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Culpa 23 abril, 2010

Escrito por emejota en : Libros , 9 comentarios , trackback

El buen ladrónHay libros que son una agradable sorpresa por sí mismos y que, además, traen consigo algún personaje inolvidable. Tal es el caso aquí de un personaje secundario que, sin pretenderlo, roba momentáneamente el protagonismo en este libro sobre robos, culpas y disculpas, para quedarse con el favor del lector. Es la señora Sands. La señora Sands abre la puerta de su pensión en la página 119 de la edición española de este libro, “El buen ladrón”, y aparece severa ella, delgada, mayor, la línea de los labios muy fina, malhumorada, disciplinada, hablando ASÍ y no así, y diciendo cosas como DIOS ESTÁ DEMASIADO OCUPADO PARA ANDAR POR AHÍ CASTIGANDO CHIQUILLOS porque está un poco sorda, es muy generala y por eso habla en mayúsculas.

Habla en mayúsculas en general y en esta última frase en particular porque tiene razón, ella que lo dice todo tan tiesa y tan recta, la espalda y la moral, disimulando un corazón que sospechamos que está herido y que es blando y cálido. Dios está demasiado ocupado para andar por ahí castigando chiquillos, eso dice la señora Sands mientras golpea la masa de harina que da gusto verla en un día lluvioso en un lugar de la américa profunda del siglo XIX. Lo dice porque Ren, el chiquillo protagonista de este libro, ha perdido una mano en un accidente que no puede recordar porque viene de cuando uno no tiene memoria ni palabras para expresar las cosas, y allí Dios desde luego no pintó nada porque ni hizo ni deshizo la calamidad.

El castigo, el remordimiento, la culpa y el pecado están muy presentes en la mente y las acciones de este chiquillo manco que ha pasado toda su vida de doce años en el sombrío orfanato de Saint Anthony donde los chicos rezan rosarios y leen los milagros de San Antonio. A Ren, que un día saldrá de allí reclamado por un familiar y no precisamente para ser llevado a un hogar confortable sino para embarcarse en una odisea truculenta, le pesa la culpa en esa nueva vida suya en la que tiene que robar y ver robar y rodearse de ladrones que excavan tumbas en la noche de los cementerios para sacar a los muertos los anillos y las dentaduras de oro. La señora Sands no es tonta y sabemos que cuando lo sacude en realidad lo achucha, hay mimos fugaces, pero eso no quita para que vaya pasando lo que tiene que pasar en este libro de aventuras tan estimable, ópera prima de Hannah Tinti.

A este libro lo que le hace un flaco favor es la fajita promocional, que reclama (mal) la atención del potencial comprador hablando de una historia “a lo Harry Potter” en un mundo “a lo Tim Burton”. Ni atisbos de lo uno ni falta que hace de lo otro. Empieza a haber críticos literarios que parecen desconocer el espíritu aventurero clásico, el del folletín decimonónico, el de las peripecias y los peligros, la acción, el de las hazañas y las oscuridades de la miseria social de un mundo en el que empiezan a abrir fábricas de hierro y proliferan callejuelas de casuchas de mala muerte donde se hacinan las criaturas entre el barro y unos padres de taberna.

En “El buen ladrón” hay conventos y tabernas, padrenuestros y blasfemias, cementerios, barro, noches sin luna, angustias, peligros, chimeneas por las que se trepa, despensas arrasadas, una chica con labio leporino y un chico sin mano, un gigante y un enano, y así una lista de ingredientes que todavía es más larga y que, bien cocinados, dan una aventura de las de leer bien arrebujados en el sofá, al amparo del frío y de la lluvia que cae dentro, en muchas de sus páginas.