Tocho 16 febrero, 2010
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios , trackbackBien, pasemos página y prosigamos.
Hay que buscarse la vida. Sudor, esfuerzo, sÃ, lo que quieras, pero que reporte pasta rápida, que uno ya es mayor. Una solución posible que además tiene la dosis lúdica necesaria: escribir un tocho de unos 6 u 8 cm de grueso con mezcla de vampiros, hormonas adolescentes, prosa del SuperPop, polvos mágicos y de los otros, algún gemido de terror, algún gemido orgásmico, oseas, monjas dándose mamporros por aquello de que tenga algo de autobiográfico, alguna cita a Karmele Marchante por aquello de contar con una referencia culta, que sea ante todo previsible, que tenga muchos puntos y aparte para que la vista no se fatigue, que tenga amnesia de los punto y coma y ahorre vocabulario y, por supuesto, que vaya firmado con una identidad falsa. No por avergonzarme del asunto, no, sino para poder darme el placer de pasar por una librerÃa, mirarlo con displicencia, dejar caer el comentario de esto será una mierda, no? y que el librero me responda pues sà y me pueda ir tan contento sabiendo que será una mierda, pero una mierda lucrativa.
Tengo que pensar un argumento, sÃ.
Pienso muchas veces que tengo que pensar un argumento, la verdad, pero es que no me sale. De verdad que no. Mientras tanto, llueve y hay una capa de niebla a media altura que pinta muy bien para regalarme a mà mismo la tarde entera y zambullirme en otro tocho que por la página 526 ya te ha llevado varias veces por el Londres victoriano, con los nombres de sus calles, sus olores rancios, sus adoquines brillantes por la lluvia, los faroles de luz de gas flotando sobre la niebla, los caballeros con capa, los clubs con alfombra, pipa y biblioteca, las tabernas. Todo eso. Cuánto me gusta a mà pasear por las páginas de ese Londres. Siempre he pensado que debà tener alguna ascendencia residiendo allÃ, tal es la familiaridad con la que lo vivo. Si encima te regalan frases como la de que oscuras nubes resbalan por los tejados, y nieva al caer la tarde mientras adentro, da igual dónde sea adentro, crepita el fuego de una chimenea, pues mejor. Te hace más llevaderas las páginas precedentes de este libro tibio que si lo compras allà se titula “Drood” y si lo compras aquà se titula “La soledad de Charles Dickens” y es un folletÃn de cuidado, pero en el que vuelve a salir ese Londres que me gusta y que tanto le va a esta tarde de lluvia y niebla flotante, ni muy arriba ni muy abajo, azulada, un poco fantasmal. Leerlo en silencio, con el clas clas de la lluvia, la lámpara al lado, sintiéndote fuera del mundo por unas horas después de haber estado tanto y tanto tiempo dentro de otro mundo folletinesco pero sin Londres de adoquines y faroles, pues apetece.
Qué pasa.
Pero deberÃa empezar a pensar en el argumento de un tocho, una novela lo suficientemente disparatada y mala, una mierda de novela tal que, a priori, pinte bien. Es que me gustarÃa jubilarme para poder irme a Finlandia o a Escocia, no sé, un sitio donde el verano tenga nombre suave y ocupe poco espacio y pueda dedicarme a la vida contemplativa. Qué contemplarÃa, pues no lo sé. Desde luego, no contemplarÃa tener la cuenta del banco en números rojos.
De todos modos, antes tengo que contarle a este blog muchas cosas.