Espacios 6 abril, 2010
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentarios , trackbackPeriódicamente, entro en casa y no encuentro la manera de salir de ella.
Es como lo de la pelÃcula de Buñuel, parecido, pero en realidad es herencia de abuela, la del blog, que se metÃa en su casa y pasaba las tardes tan entretenida en mil rincones haciendo dos mil cosas repetidas, seguramente, unas tres mil veces. Lo mÃo es un poco distinto. A mi de pronto me da por no encontrar la puerta de salida y entonces me pongo a leer una novela con la luz de ámbar en las paredes, o a ver el árbol en la hora de la tarde en que el sol le pone la luz perfecta, o escribo desde un ordenador puesto en tal mesa o veo una pelÃcula con nocturnidad y alevosÃa.
Qué se yo.
Pero una casa puede tener muchos espacios distintos, que no distantes, donde ubicar actividades múltiples, cada una en su lugar propio, y con el sentimiento placentero de hacerlo a refugio, al otro lado del tabique del mundo, sintiéndote el relleno de un paréntesis que empieza un dÃa y terminará otro, cuándo, no se sabe, cuatro dÃas, medio verano, dos semanas.
Depende.
En la vida todo depende de muchos factores. Depende es una palabra clave. Sin esa palabra en el diccionario, la vida serÃa muy rÃgida.
Hoy he salido de este paréntesis a cenar a casa de Anamari pero no sé si puede considerarse un final de ciclo en cuanto a estos episodios excluyentes y recluyentes (recluyentes de reclusión, especifico porque no viene en el diccionario, el diccionario tiene lapsus) porque ha sido como cambiar de habitación, es como seguir en casa. Asà que creo que no vale. Por la familiaridad y por la duración, una cosa breve.
No sé si mañana tocará encontrar la puerta de salida o si todavÃa no habrá llegado el momento. Es un misterio esto de los momentos. Puede parecer fácil establecer el momento de inicio uno de estos episodios en los que te escondes del mundo para habitar tu propio mundo pero no lo es. Lo dice alguien con una experiencia que se remonta a la más tierna infancia, en las convalecencias de las anginas. Pero más difÃcil es todavÃa establecer el motivo o motivos que llevan a que, de pronto, un dÃa des con la puerta que te lleva al ascensor. Dentro a veces hay un mundo más grande que el mundo de fuera y puedes encontrar grandes espacios para pensar, o escuchar a Schumann, o estudiar o volver a pensar. Y te va creciendo la barba como si fueras un Robinsón en una isla remota. Y estás triste y estás tranquilo y no estás. Y no están. Y ya está.
DecÃa Gerardo Diego en su Soneto a Robert Schumann que “yo, arrebatado de desesperanzas, música tuya adentro sigo y sigo pero no sé si mis dedos -ay- la rozan”. Algo asà me está pasando en estas tardes azules al adentrarme en las Escenas del Bosque de este hombre, con sus rincones umbrÃos, sus flores solitarias, el misterio de sus senderos y ese silencio confortable que lo es por la música y no porque la música falte.