Archivo por meses: mayo 2010

Aniversario

La Idea del Norte cumple hoy cinco años.

Un quinto aniversario cuenta más que un cuarto, pero también más que un sexto. Los aniversarios que cuentan van, al parecer, de cinco en cinco. Cinco años son muchas palabras, eh? Y en esas palabras viajan muchas cosas. Es cierto que este blog tuvo un amago de infarto el año pasado y que, desde entonces, tengo la sensación de andar por los posts un poco comatoso. Es cierto igualmente que entonces se estableció una capa poco permeable entre lo que sucede fuera y lo que sucede dentro, aquí, en estos posts, y que, de esa manera, poco alimento y sustancia puede esperarse. Pero así fue. La razón? Emejota dejó de ser emejota para convertirse en Mariano. Alguna diferencia entre ambos? Ninguna. Pero emejota es el traductor de un Mariano que envidia algunas cosas del primero. Una cosa rara, lo sé, pero yo ya me entiendo. Qué hacer entonces ante una situación así y cuando se cumple una fecha como la de hoy. Pues seguir, porque Mariano ya hizo, deshizo, pensó, repensó, acertó y se equivocó allí fuera lo que tocaba, al menos por una temporada. Después viene una transición -lo están viendo, está pasando, como dirían en la CNN– y después necesitaré recuperar este alter ego que habla escribiendo mientras yo hablo y punto. Vamos, si lo sé yo.

Hay quien recaló en estas latitudes en los primeros compases y otros se incorporaron después. Junto al juego de crear con palabras, la comunicación y la interacción con ellos, conocernos y hacernos cómplices de esta aventura ha sido lo mejor. Muchas gracias, un año más.

Diario

Hoy he recibido un mail de Lindsay y Bob, he felicitado a la vecina por su cumpleaños por tres veces y tres medios distintos (me he ganado una tarta de chocolate), me ha llorado un ojo por el polen de los árboles, me he quedado mirando un rato la página 212 de un libro y hacia las ocho y media de la tarde he sacado una foto muy bonita a unas nubes que parecían venir de Londres; si no, no se explica ese color tan fascinante. También he recibido la confirmación de que voy a ser anfitrión por un par de días. Todo lo anterior (salvo lo de las lágrimas del ojo por el polen de los árboles), ha puesto una sonrisa al día.

Algo

Nada, oye, que me ha dado un bajoncillo de azúcar pero no pasa nada. Eso sí, media tableta de chocolate con leche que ha caído y nosecuántas galletas entre los temblores que dan en estos casos y el sudorcillo y el rollo ese. Y sí, tiene que haber sido un bajoncillo de azúcar por narices, es mejor convencerse o autoconvencerse entre galleta y pastilla de chocolate porque, si no, uno se convierte en un doctor House y por su cabeza empiezan a pasar posibilidades a cuál más desasosegante.

Motivos hay.

Por ejemplo: y ese dolorcillo en el costado izquierdo? El doctor House miraría con ese ojo medio exoftálmico que tiene y preguntaría a la manera de un detective: irradia hacia el brazo? Pues sí, irradia, respondería yo tragando saliva. Me mandaría hacer una punción porque en todos los capítulos hay que hacer una punción. Que yo sepa, nunca se ha visto hacer un electrocardiograma a un paciente en la serie. En serio. No será fotogénico, supongo.

Divago, sí. Pero es por el subidón de azúcar de la media tableta de chocolate tras el bajón. Así es la vida en todos los órdenes: subir y bajar. Suben y bajan las emociones, los ascensores, las acciones, el azúcar y hasta eso mismo que estamos pensando.

Sí, eso: el pito.

No creo en la gente. Hace tiempo que no. Creo en determinadas personas y aunque me doy entero he aprendido, tarde, vale, pero más vale tarde que nunca, a dejar un espacio a la posibilidad de recibir un golpe porque así somos todos y, por tanto, más vale prevenir. Todavía estoy en la fase de saber reponerme cuando eso ocurre pero es que voy con retraso en los asuntos prácticos de la vida cotidiana. Es difícil reponerse porque tampoco creo en las demás cosas a las que la gente se agarra en estos casos. No tengo un sentimiento religioso, no tengo pareja en la que refugiarme, no tengo trabajo que me de un rendimiento bancario de manera que pueda decir: me voy a la playa y me olvido de todo. No.

(Vaya, ahora que lo pienso, pues qué panorama)

Pero a lo que iba: hoy he leído en alguna parte que cuando algo o alguien malo te atiza no hay que pararse porque algo o alguien bueno está llegando. Qué estupidez. Si algo o alguien malo te atiza, ajo y agua, y eso con suerte, porque el refranero dice que las desgracias nunca vienen solas.

Nos engañamos, reconozcámoslo de una vez. Cada cual se refugia en un sueño raro, una construcción mental concreta, un dibujo de las cosas y las gentes y hasta de los lugares que ocupan y deben ocupar; vivimos una vida de ciencia-ficción. Nos fabricamos una película y nos metemos en ella y del marco de la pantalla ya no nos salimos. Yo sí. Yo salgo de la pantalla, como en “La rosa púrpura de El Cairo” y allí en la sala a oscuras me lo cuestiono todo, de tal forma que el sábado, después de comer, tuve un momento de confesión materno-filial que dejó a mi pobre madre en estado “no sabía yo que era para tanto” o ” no sabía yo que estábamos así, hijo”. Cuando mi madre te escucha y mientras te escucha tantea el sofá y coge el mando de la tele y la apaga o le quita el volumen, es que ha llegado un momento “no sabía yo que era para tanto” o “no sabía yo que estábamos así, hijo”. Pero yo tengo que ser sincero, eso lo primero, y después la tranquilizo diciendo que no hay nada nuevo, sino que es lo mismo pero más. Obviamente, me las arreglo para distendir el asunto de manera que la tele recupere la voz y, obviamente, no se me escapa que mi madre finge una tranquilidad que no es tal. Así somos los hijos y así son las madres.

Si yo tuviera dinero y autonomía física suficiente, me iría a un lugar lejano para que nadie pudiera hacerme daño. Mi punto débil es ese. No el dolor físico, sino el daño que no deja lesiones visibles en las radiografías ni desajustes en las analíticas o en los electros que nunca ordena hacer el doctor House aunque le digas que el dolorcillo del costado izquierdo irradia hacia el brazo. El doctor House miraría la tableta de chocolate que tienes en la mano y echaría mano a unas cuantas pastillas. Diría una gracia de guionista en vena y se marcharía cojeando para dar paso a los anuncios.

Nada tiene sentido, sólo hay destellos ocasionales de un todo que se esfuma muy rápido. Dices eso y tu madre baja el volumen de la tele dando paso a un momento “no sabía yo que era para tanto” o “no sabía yo que estábamos así, hijo”. Y es injusto que lo tenga que oir pero, sería justo hacerle creer en un hijo de piel artificial? Ahora, de todas formas, ya hemos hecho la digestión.

Lost

Last “Lost”.

En el momento en que tecleo estas líneas, medio planeta está contando los minutos que faltan para que este serial de seriales resuelva el complicado nudo de un enigma de seis años de duración. Los Dumas y Dickens, maestros del folletín, estarían muy complacidos de poder vivir en propia carne una experiencia semejante. En Tres Cantos, sede de Cuatro, la noche es movidita y no exenta de incertidumbres, así lo cuenta, lo está contando en directo en la red, Elena Sánchez, Directora de Contenidos de la cadena. Contra todo pronóstico, ABC/Disney dio el “sí” a emitir el episodio final conjuntamente vía satélite en directo. No es una medida para evitar la piratería. Se da por sentado desde hace tiempo que hay un segmento importante de las series que se consumen vía descarga. Es más: dime si me descargas y entonces seré para los jefes una serie a tener en cuenta. Así va la cosa. No es hoy esa la cuestión. La cuestión es el saber, el enterarse los primeros, el que no te lo cuenten, que han sido seis años de laberintos, coño. Acierto a comprender la emoción de ese ritual, gesto de fidelidad, homenaje y despedida. Para que sea posible hay que proceder a una operación delicada: hay treinta minutos para proceder al subtitulado del episodio final, de doble duración y sin publicidad, insertando en el vídeo el archivo digital que los contiene y que llegará a Madrid minutos antes de la emisión. Todo muy trasatlántico, muy globalizado, todo como muy acontecimiento NASA, ya se sabe, técnicos despiertos, movimientos en las salas de control de emisión, las preguntas de rigor: fallará la señal?, saldrá todo bien? y tal, todo muy galáctico…

Y yo perdido.

Quiero decir que me perdí en “Perdidos” a final de la primera temporada, ya ves, con lo serial que soy yo, pero así fue. Dije: nos encontraremos unas vacaciones de estas. Pero fueron pasando las vacaciones, aumentando los dvd´s encima de la mesa y nada. Así que formo parte de la población que no podemos abrir un periódico, ni escuchar una emisora (he tenido que apagar la SER durante la cena), ni echar un vistazo a Facebook, Twitter y ya verás mañana, porque será la cuestión más debatida.

No importa si mañana el euro se hunde para siempre. La gente está pendiente y dependiente del final de “Lost”, y es tal la maraña argumental que hay verdadero morbo por ver cómo se ventila el asunto. Habrá quien diga así se hace y habrá quien diga pues vaya timo, pero digan lo que digan, dirán, dejarán caer alusiones a cosas que a los que nos quedamos perdidos en la isla en la orilla del puzzle no nos sonarán de nada y, por eso mismo, ya nos fastidiará haberlo oído.

Los que nos perdimos en “Perdidos” estamos perdidos.

Poeta

Cuando el compositor Robert Schumann se trasladó a Dresde, en 1845, un amigo suyo le recibió con estas palabras: “qué buena noticia tenerle aquí; ahora podremos estar en silencio juntos”. Me encanta esa frase. Además, define muy bien la incapacidad de comunicación verbal de un hombre que, sin embargo, utilizó el lenguaje de la música como un lenguaje de signos mágico que le permitió hablar desde lo más profundo de sí mismo.

Se conmemora este año el bicentenario del nacimiento de Robert Schumann y no son de esperar grandes fastos. Hay compositores mediáticos y otros que no tanto. Schumann ya en vida perteneció a estos últimos, lo que no quiere decir, ni mucho menos, que su música y su talento fueran menores. Que Schumann reinara en un mundo poético propio, al margen del romanticismo oficial, dice mucho de su originalidad y es una suerte para nosotros. Puede que Franz Liszt afirmara de su concierto para piano que era un concierto sin piano o que su propia mujer, Clara Schumann, virtuosa concertista, le pidiera por carta “componer por una vez una obra fácil de entender, una obra coherente y completa, sin títulos especiales, ni demasiado larga ni demasiado corta”. No importa. Son juicios de quienes creen en el talento de alguien que está ensimismado y ajeno a los requerimientos oficiales de la época. A Schumann lo encontramos siempre en su mundo de poeta recreando en la nada blanca del papel pautado sus recorridos por el bosque encantado, su fiesta de Carnaval y las historias fantásticas que se cuentan a la luz de la luna y se escuchan con oídos sobrecogidos; obras todas ellas de una fascinante originalidad, repletas de sorpresas, de guiños secretos, de acordes delicadísimos, de melodías luminosas y de pasajes umbríos. Si esta música estuvo lejos de la moda de salón desde luego está cerca de los corazones que nunca podrán quedarse impasibles ante la belleza que nos dejó como regalo.

La música de Schumann es alucinante y alucinada. La enfermedad mental se cebó sobre él de una manera cruel y su bipolaridad esquizoide se materializa, a lo largo de su producción, a través de dos figuras, dos alter ego que surgen de su poblado imaginario para convertirse en retratos intermitentes de sí mismo: Eusebius, el poeta melancólico, soñador e introvertido, y Florestán, el espíritu atormentado, arrebatado e inquieto. Schumann late en ellos en una sístole y diástole perpetua y a través de ellos, “siendo” en ellos, nos deja el legado de una música maravillosa, toda ella hecha misterio y sueños, de la que el poeta Gerardo Diego, rendido ante ella, confesó: “yo, arrebatado de desesperanzas/ música tuya adentro sigo y sigo/ y no sé si mis dedos –ay- la rozan”.

Suceso

Me ha dolido mucho. Eso es lo que ha pasado estos días en los que el blog se quedó en blanco. Lo del dolor. Porque al blog a veces le ahorro disgustos y porque hay dolores, de esos para los que no hay medicinas prescritas, que anestesian las palabras, o producen un derrame en el torrente por el que fluyen las frases. Qué más da. Llegó, impactó y dolió. Eso es lo que pasó. Luego se hizo un silencio blanco. Y ahora llega la rehabilitación, que también duele cuando ejercitas el músculo de la voluntad y el que analiza la realidad de las cosas cuando ha estado unos días convaleciente. Más tarde volveremos a caminar, nunca se sabe sin con la mochila más llena o más ligera, porque cuando las cosas cambian nunca he sabido qué cuenta más: darte cuenta de las cosas que has perdido o de la experiencia adquirida. Me puedo tomar la tarde de descanso? No lanzo la pregunta al aire, me la pregunto a mí mismo sabiendo que lo voy a hacer a pesar de los quehaceres. Me sentaré con un libro en el regazo que no abriré, viendo a través de la ventana cómo se divierten el sol y el aire con las hojas de los árboles sin hacer caso de la gente que va y viene, y de los coches que vienen y van. En ocasiones pienso que hay tardes a las que solamente yo hago caso.

Sombras

J.M. BarrieLa historia empieza así: hay dos hermanos, James y David Barrie. El primero es poquita cosa, tiene un cuerpo pequeño, cara de luna, no destaca en los estudios, no destaca en los deportes, es retraído y su salud se resiente con frecuencia. David es otra cosa: atractivo, brillante en los estudios, brillante en los deportes e ingenioso en la conversación. Ojo derecho de su madre, “el favorito”, como lo describe James, según podemos leer, en sus diarios, es una de esas personas que no pueden pasar desapercibidas.

Un día de invierno David sale con su trineo a jugar con la nieve. Regresa un par de horas después en brazos de un obrero, con el cuello roto. Muerto.

Hay un antes y un después en la vida de la madre de los hermanos Barrie. Hay un antes y un después en la vida de James Barrie porque se da cuenta de que además de haber perdido a su hermano también ha perdido a su madre. Una tarde de domingo, larga y aburrida, ocurre una cosa que marcará su existencia. La casa está en silencio y la madre, como de costumbre, está encerrada a oscuras en su dormitorio, fuera del mundo. El pequeño James quiere llamar su atención, quiere recordar a su madre que es madre suya también así que no duda en ponerse el traje de los domingos de su hermano muerto y con él se dirige al dormitorio, abre la puerta, y con el corazón a punto de estallarle en el pecho silba la canción que su hermano silbaba cada vez que volvía del colegio. James Barrie recordó toda su vida la agitación que se produjo en la oscuridad profunda de la habitación, el sonido de las sábanas y del cuerpo de su madre incorporándose rápidamente, los pasos apresurados y el violento abrazo. “¿Eres tú?”. Barrie siente que ese abrazo se debilita inmediatamente hasta extinguirse y la voz de su madre, súbitamente desencantada, dice con un hilo de voz mientras regresa a la cama: “Vete”. Cuando Barrie sale de esa habitación comprende, por primera vez, algo fundamental: los muertos no envejecen, siempre permanecen intactos en el recuerdo de los vivos. La consigna es clara: no crecer.

Ahí queda sembrada la semilla del mito que vendrá después, entrando en la habitación confortable, celoso del calor materno, persiguiendo a su mitad escindida, su sombra, reminiscencia quizá de aquella mitad suya que murió para siempre primero sobre un trineo, y en el transcurso de un abrazo, un domingo por la tarde, después.

Hoy hace 150 años que nació James Matthew Barrie. Escribió que “todos los niños crecen, excepto uno”. Y sabía lo que decía.

Colaboración

Me han pedido volver a colaborar en una publicación semanal local donde escribí mi primer artículo a los 17 años. Era algo sobre James Bond.

(Sí, qué pasa)

Pasaron varios años (pero varios varios) y seguí haciéndolo, no sobre Bond, claro, sino sobre muchas otras cosas, las últimas ya bajo el tejado del nombre “La Idea del Norte”. Un día lo dejé y unos cuantos folios en blanco después empecé a escribir este blog. Ahora la cinta se rebobina y vuelvo a esas páginas pero la historia es distinta. La historia, ahora, empieza reconociendo que llevo desde el invierno prometiendo un primer artículo que no llegará hasta que, al terminar este post, lo mande por correo electrónico, con nocturnidad de mayo.

Acaso he dado largas por pereza? No.

(Bueno, en parte sí)

Pero la razón principal de la pereza ha sido que tras tantas decenas de artículos en ese medio he podido comprobar que un millar largo de posts me lo han puesto muy difícil. Es decir, que me he acostumbrado a escribir en un estilo no apto para una columna, por muy personal que sea dicha columna. Pero el blog fue formando un estilo con un lenguaje coloquial, con sus giros orales, y una cierta relajación de los cánones establecidos que aquí me vienen muy bien porque me ayudan a decir y a decirme, y que allá no pegan. Ni con el medio, ni con el perfil del lector ni conmigo mismo cuando me convierto en columna sobre un anuncio publicitario de algo.

Además, he tenido que volver a la esclavitud de las mediciones del terreno: 2597 caracteres, espacios incluídos, cifra que me tiene del todo perplejo después de haberla dejado en 2445 porque ya estaba hasta el gorro tras haber podado, primero, e injertado, después. 2597 es un número muy raro de caracteres aunque incluya los espacios y me hace sentir encorsetado, como si tuviera que escribir sin salirme de la fila.

Quizá por eso he cogido uno de los libros de un post, que no de la estantería, y le he quitado algunas páginas (entiéndase la metáfora) para encuadernarlo de nuevo. Es que no me salía otra cosa en un lenguaje distinto al que estos cinco años (ya estoy preparando las velas, que se cumplen a finales de este mes) me han acostumbrado. A ver si va a resultar que de las próximas colaboraciones semanales empiezan a salirme aquí posts con politono de artículo de periódico, con su titular, su entradilla y demás. Y no. Así que me da que voy a durar poco en ese retorno que, por otra parte y como podemos imaginar, no es retribuído porque habla de asuntos culturales. Si preguntas al que se encarga de la sección de deportes seguro que cobra. Algún día, ese podría ser tema para un artículo, por cierto.

Diferido

Este post iba ayer, así que a la fecha que pone arriba hay que sumarle un día. Es un post en diferido. No lo escribí en su momento porque total, no era nada. O lo parecía. Hoy ya me parece algo, en realidad me parece bastante. Lo que iba a poner ayer aunque lo escriba hoy es:

Y de repente, algo te hace abrir los ojos. Y comprendes que el corazón también parpadea,

y ve,

y te habla.