Archivo por días: 28 enero, 2010

Salinger

He leído en el tren el titular de que había muerto el Guardián entre el centeno y el resto del artículo ha quedado diseminado sobre las vías. La primera vez que levanté la ceja ante un texto fue al leer el párrafo inicial de la novela de Salinger, tan transgresor el fragmento, haciendo saltar por los aires las convenciones establecidas. Lo aprendí de memoria y desde entonces me ha tocado repetirlo en las ocasiones más extrañas, ante el micrófono de una emisora, por ejemplo, o en mitad de una clase sobre Haydn, por poner otro ejemplo. El caso es que siempre venía a cuento y, si no, no pasaba nada.

A mi adolescencia le interesó el escritor, de nombre J.D. El inolvidable crítico cinematográfico Alfonso Sánchez dijo en una ocasión que a ver qué pasaba con ese señor de nombre H.C. Potter que en 40 años dirigiendo películas todavía no se había hecho un nombre. Es gracioso el comentario, no me dirás que no. Para la adolescencia, que es muy de idealizar y mitificar así como de lo contrario, las iniciales J.D tenían su punto porque eran la prueba impresa, en letra grande y en portada, del misterio que había dentro de un escritor del que apenas se sabía nada hasta que apareció aquella única foto en blanco y negro en la que con cara de te vas a comer esa cámara, un tipo delgado se acercaba a la ventanilla del coche de un fotógrafo en los albores del paparazzismo. Cuando ví esa foto, me pareció un fotograma del comienzo de “La noche de los muertos vivientes” de George A. Romero (George A. Romero se hizo un medio nombre y por eso tenía poco misterio; de ahí, probablemente, que subiera de nivel e hiciera películas de terror). Me parecía a mí uno de esos muertos raros J.D Salinger, como el que sale al principio de la película caminando por el cementerio con el traje de los domingos y esa cara blanca y expresión de mala leche. Creo que la clase de blanco y negro de la foto contribuyó a la asociación.

Pero lo de la foto estaba al final y el párrafo inicial de El Guardián estaba, obviamente, al principio, y por la mitad me encontré con Holden Caulfield y pasó, como pocas veces, que me daba respeto Caulfield porque a veces se le cruzaba el cable pero al mismo tiempo se quedó en el corazón, porque era así pero no, o era así como consecuencia de. En cualquier caso, me impresionó muchísimo ese viaje iniciático tan duro y tierno, tan desamparado el adolescente protagonista y tan valiente y tan derrotado y tan mierda. No sé, es lo que tiene, supongo, ser un adolescente y que además te llames Holden Caulfield y empieces a largar tu historia con un párrafo así.

También me impresionó la voz del narrador de la novela, tan preocupada por mantener una distancia que apenas se esforzaba en disimular un velar, un querer, una identificación con el muchacho, en las duras y en las maduras. Y la melancolía, entre briznas de rudeza. Y el guardían entre el centeno, vigilando para que los pequeños no caigan hasta hoy, que se ha muerto mientras el tren volaba a 300 por unas vías con brillo de plata bajo una luna llena muy blanca, como de nata. Pensaba yo entonces que “El Guardián entre el Centeno” es uno de esos libros que queda como una sopa emocional que te nutre para siempre, da igual si te acuerdas de todos los ingredientes o si sólo recuerdas el sabor cuando acercas la punta de la lengua a la cuchara. No ha dado tiempo para más porque el tren ha llegado a la estación con algún minutillo de adelanto.

MMS

Esta mañana, en Madrid, al salir del metro he sacado con el móvil esta foto a una pared de la estación porque allí venía escrito el mensaje que le quería mandar a un amigo como diciendo, que diría Umbral, aunque quien lo dijera fuera Hernández. Le he dado al botón de “enviar” y subiendo las escaleras me he encontrado con el bajo cero de las calles.