Archivo por meses: febrero 2010

Moon

MoonDónde estaba yo la noche del sábado al domingo? A muchos kilómetros de altura sobre la ciclogénesis explosiva que nos visitó el fin de semana: en la cara oculta de la Luna, buen refugio para visionar una película sobre cuya superficie se había posado la curiosidad unas semanas atrás, “Moon” (2009), de Duncan Jones. Moon es una película de ciencia ficción indie y eso la posibilita contar lo que cuenta, hacerlo de la manera que lo hace y resultar confortable. Aquí no hay aparatosas invasiones del pabellón auditivo con armas surround ni alienígenas renderizados pero tampoco sesudas reflexiones sobre la levedad del ser en la ingravidez del cosmos. Lo que hay es una cosa sencilla, en la puesta en escena y en lo que la puebla, una historia con gancho suficiente para no importarte que al fondo, o en el trasfondo, queden unas dudas razonables sobre su propio sustento o viabilidad, que está eficazmente contada (no es poco), que posee una banda sonora tan económica como eficiente y una serie de guiños con afán de homenaje hecho con simpatía (de la mastodóntica y sobria elegancia del ojo orwelliano de HAL 9000 a este robot que se expresa mediante emoticonos amarillos hay mucho polvo de estrellas glamurosas esparcido por el espacio sideral), además de contar con un único habitante lunar, el astronauta Sam Bell (Sam Rockwell) del que no se puede decir más si no has visto la película, aunque ahora que releo las palabras precendentes, es como si hubiera dicho lo de oro parece plata no es con la tranquilidad de que nadie me va a reprochar cosas a lo vaya, tenía que decirlo o vaya, no se podía morder la lengua, no; al contrario, quizá la curiosidad ajena se plantee entonces alunizar en el disco que contiene esta película que cayó simpática en algún festival y es comprensible. El viaje es recomendable.

Archivos

…vivo en un mundo de recuerdos y personajes extraños y cercanos que tú me cuentas. Es como adornar un bosque y escribir esas frágiles piezas de papel sobre las ramas para que las alumbre el sol y la penumbra que asola nuestras vidas de madrugada. Es como construir un cuento, o una isla, o un poema, o un pentagrama, o una carta, o un telegrama, y adornarlo con cada uno de sus misterios. Con cada uno de tus misterios. Y todo eso ayuda a no pensar que al otro lado la vida se me escapa…”

Este blog recibió esta carta el 25 de Octubre de 2006.

Espejo

David CastilloPasé el fin de semana en Madrid invitado por David y su familia y la experiencia fue muy reconfortante. Hubo tiempo para muchas cosas. Muchas cosas es relajarte frente al acuario al que David dedica tantas y tan minuciosas atenciones, contemplar el Guernica de Picasso en el Reina Sofía mientras afuera caen chuzos de punta, comer un pollo exquisito y tener una conversación tranquila en la buhardilla y así hasta que llega el domingo por la tarde y se acerca la hora de salida del tren. También es visionar por primera vez “@wendy”. Estreno. Lo habíamos pactado entre los dos en los tiempos de los ensayos, allá en el verano pasado: que veríamos el resultado los dos juntos, a solas, y luego haríamos un pase para la familia. Es lo lógico cuando el trabajo fue un mano a mano concienzudo. En el trayecto en tren hubo un par de veces que dirigí la vista hacia la mochila donde llevaba el disco duro que contenía el corto y me hice preguntas, claro, como por ejemplo cuándo sería el instante.

El instante fue pasada la media tarde del sábado, frente al monitor, en la habitación a oscuras, como dice Leopoldo Panero en unas letras de 1968: Peter Pan es sólo un nombre, un nombre para pronunciar a solas, con voz queda, en la habitación a oscuras. Reviví de una manera muy directa aquellos ensayos del verano en los instantes previos a visionar el resultado de todo ese trabajo, David a mi derecha, yo a su izquierda, ambos frente al monitor y ambos con una inquietud cómplice. Me costará olvidar la imagen de David viéndose a sí mismo, mirándose en un espejo en el que la imagen reflejada llegaba con unos meses de diferencia, hacia atrás o hacia adelante en el tiempo, según fuera el lado que mirases.

Al otro lado del espejo, David decía sus frases una tarde de septiembre que la cámara, que todo lo inventa, registró como si de una madrugada a la luz de la luna se tratara; en este lado del espejo, David movía los labios sin darse cuenta en un curioso playback silente que reproducía fielmente lo que él mismo hablaba en la pantalla. Mientras lo hacía, unas lágrimas le resbalaban por la mejilla y yo me preguntaba qué razones llevan a la memoria para conservar intactas 740 palabras. El fundido en negro final puso una luz en alguna parte de los dos después de compartir unos segundos de silencio, un abrazo que anunciaba y celebraba la llegada a la meta y un intercambio de impresiones posterior que, según observé, transcurrió en un tono casi susurrante. Luego hicimos el pase para la familia, sentados ellos, quedándonos de pie en la retaguardia nosotros, y nueve minutos y veintiún segundos después los abrazos, las sonrisas y las emociones se hicieron plurales. Ahora ya lo podrá ver quien quiera y decir lo que quiera al respecto. Para nosotros, “@wendy” tiene un significado particular y creo que compartimos la sensación de que el destino lo dispuso todo para que coincidiéramos porque nos teníamos que encontrar. Encontrarse en el poema de la pérdida que es “@wendy” no deja de ser curioso. Mirar en el espejo del otro devuelve una imagen nítida de uno mismo. Eso es lo que aprendes cuanto estudias el guión.

Historial

Y los médicos? Qué pasa con los médicos que no salen por aquí?

Pues no salen porque no están, no hay médicos, no ha habido tiempo ni para eso. Pero debería retomar el contacto, a mi pesar. Volveré al redil del pasillo infinito del hospital en la próxima citación, qué remedio. Lo he pensado y decidido hoy en el tren que me traía de regreso de un día de asueto en Zaragoza (asueto pasado por agua y alguna rebajilla que ha caído aparte del agua pero asueto a fin de cuentas). En el tren, a media tarde, un universitario se ha sentado al otro lado del pasillo y una fila más adelante de la mía, lo que me ha permitido ver cómo sacaba de la bolsa de viaje un libraco recién horneado de esos de encuadernación cosida a la antigua y cubiertas de piel (igualmente antigua la cubierta, como antigua la tipografía y el diseño -escueto- de la portada).  Se diría que era un libro de los que los abogados tienen en sus despachos, pereza de libros esos,  si no fuera porque el ojo ha visto, ajá, que se trataba de un libro de medicina, Patología General. Si no era patología, general desde luego que sí que era. He alzado la ceja ante tan voluminoso pedazo de libraco pensando en la de patologías generales que hay; de las puntuales ya ni te cuento.

El chico ha abierto el libro por una página cualquiera con la curiosidad de quien dice: lo tengo al fin o, quizá, madre mía dónde me he metido. Y es que cuando de patologías generales se trata es lo que pasa: que se requieren pruebas que nos conduzcan a un diagnóstico puntual. En eso estaba yo (y el tren, que ha ido a la hora todo el rato) cuando, así, a ojo, el papel del libro, su grosor y su blancura han dado un resultado como de bata blanca, esto es, marcando distancias. El tipo de papel y su blancura es importante como soporte de la historia (y del historial). Uno no podría leer La Isla del Tesoro en ese papel. Jamás. Ahora, ilustrarse sobre una pancreatitis no digo que no. El chaval se ha detenido en un párrafo de página izquierda. Con la mano derecha mantenia el libro abierto sobre la mesita desplegable del respaldo del asiento delantero. Con la izquierda hacía unos movimientos sobre la barbilla con una concentración y una parsimonia no muy propias de un veinteañero, la verdad, pero es normal que una patología general tan voluminosa te espabile antes. Algo interesante o misterioso o ambas cosas a la vez debía contener el párrafo en cuestión porque, sin dejar de tocarse la barbilla, ha girado la cabeza mirando sin mirar a través de la ventana de mi lado con expresión de antibiótico y se ha quedado pensativo un rato.

¿Puede figurar lo mío en un manual de Patología General? Seguramente. Pero, y qué dirá? Describirá pero no llegará a conclusiones. Dirá algo sobre el elixir 2.0? No lo sé pero no importa; si hace falta, ya lo digo yo. Los efectos deseados del elixir 2.0 siguen disminuyendo mientras los no deseados siguen aumentando. En ambos casos, en el descendente y en el ascendente, lo hace a poquitos. Pero como diría la Maura en el anuncio aquel, tacita a tacita, pues al final te quedas un poco mosca.

Va una frase que parece sacada de otro post pero que, como se verá inmediatamente, está en su sitio: me gustan los garbanzos.

De hecho, me parecen un manjar.

Pues ya no puedo comerlos. La razón: no puedo digerirlos. Es imposible. Dice el médico: es normal, y dice que un efecto secundario afecta a la mucosa gástrica. Dicho eso por él, digo yo que hay que señalar dos cosas: una, que la frase de los garbanzos tenía su sentido y dos, que me llama mucho la atención que como lo dice el prospecto, la anomalía se convierte automáticamente en normal. Es normal, dice el médico. Y discrepo (aunque me sigo quedando sin garbanzos).

Pensando estas cosas he vuelto a tomar conciencia del vagón del tren en el instante mismo en que el aspirante a médico ha procedido a practicar una incisión con un boli bic en el libro inmaculado y he cerrado los ojos en un ay ay ay y he puesto una expresión así, sí, como de aprensión al presenciar la sorpresiva y sorprendente intervención en la piel nueva del libro, la sangre pasando a través de la vena azul del boli bic.

Qué tío.

Los dedos. Qué les pasa. Pues que ya que estamos de incisiones, les pasa que los tengo llenos de cortes pequeños, como si me hubiera cortado con una hoja de papel o una cuchilla de afeitar y dichos cortes parten de los laterales de las uñas hacia la carne. Escuecen. Que pase en un dedo, pase, valga la redundancia; que pase en casi todos los dedos es una redundancia digital que escuece en eco y también es debida a un efecto secundario que afecta a la piel. Por otro lado, sigo tomando mis tres lingotazos diarios de antiepiléptico aunque sigo sin tener epilepsia pero debo hacerlo para mantener tranquilo al TAG o Trastorno de Ansiedad Generalizada, que es como el baile de san vito pero generalizado, como el libro de Patología General que el estudiante sigue consultando tras haber dejado en él una cicatriz mientras el tren va a lo suyo, y que sólo parece detenerse, el baile, no el tren, cuando le habla el antiepiléptico.

Tanto el TAG como su extraña amistad con el antiepiléptico también son efectos secundarios. Afortunadamente, la estadística creciente de porcentajes y variedad de procesos tumorales no se ha fijado en mí (toquemos madera). Mejor no pensarlo, no vaya a ser que el TAG se nos altere, que lleva una temporada obediente, es tarde, hay que dormir y me va a dejar hacerlo.

Buenas noches.

Tocho

Bien, pasemos página y prosigamos.

Hay que buscarse la vida. Sudor, esfuerzo, sí, lo que quieras, pero que reporte pasta rápida, que uno ya es mayor. Una solución posible que además tiene la dosis lúdica necesaria: escribir un tocho de unos 6 u 8 cm de grueso con mezcla de vampiros, hormonas adolescentes, prosa del SuperPop, polvos mágicos y de los otros, algún gemido de terror, algún gemido orgásmico, oseas, monjas dándose mamporros por aquello de que tenga algo de autobiográfico, alguna cita a Karmele Marchante por aquello de contar con una referencia culta, que sea ante todo previsible, que tenga muchos puntos y aparte para que la vista no se fatigue, que tenga amnesia de los punto y coma y ahorre vocabulario y, por supuesto, que vaya firmado con una identidad falsa. No por avergonzarme del asunto, no, sino para poder darme el placer de pasar por una librería, mirarlo con displicencia, dejar caer el comentario de esto será una mierda, no? y que el librero me responda pues sí y me pueda ir tan contento sabiendo que será una mierda, pero una mierda lucrativa.

Tengo que pensar un argumento, sí.

Pienso muchas veces que tengo que pensar un argumento, la verdad, pero es que no me sale. De verdad que no. Mientras tanto, llueve y hay una capa de niebla a media altura que pinta muy bien para regalarme a mí mismo la tarde entera y zambullirme en otro tocho que por la página 526 ya te ha llevado varias veces por el Londres victoriano, con los nombres de sus calles, sus olores rancios, sus adoquines brillantes por la lluvia, los faroles de luz de gas flotando sobre la niebla, los caballeros con capa, los clubs con alfombra, pipa y biblioteca, las tabernas. Todo eso. Cuánto me gusta a mí pasear por las páginas de ese Londres. Siempre he pensado que debí tener alguna ascendencia residiendo allí, tal es la familiaridad con la que lo vivo. Si encima te regalan frases como la de que oscuras nubes resbalan por los tejados, y nieva al caer la tarde mientras adentro, da igual dónde sea adentro, crepita el fuego de una chimenea, pues mejor. Te hace más llevaderas las páginas precedentes de este libro tibio que si lo compras allí se titula “Drood” y si lo compras aquí se titula “La soledad de Charles Dickens” y es un folletín de cuidado, pero en el que vuelve a salir ese Londres que me gusta y que tanto le va a esta tarde de lluvia y niebla flotante, ni muy arriba ni muy abajo, azulada, un poco fantasmal. Leerlo en silencio, con el clas clas de la lluvia, la lámpara al lado, sintiéndote fuera del mundo por unas horas después de haber estado tanto y tanto tiempo dentro de otro mundo folletinesco pero sin Londres de adoquines y faroles, pues apetece.

Qué pasa.

Pero debería empezar a pensar en el argumento de un tocho, una novela lo suficientemente disparatada y mala, una mierda de novela tal que, a priori, pinte bien. Es que me gustaría jubilarme para poder irme a Finlandia o a Escocia, no sé, un sitio donde el verano tenga nombre suave y ocupe poco espacio y pueda dedicarme a la vida contemplativa. Qué contemplaría, pues no lo sé. Desde luego, no contemplaría tener la cuenta del banco en números rojos.

De todos modos, antes tengo que contarle a este blog muchas cosas.

Lugar

He ido y he vuelto.

Pero al volver tengo la sensación de no ha vuelto todo lo que me define, lo que me conforma; es decir: un entero yo. Hay momentos en los que me siento un yo vacío, un yo intermedio, un yo rehaciéndose después de haberse deshecho. Un yo diluído. Ha merecido la pena la experiencia? Depende desde qué ángulo lo miremos, o qué balanza utilicemos. No merece la pena ninguna experiencia que me haya apartado unos meses de la sonrisa de mis sobrinos y de verlos crecer, ni de los encuentros con mis amigos, de la tranquilidad de las charlas con ellos, de mi mundo limitado en el espacio pero donde tan cómodo me encuentro dando una clase o dibujando acordes y notas en el papel pautado. Todo lo que sacrifique lo que me define no merece la pena, eso lo tengo claro; otra cosa es que aquéllo a lo que me he dedicado los últimos meses sea, en el fondo, una proyección íntima. Todo es desconcertante mientras vuelvo a ocupar mi sitio habitual con la sensación de quien ocupa (okupa) los lugares y las cosas que pertenecieron a otro, porque me inquieta que quien haya vuelto sea un yo distinto, y a lo mejor mirarse al espejo de la forma en que lo hice tenía ese peaje no previsto.

Relojes

“He visto antes, no sé dónde, este mundo de cartón, en el que todo es de color pardo o rojo oscuro o amarillo o sin luz” (Jean Rhys, Ancho mar de los sargazos)

Londres es de cartónHay veces en que yo recuerdo que:

Se lo dije a Patricia. Lo de Unai. Que había una novela preciosa, la del tranvía, tan llena de tanto en frases tan cortas y con esa cadencia repetitiva. Por ejemplo, diría Unai sobre lo anterior: “La del tranvía. La novela del tranvía. Estaba llena de frases cortas. La novela de Unai. Otras igual no tanto pero la de Unai sí”. Así es como lo diría más o menos y nos gustaría un montón. De esa manera empezó todo. Eso era cuando todavía no sabíamos que Phineas iba a estar esperando en el tejado diecisiete, sentado con dos manzanas asadas sobre los muslos y mirando la llegada de los trenes por si regresaba Sora. Sora no llega. Ni en un tren ni en el siguiente. Igual mañana. Tampoco sabíamos de la existencia de las cinco grabaciones de Londres, las grabaciones que dejaron los doctores antes de marcharse allí, huyendo. Podíamos intuir que tras ese mundo amable, distinto, tan nuevo y tan de Unai, había un poso triste. Eso ya pasaba en algunos rincones de la novela en la que empezó todo. La del tranvía. Lo que no imaginábamos es que nos íbamos a encontrar con el tiempo con una novela de cartón que sucede en los tejados y que nos encogería el alma por su crudeza primero y después por su maravillosa belleza de juguete.

Quizá por eso no importa que no haya frases cortas. Ni repeticiones de palabras. Alguna sí que hay y también cosas nuevas que te dicen: soy Unai. Y sonríes. Pero aquí desde los tejados de los párrafos se ven cosas extrañas: se ve a Phineas, y a Datos y a otros que vienen. Y aunque Unai te asegura que tienen más de 30 años y que incluso van a trabajar por las mañanas sólo eres capaz de visualizarlos en pantalón corto teniendo lo más 15 años. Y eso yendo para arriba. Puede parecer raro eso si no conoces a Unai. Si le conoces ya no es raro sino que todo es normal y además hasta te gusta.

Aquí hay una fábula cruda sobre los efectos de las dictaduras, los fascismos y de las cosas de color de plomo. Y sobre el miedo, sobre todo sobre el miedo y las ausencias de las personas que se salen de la línea roja que marca el miedo. Si te sales de la línea desapareces. En la forma de la historia hay fragmentaciones y una novela paralela a la novela. Los Informes Errun siguen sin encontrarse. A Raquel también se lo dije. Lo de los informes no, lo de Unai. Le dije lo del tranvía como a Patricia y le invité a subir y dijo que sí. Pero por teléfono le avisé el otro día que Londres es de cartón y que a ver qué tal. Seguí leyendo. Mr Mallowan pregunta sobre la bicicleta en el Londres de cartón pero en el otro sitio, que no sabemos cuál es ni falta que hace porque nos lo podemos imaginar, el doctor Bornas da pistas en una de las grabaciones de Londres que escuchamos clandestinamente en una habitación sin ventanas pero con un busto de Mahler en un rincón.

Mitrofan es el Mobutu o el Kim Jong-il de esta historia y los carboneros llevan gabardinas y hacen cosas malas a la gente y mientras Unai nos lo cuenta nos ahorra datos. Nos ahorra el dijo o el dice, por ejemplo. En esta novela, si Phineas dice Hola lo dice así: Hola -Phineas y no Hola -dijo Phineas. A veces hasta lo dice con un punto y aparte entre el Hola y el Phineas. Unai ahora no juega a repetir palabras como medio para establecer su deliciosa cadencia verbal sino que ahora ahorra cosas o las cambia de sitio. La forma es otra y el fondo también, siendo él el mismo.

Que Londres sea de cartón es una cosa que queda clara en la portada. Luego dentro lo pasas mal un rato y después las cosas te sorprenden y te invitan a jugar y para cuando terminas el libro ya sabes que se va a quedar contigo. Como el del tranvía. A Unai sólo se le puede querer tanto si se empieza subiendo al tranvía y pillándole el punto al viaje. Si no, igual no importa que miss Podgers hable o guarde secretos. Phineas lleva reloj. Y para Mr. Mallowan, dos manzanas en cursiva.

Eso es lo que yo recordaré, seguro, muchas veces.

Muda

El calendario dirá lo que quiera, y el cambio climático, y el hombre del tiempo, y estas nieves que coronan las montañas a ambos lados de la vía, y el frío en el ambiente, dirán lo que quieran, pero hoy vibraba en el aire un asomo de primavera. Que cómo se sabe eso? Lo sabe un sabor que tienen ciertos colores que pasan fugaces ante la retina y luego vuelven a su sitio, como si estuvieran probando cómo quedarán en las fachadas; lo saben los ojos y un algo que gira en el pecho y un hormigueo por los hombros. Aún llegarán borrascas y días grises, de esos que si caen en sábado y por la tarde le hacen añorar a uno cuando estaba por casa en pijama en un sábado de la EGB y veía una película de Simbad en la tele o leía algún libro de aventuras de esos que ponían los ojos muy redondos. Pero todos los años, o casi, este blog ha dejado constancia del momento en el que la primavera hace un fugaz ensayo general colándose entre los abrigos y las prisas.

La primavera la sangre no me la altera, será porque la tengo alterada todo el año, pero me infunde temor, aunque tenga temor el resto del año. Pero es que sentir temor con el olor vegetal de lo verde en la nariz y un sol brillando con descaro siempre me ha parecido una cosa rara, una disonancia, como quien se muere en un hospital mientras una margarita hace así y así balanceada por una brisa suave. Esta tarde entraba en el campus de una universidad y el azul y el verde insinuaban que puede que no estén las cosas hechas para que alguien de la espalda y se ponga a hacer cosas raras a la sombra de los muros sobre derecho o matemáticas o historia de las civilizaciones antiguas. Me he acordado de Debussy haciendo sonar “El Mar”, aunque cuando me acordaba tenía delante de todo menos mar, y me he preguntado si ese mar necesitó visitar previamente sombras de cátedra y monotonías de goma de borrar. Y sí, claro. Pero este hombre seguro que nunca dio la espalda al espectáculo. Eso es lo que suele fallar ahora y en la primavera, cuando se gradúan los chavales, los discursos no hacen mención a esas cosas pero tampoco parece importar a efectos del correspondiente expediente.