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Efectos 15 marzo, 2010

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackback

Escribo bajo los efectos del Frenadol, lo que explicará esta morriña, esta languidez, este qué se yo. Claro que también puede explicar estos efectos, o sumarse a ellos, lo que estoy escuchando a través de los auriculares, haciendo sonoro el silencio nocturno que envuelve el piso, el edificio, la calle y lo de más allá. Más allá es la estación del tren, por ejemplo.

Ahora el Frenadol viene en cápsulas y eso supone un notable avance porque nos libra de su sabor repugnante. No nos libra del mal, sin embargo, manifestado esta vez en algo con epicentro en la garganta y que, mira qué cosa más curiosa, según pasaban las horas del día de hoy ha dudado entre bajar por el pecho o subir a la nariz a moquear un poco. Yo, a mitad del camino, me he dedicado a dejarme caer en el sofá esta tarde tras haber hecho un par de recados que no podían esperar y comprobar que hoy sí, la tarde era de la primavera. Se notaba en la luz, en los colores y en el aire. Pero me dolía todo el cuerpo así que he recalado en casa y me he tumbado en el sofá con vistas a la tarde que quedaba la mar de bien encuadrada por el balcón y mis pensamientos han fluído bajo la influencia letárgica del Frenadol.

Creo que la culpa de este estado la tuvo el paseo del otro día. Salía todo ufano y ligero de equipaje a emular a Charles Dickens, que hacía varias millas diarias a toda marcha cuando me topé con Camino, Fabiola y Fefa, y la una me dio un beso y me dijo que vas muy fresco y la otra me dio un beso y me dijo vamos a ver si nos ponemos el gorro de esa sudadera por lo menos y la otra me puso el gorro, me dio el beso y luego las tres me dejaron en actitud manufacturada, no sé cómo explicarlo, y allí que me quedé con la cara besada y el gorro puesto y un a ver cuándo tardamos en quitarnos el gorro que se escuchaba desde atrás, porque era lo que decían Camino, Fabiola y Fefa yéndose adonde fuera mientras yo me quedaba escuchando la hipnótica voz de Corinne Bailey seduciendo los sentidos a través de los auriculares. Al doblar la esquina, me quité el gorro de la sudadera y puse marcha dickensiana a 5 km con el viento norte, el sol decayendo y el moquiteo asomando a mitad de trayecto.

Es por eso que deduzco que de aquellos mocos, esta tarde de sofá y habitación iluminada por un sol de ámbar y un azul de jardín, porque hay azules de jardín y surtidor y nostalgias, lo prometo (para qué detenernos en explicaciones), vislumbrándose tras la cortina. Las cosas perdidas debieron extraviarse en los rincones de los atardeceres de primavera y a veces yo pienso un poco en ello, como quien visita un santuario en silencio y después paso a otra cosa, como comer una manzana verde, sentir los efectos del Frenadol y echar en falta ciertos afectos que vienen a la memoria desde 1995 lo menos, obviando a continuación todo lo que no sea la plena toma de conciencia del paso de los minutos mientras la tarde se cierra en un silencioso eclipse.