurcaciones de veintisiete años de solera, como veintisiete son las macetas que una mano invisible ha colocado en la terraza de la señora que vivía enfrente, la de las cenas de Nochebuena a lo Fanny y Alexander. Desde aquí mismo veo tres mientras tecleo.

No sabré quién es el doctor Gutiérrez y esperaré a la siguiente citación. Ando con la mosca tras la oreja porque se está reactivando la enfermedad repitiendo, frase a frase, el guión original escrito hace veintisiete años. El elixir 2.0 pierde fuelle de una manera galopante. Ya solo hace efecto durante una semana justita. Lejos quedan los tiempos en que las dos semanas dispuestas entre dosis y dosis aún daban para tomarse unos días extra y paliar, de esa manera, los efectos secundarios. Lo más desmoralizante de plantarte ante un internista nuevo con un caso raro es que en cuanto les dices lo del elixir dicen, por este orden, cómo, cómo dice que se llama, ya y un momento. Y el momento consiste en una consulta al vademecum, bien en su versión de papel (tapa dura o edición rústica), bien en su versión digital. Luego suelen decir: lo estudiaré porque no conozco este tipo de nuevos fármacos, sí, interesante. Y yo hago tap tap con el pie en el suelo y miro al techo, o al cartel que previene de enfermedades cardiovasculares aconsejando ejercicio físico moderado.

Tengo a mis alumnas opositoras de examen, a mis sobrinos a punto de venir para comer y yo estoy en un alto de la mañana. La otra noche, mi madre se volvió para decirme si me apetecería irme solito unos días a conocer Londres. Hice como todos los doctores Gutiérrez cuando preguntan cómo con ese tono de pillarles la cosa desprevenida y luego hice como si nada, por si acaso.

Epílogo

Murió Saramago, voz ética y estética, y los periódicos hablaron mucho -para bien y para menos bien, no se puede gustar a todos- de lo primero y apenas, y una pena, de lo segundo.

Llevaba Saramago escritas con dificultad una veintena de páginas de su primera novela cuando, de pronto, las manos empezaron a hablar con rapidez en el papel y el caudal de palabras ya no cesó. El truco: escribir como se habla. Saramago había sido en su infancia los oídos de un contador de historias excepcional, aquel abuelo Jerónimo con quien, en las noches calurosas del verano, dormía al aire bajo las encinas contemplando las estrellas y desgranando historias. Allí Saramago aprendió el qué y sobre todo el cómo, y el cómo es el tono, el ritmo, el arte de mantener el suspense sin detener la acción, de contar las cosas importantes con palabras transparentes o de jugar a las pausas o al tropel de palabras.

Para ser un gran contador de historias no basta con tenerlas sino que hay que saber interpretarlas. Saramago sabía hacerlo de manera primorosa y por eso en todas sus novelas uno distingue esa voz familiar e inimitable y se pone a escuchar mientras lee con apetito voraz. Se preguntó Luis Landero una vez que de dónde sacaba Saramago ese tono a medio camino entre la letanía y la nana. Una voz hipnótica, en todo caso. Del abuelo Jerónimo algo quedaría, ese campesino analfabeto que un día, cuando los médicos de la ciudad le dijeron que se iba a morir, corrió a casa y se puso a abrazar a los árboles. Ese episodio está relatado en una de las novelas inolvidables de Saramago. Son inolvidables las novelas y la voz que las cuenta.

Va a ser cierto eso de las intermitencias de la muerte: uno se va pero no del todo si abres un libro y oyes los rezos siseantes de Doña Ana o asistes con cara de pasmo a cómo los hombres salvan el escollo del camino que permitirá llevar el gran bloque de piedra que coronará el convento; o contemplas la inmensidad del cementerio (una página entera es necesaria para enumerar lo que hay desde aquí hasta allá en aquel camposanto alucinante) que el funcionario encargado de anotar todos los nombres, encaprichado por poner historia a uno de ellos, visita un atardecer; o adviertes con alarma que al ponerse el disco del semáforo en verde hay dos coches que quedarán detenidos.

Que llamen a la mujer del médico para que atiendan al narrador de historias, que venga el italiano a tocar el clavecín para consolar las amargas lágrimas de Blimunda, que la tarde del entierro de Saramago escribió unas palabras secretas en un ejemplar del “Memorial del convento” y lo puso en las manos del escritor. No amarillearán en el olvido tantas páginas hermosas.

Recuerdo

Hoy hace un año que se nos fue la abuela. La abuela que un día entró en un post de este blog y se hizo un hueco, sin saberlo, de manera que a veces pienso que hay más de la abuela en los posts que protagonizó que en las fotos que de ella hay por casa. Allí aparece alguien que es igual a la abuela. Aquí, sin embargo, es ella, con su voz, sus gestos, sus ironías veladas y desveladas, su sentimiento trágicómico de la existencia (que heredé yo por vía genética), sus afectos sobre Maldonado, el hombre del tiempo, mientras escuchaba los efectos del anticiclón de las Azores, su afán por apagar las luces de casa que no alumbraban a nadie, sus irrepetibles e inimitables rosquillas, sus historias sobre mil novecientos veintipoco, recordadas como si hubiera pasado poco. Todo eso. Y más.

Es un misterio el de la ausencia definitiva. Hay un instante que las formas al uso se encargan de privarnos, con las prisas de los médicos, la llamada a los familiares, la llamada a los del tanatorio, el papeleo, la organización, la esquela (la ilusión de la abuela, no lo olvidemos) y es ese instante en el que uno toma conciencia del significado absoluto de la ausencia. De repente, esa presencia que ha estado unida a toda tu existencia ya no está. Ni estará. Y en su lugar se agolpan un montón de recuerdos anudados a la garganta y un silencio de pasmo.

El día que murió la abuela, mi madre comenzó a reproducir gestos, tonos y hábitos de ella inconscientemente. Lo advertí enseguida y las primeras veces me quedaba un instante con el tenedor en el aire por el asombro mientras ella, de espaldas a mí, repasaba la encimera con el paño. Supongo que hay un mecanismo natural que hace que pasen esas cosas, no sé. Y hoy, especialmente hoy, mi madre está siendo la abuela de una manera especial y algo triste. Pero eso también es normal y natural.

Yo me siento particularmente contento de llevar a la abuela aquí dentro además de dentro de mí. Tiro de archivo, releo los posts y la oigo hablar y moverse, y veo su casa y sus cosas, esas que dejaron de existir de pronto hace un año, cuando estábamos comiendo y sonó el teléfono. La comida se quedó sobre la mesa y mi hermano y yo nos abrazamos a mi madre.

Una vez, la abuela me contó un secreto.

Rosas

Mi hermano me ha puesto en la muñeca una pulsera Power-Balance.

Cómo te quedas.

Pues como abuelo al que le ponen el sonotone igual que a los críos se les pone el babero antes de merendar. Porque sí y sin rechistar. En realidad no me la ha puesto hoy sino que me la puso el jueves, creo. Lo hizo de repente, un sujetar la mano, un así, un asá y esposado con la pulserita. Y yo mirando, incrédulo. No hubo mucho margen de acción ni de reacción. Me dijo mi hermano que la llevara puesta hasta el domingo. Pero…, dije yo queriendo empezar a decir algo. Hasta el domingo, zanjó él. Ayer domingo no dijo nada. Yo tampoco, la verdad, pero porque ya no me acuerdo de que la llevo. No sé si eso querrá decir que de Balance nada de nada o que sí. Que yo sepa, el único efecto que noté fue un ligero sarpullido local en la piel debido a la gomita de la pulsera. Qué quieres, sensible que tiene uno la piel, como la de un bebé, igual. De hecho, no llevo ni reloj. Me molesta.

Estoy inmerso en una novela río que llamó mi atención en el escaparate de la librería. “El libro de los niños”, de A. S. Byatt. 1000 páginas con una letra tipo “se requiere lupa”. No soy mucho de novelas río ni de películas río hasta que un día vences la pereza al frío ese que te da al entrar en contacto con el agua y, zas, te zambulles. He leído por ahí que se trata de una “bella y gran novela fracasada” y no sé si me parece injusto porque todavía voy por la página 400, porque no veo otro fracaso que el del trasfondo de la historia. Pero eso va en el guión y no en el proceso con el que se tejen los hilos de una novela con tantos personajes.

Me gusta, 400 páginas después, esa progresiva desintegración de la Inglaterra Victoriana, con sus casas de campo rodeadas de frondosos bosques propios y gente, mucha gente, haciendo farolillos y disfraces para representar El Sueño de una Noche de Verano una noche de ídem. Me encanta ese mundo aunque poco a poco el colorido se impregne de hollín o del blanco y negro de principios del siglo siguiente hasta llegar a la I Guerra Mundial, fin del libro y de tantas cosas. Y me gusta (porque lo estoy viendo venir) que la disolución de ese escenario general curse parecida al de las personas, principalmente al de la pérdida de la inocencia de los niños al hacerse mayores a golpe y por lo que suele pasar en estos casos: a golpe de golpes. Sigo en ello, en ella, en la novela. A ver qué pasa.

El mundo. Dónde iremos a parar. He levantado la vista de la novela esta noche, hace un rato, cuando he visto al siempre moderado y tranquilizador Iñaki Gabilondo en su rincón de la tele hablando de miedo, mucho miedo, y temor, mucho temor, y que en un abrir y cerrar de ojos hemos pasado a asumir que las cosas, tal y como las conocemos, van a cambiar de manera irreversible. Al final de la época Victoriana pasó lo mismo, la diferencia es que aquello ahora lo lees como en grabación antigua y no te pilla. La vida en directo, sin embargo, es lo que tiene, que no sabes qué va a pasar en la siguiente página y siempre hay riesgo de que el guión se emborrone de repente.

Mis sobrinos han empezado la tarea de restauración artística de la fachada del frigorífico. Los dibujos allí expuestos van a ser reemplazados por otros poco a poco como actividad de verano. Allá donde unos imanes sujetaban hasta ahora escenas de princesas, pulpos, hombres de nieve, retratos de la abuela y de los tíos, hadas y alguna que otra incursión en la abstracción, en breve se colocarán otras estampas. La primera, según he podido ver hoy, consiste en un sol, una mariposa y un oso sentado en el suelo. El oso sonríe mirando a cámara. Haremos inauguración.

A veces me acuerdo de una frase de James Barrie que dice “Dios nos dio la memoria para que pudiéramos tener rosas en diciembre” y me emociono un poco.