Poeta

Cuando el compositor Robert Schumann se trasladó a Dresde, en 1845, un amigo suyo le recibió con estas palabras: “qué buena noticia tenerle aquí; ahora podremos estar en silencio juntos”. Me encanta esa frase. Además, define muy bien la incapacidad de comunicación verbal de un hombre que, sin embargo, utilizó el lenguaje de la música como un lenguaje de signos mágico que le permitió hablar desde lo más profundo de sí mismo.

Se conmemora este año el bicentenario del nacimiento de Robert Schumann y no son de esperar grandes fastos. Hay compositores mediáticos y otros que no tanto. Schumann ya en vida perteneció a estos últimos, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que su música y su talento fueran menores. Que Schumann reinara en un mundo poético propio, al margen del romanticismo oficial, dice mucho de su originalidad y es una suerte para nosotros. Puede que Franz Liszt afirmara de su concierto para piano que era un concierto sin piano o que su propia mujer, Clara Schumann, virtuosa concertista, le pidiera por carta “componer por una vez una obra fácil de entender, una obra coherente y completa, sin títulos especiales, ni demasiado larga ni demasiado corta”. No importa. Son juicios de quienes creen en el talento de alguien que está ensimismado y ajeno a los requerimientos oficiales de la época. A Schumann lo encontramos siempre en su mundo de poeta recreando en la nada blanca del papel pautado sus recorridos por el bosque encantado, su fiesta de Carnaval y las historias fantásticas que se cuentan a la luz de la luna y se escuchan con oídos sobrecogidos; obras todas ellas de una fascinante originalidad, repletas de sorpresas, de guiños secretos, de acordes delicadísimos, de melodías luminosas y de pasajes umbríos. Si esta música estuvo lejos de la moda de salón desde luego está cerca de los corazones que nunca podrán quedarse impasibles ante la belleza que nos dejó como regalo.

La música de Schumann es alucinante y alucinada. La enfermedad mental se cebó sobre él de una manera cruel y su bipolaridad esquizoide se materializa, a lo largo de su producción, a través de dos figuras, dos alter ego que surgen de su poblado imaginario para convertirse en retratos intermitentes de sí mismo: Eusebius, el poeta melancólico, soñador e introvertido, y Florestán, el espíritu atormentado, arrebatado e inquieto. Schumann late en ellos en una sístole y diástole perpetua y a través de ellos, “siendo” en ellos, nos deja el legado de una música maravillosa, toda ella hecha misterio y sueños, de la que el poeta Gerardo Diego, rendido ante ella, confesó: “yo, arrebatado de desesperanzas/ música tuya adentro sigo y sigo/ y no sé si mis dedos –ay- la rozan”.

2 pensamientos en “Poeta

  1. Sergio

    sístole y diástole, inspiro y crezco hacia el sol, expiro y caigo en la noche.

    Ultimamente ya no nos pones música

  2. C.

    A veces se me olvidan algunos placeres de la vida, y ahí estás para recordármelos -y en este post son varios-. Gracias :)

    (me quedé sin pisar la casa de Bach, pero estuve en el caserón desde el que Schumann se trasladó a la ciudad donde le esperaba ese amigo para compartir silencios. Y no había nadie)

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