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Sombras 9 mayo, 2010

Escrito por emejota en : Varios , 8 comentarios , trackback

J.M. BarrieLa historia empieza así: hay dos hermanos, James y David Barrie. El primero es poquita cosa, tiene un cuerpo pequeño, cara de luna, no destaca en los estudios, no destaca en los deportes, es retraído y su salud se resiente con frecuencia. David es otra cosa: atractivo, brillante en los estudios, brillante en los deportes e ingenioso en la conversación. Ojo derecho de su madre, “el favorito”, como lo describe James, según podemos leer, en sus diarios, es una de esas personas que no pueden pasar desapercibidas.

Un día de invierno David sale con su trineo a jugar con la nieve. Regresa un par de horas después en brazos de un obrero, con el cuello roto. Muerto.

Hay un antes y un después en la vida de la madre de los hermanos Barrie. Hay un antes y un después en la vida de James Barrie porque se da cuenta de que además de haber perdido a su hermano también ha perdido a su madre. Una tarde de domingo, larga y aburrida, ocurre una cosa que marcará su existencia. La casa está en silencio y la madre, como de costumbre, está encerrada a oscuras en su dormitorio, fuera del mundo. El pequeño James quiere llamar su atención, quiere recordar a su madre que es madre suya también así que no duda en ponerse el traje de los domingos de su hermano muerto y con él se dirige al dormitorio, abre la puerta, y con el corazón a punto de estallarle en el pecho silba la canción que su hermano silbaba cada vez que volvía del colegio. James Barrie recordó toda su vida la agitación que se produjo en la oscuridad profunda de la habitación, el sonido de las sábanas y del cuerpo de su madre incorporándose rápidamente, los pasos apresurados y el violento abrazo. “¿Eres tú?”. Barrie siente que ese abrazo se debilita inmediatamente hasta extinguirse y la voz de su madre, súbitamente desencantada, dice con un hilo de voz mientras regresa a la cama: “Vete”. Cuando Barrie sale de esa habitación comprende, por primera vez, algo fundamental: los muertos no envejecen, siempre permanecen intactos en el recuerdo de los vivos. La consigna es clara: no crecer.

Ahí queda sembrada la semilla del mito que vendrá después, entrando en la habitación confortable, celoso del calor materno, persiguiendo a su mitad escindida, su sombra, reminiscencia quizá de aquella mitad suya que murió para siempre primero sobre un trineo, y en el transcurso de un abrazo, un domingo por la tarde, después.

Hoy hace 150 años que nació James Matthew Barrie. Escribió que “todos los niños crecen, excepto uno”. Y sabía lo que decía.