Música

Encima de la banqueta del piano han ido acumulándose, apilados en dos montones, libros de partituras y sin partituras, un paquete de folios, folios sin paquete, billetes viejos de tren que me llevaron de aquí para allá, el Cahiers de Rohmer, que pillé en una estación, unos cuantos sobres regalos para introducir dvd´s o libros de la última campaña de Navidad de la Fnac que sobraron, una edición rara de Alicia, cuadernos pautados de apuntes musicales, un algo sobre Leonardo, hojas sueltas de periódico de artículos que me llamaron la atención y ahora no sé cuáles eran, sobres con fotos de tamaño grande (se desecharon pero las conservo de recuerdo), la autobiografía de Errol Fynn (qué tío el Errol) y una lata de cd´s. Todo eso (y hasta una camiseta publicitaria en su bolsa de plástico!)

Lo anterior viene a demostrar que llevo mucho tiempo sin sentarme a tocar el piano, obviamente. Pero hoy he apartado uno de los montones porque tenía que preparar una clase para mañana y la clase gira alrededor de una obra de Bach para laúd, la Suite BWV 997, y no tengo laúd ni guitarra, y aunque tuviera no sabría tocarlas. Toco el piano. Ocurre con Bach una cosa curiosa: puedo escucharlo con solo leerlo porque lo que encuentro me resulta, desde chaval, un territorio sonoro familiar y porque mi pensamiento musical es lineal y sigue el trazado de su contrapunto y la síntesis vertical de su armonía sin problemas. Con Beethoven, sin embargo, me siento bastante sordo en ocasiones. No es un chiste fácil, es la pura verdad.

Pero lo más curioso de todo es que Beethoven, al que escucho de lejos en el papel, no suele llamarme al piano para dejar las cosas claras mientras que Bach, al que sí escucho sin necesidad de instrumento, me lleva a él como un imán. La explicación es que a Bach necesito sentirlo en el tacto para que la experiencia sonora tenga un extra placentero que se extiende por todo el cuerpo. Quizá por eso mi memoria no emborrona las obras de Bach, porque las ha registrado codificadas en lenguaje táctil y musical.

Por la experiencia, siempre tan atractiva y atrayente, y por la preparación de la clase, me he hecho sitio en la banqueta y me he puesto a tocar la Fuga de esta Suite que las manos deberían hacer vibrar en las cuerdas de un laúd. Lo que ha sucedido es, de nuevo, que nada más empezar a leer y transmitir la lectura a los dedos me he encontrado en un paraje sonoro familiar en el que, aunque hay cosas que te anuncian dónde irán a parar tras su feliz periplo resbalando y entrechocando entre retardos, disonancias y consonancias, otras se presentan como una estimulante novedad. Conmueve una y otra vez la meticulosidad de este hombre en el trazo de unas líneas cuya impecable perfección siempre, siempre, está al servicio de la emoción más profunda. He sido testigo de ello, una vez más.

3 pensamientos en “Música

  1. C.

    Ya sabes que a mí me chifla, con esas mallas verdes y esa melenilla. Que fuera un vividor sin escrúpulos -o poquitos- le da más chicha a las memorias, que me pasarás, por favor.
    Por cierto, hace poco he terminado una biografía de Óscar Wilde, imaginarás que también tiene su morbo, qué tío.

    Bueno, al post. Ya sabes que yo no leo casi ni las redondas, pero tu último párrafo da perfecta cuenta de cómo puede ser también escuchar a Bach: uno intuye hacia dónde se le lleva, que llegará en su momento sin curvas abruptas de las que sacuden con violencia, pero siempre hay alguno o varios quiebros que, ay, producen un pequeño vértigo.

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