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Ventanas 8 marzo, 2010

Escrito por emejota en : Cine , 11 comentarios , trackback

AvatarTodo territorio de fantasía tiene un peaje y una puerta de entrada. Para que Alicia entrara al País de las Maravillas necesitó comer y beber (no sabemos qué contenía exactamente lo que comió y bebió) y para que los niños Darling salieran volando por la ventana que a su vez era la entrada al País de Nunca Jamás recibieron unos polvos mágicos (no sabemos si por fuera o por vía nasal). Lo uno y lo otro harían arrugar la nariz a la liga de la neurosis imperante que se encarga por velar de lo políticamente correcto. No es el tema. Sigo. Para entrar en Pandora, última maravilla territorial de los sueños, necesitas unas gafas que te entregan al comprar la entrada del cine. En la entrada no pone Cómeme ni Bébeme, eso lo sugieren por sí mismas las palomitas y la Pepsi pero una vez recibes la invitación para ponerte las gafas

(llenas de roña, por cierto)

la pantalla se convierte literalmente en una ventana abierta. No hay más que dirigir la vista hacia las esquinas de la misma y uno siente un cierto vértigo. Ganas dan de estirar el brazo en el convencimiento de que allá no vas a tocar material alguno, sino que vas a traspasar el muro blanco que allí había hasta que las luces se han apagado y podrás entrar allá, en el deslumbrante mundo de Pandora.

No es por llevar la contraria, pero oído una y otra vez que mucho ruido y pocas nueces, expresión que traducida aquí viene a decir que mucho mundo maravilloso pero una historia de lo más flojito y convencional, me atrevería a recordar que las fantasmagorías de Méliès se cimentaban en la propia materialización ante los ojos de un escenario teóricamente imposible y bastaba y sobraba. El cine, antes de servir como vehículo a la expresión dramática, era eso: sueño, magia, oh, ah. Y se encendían las luces. Si tenemos en cuenta eso, qué más da que este Méliès megalómano de los USA haya hecho de la historia el colmo de lo trillado y lo facilón, los buenos contra los malos, los militares de cabeza cuadrada contra el ecologismo de la madre tierra, las energías que todo lo unen y el ohmm, ohmm y tal.

Qué más da.

Le pediríamos y le pedimos, aunque ni falta hizo, un guión con todas las dimensiones psicológicas a un Rohmer y con todas las costuras bien cosidas por punzadas de ingenio a los Diamond y demás, pero aquí las dimensiones, tres, de este NeverLand de seres azules y de cosas increíbles cumplen a la perfección su afán de espectáculo alucinante y alucinógeno, con esas hojitas de árboles y pólenes diversos que uno “ve” flotar entre algún lugar impreciso del patio de butacas y de otro lugar más al fondo que, a su vez, se pierde en el infinito.

Cada cierto tiempo, una puerta te incita a cruzar el umbral que te llevará al territorio donde se alucina un rato y donde no te preguntas (es el hechizo el responsable, seguro) cómo es posible que cupiera tanta gente en la bala cohete que impactó contra el ojo de merengue de la Luna llena de Méliès; es más, ni siquiera te preguntas cómo ese señor viejecito que agita el bastón pudo bajar tan ufano del proyectil tras la odisea gravitatoria y sin que sus pantalones del domingo recibieran ni un así del merengue ocular. Y pasando tantas cosas y tan asombrosas, no pasa nada.

Pasatiempos 8 marzo, 2010

Escrito por emejota en : Asuntos propios , Añade un comentario , trackback

Estoy haciendo un crucigrama con mi sobrina, que hoy no ha ido al cole porque ha estado pachucha. Es un crucigrama sobre frutas. En realidad, no es un crucigrama, pero ella lo llama así. Un crucigrama infantil parece cosa fácil pero a veces hay que hacer trampa y poner la hoja boca abajo para ver la solución. Por qué? Porque hay frutas que no son infantiles, eso primero. Y porque los dibujos que acompañan al crucigrama para echar una mano a veces despistan mogollón. Por ejemplo: arándanos. Eso no es una fruta infantil; de hecho, dudo hasta que sea una fruta pero si lo dice el crucigrama, pues será. Si además el dibujo que lo acompaña es algo que, según, parece un conjunto de uvas negras y según, parece un trozo de turrón de chocolate Suchard, con sus grumos de arroz, pues no hay otra que hacer trampa y volcar la página para ver la palabra que entorpece una labor que, por otra parte, Isabel resuelve con velocidad y sin dudar. Isabel es rápida en cazar las palabras, o en adivinarlas, y metódica a la hora de hacer los pasatiempos: tacha las definiciones que ya ha resuelto y hace las cosas en orden. Cuando duda, prefiere mirar un rato la pantalla del Disney Channel antes de preguntarme y aunque en el Disney Channel salen unos dibujos animados ocupados en salir de una gruta misteriosa, parece como si allí obtuviera Isabel la respuesta porque vuelve a empuñar el boli con seguridad y escribe letras mayúsculas en las casillas correspondientes. Eso estamos haciendo mientras esperamos la hora de la comida. Hay arroz, creo.