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Algo 25 mayo, 2010

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackback

Nada, oye, que me ha dado un bajoncillo de azúcar pero no pasa nada. Eso sí, media tableta de chocolate con leche que ha caído y nosecuántas galletas entre los temblores que dan en estos casos y el sudorcillo y el rollo ese. Y sí, tiene que haber sido un bajoncillo de azúcar por narices, es mejor convencerse o autoconvencerse entre galleta y pastilla de chocolate porque, si no, uno se convierte en un doctor House y por su cabeza empiezan a pasar posibilidades a cuál más desasosegante.

Motivos hay.

Por ejemplo: y ese dolorcillo en el costado izquierdo? El doctor House miraría con ese ojo medio exoftálmico que tiene y preguntaría a la manera de un detective: irradia hacia el brazo? Pues sí, irradia, respondería yo tragando saliva. Me mandaría hacer una punción porque en todos los capítulos hay que hacer una punción. Que yo sepa, nunca se ha visto hacer un electrocardiograma a un paciente en la serie. En serio. No será fotogénico, supongo.

Divago, sí. Pero es por el subidón de azúcar de la media tableta de chocolate tras el bajón. Así es la vida en todos los órdenes: subir y bajar. Suben y bajan las emociones, los ascensores, las acciones, el azúcar y hasta eso mismo que estamos pensando.

Sí, eso: el pito.

No creo en la gente. Hace tiempo que no. Creo en determinadas personas y aunque me doy entero he aprendido, tarde, vale, pero más vale tarde que nunca, a dejar un espacio a la posibilidad de recibir un golpe porque así somos todos y, por tanto, más vale prevenir. Todavía estoy en la fase de saber reponerme cuando eso ocurre pero es que voy con retraso en los asuntos prácticos de la vida cotidiana. Es difícil reponerse porque tampoco creo en las demás cosas a las que la gente se agarra en estos casos. No tengo un sentimiento religioso, no tengo pareja en la que refugiarme, no tengo trabajo que me de un rendimiento bancario de manera que pueda decir: me voy a la playa y me olvido de todo. No.

(Vaya, ahora que lo pienso, pues qué panorama)

Pero a lo que iba: hoy he leído en alguna parte que cuando algo o alguien malo te atiza no hay que pararse porque algo o alguien bueno está llegando. Qué estupidez. Si algo o alguien malo te atiza, ajo y agua, y eso con suerte, porque el refranero dice que las desgracias nunca vienen solas.

Nos engañamos, reconozcámoslo de una vez. Cada cual se refugia en un sueño raro, una construcción mental concreta, un dibujo de las cosas y las gentes y hasta de los lugares que ocupan y deben ocupar; vivimos una vida de ciencia-ficción. Nos fabricamos una película y nos metemos en ella y del marco de la pantalla ya no nos salimos. Yo sí. Yo salgo de la pantalla, como en “La rosa púrpura de El Cairo” y allí en la sala a oscuras me lo cuestiono todo, de tal forma que el sábado, después de comer, tuve un momento de confesión materno-filial que dejó a mi pobre madre en estado “no sabía yo que era para tanto” o ” no sabía yo que estábamos así, hijo”. Cuando mi madre te escucha y mientras te escucha tantea el sofá y coge el mando de la tele y la apaga o le quita el volumen, es que ha llegado un momento “no sabía yo que era para tanto” o “no sabía yo que estábamos así, hijo”. Pero yo tengo que ser sincero, eso lo primero, y después la tranquilizo diciendo que no hay nada nuevo, sino que es lo mismo pero más. Obviamente, me las arreglo para distendir el asunto de manera que la tele recupere la voz y, obviamente, no se me escapa que mi madre finge una tranquilidad que no es tal. Así somos los hijos y así son las madres.

Si yo tuviera dinero y autonomía física suficiente, me iría a un lugar lejano para que nadie pudiera hacerme daño. Mi punto débil es ese. No el dolor físico, sino el daño que no deja lesiones visibles en las radiografías ni desajustes en las analíticas o en los electros que nunca ordena hacer el doctor House aunque le digas que el dolorcillo del costado izquierdo irradia hacia el brazo. El doctor House miraría la tableta de chocolate que tienes en la mano y echaría mano a unas cuantas pastillas. Diría una gracia de guionista en vena y se marcharía cojeando para dar paso a los anuncios.

Nada tiene sentido, sólo hay destellos ocasionales de un todo que se esfuma muy rápido. Dices eso y tu madre baja el volumen de la tele dando paso a un momento “no sabía yo que era para tanto” o “no sabía yo que estábamos así, hijo”. Y es injusto que lo tenga que oir pero, sería justo hacerle creer en un hijo de piel artificial? Ahora, de todas formas, ya hemos hecho la digestión.