Archivo por días: 15 enero, 2010

Cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños. 40 años. Se me hace muy extraña esa cifra pero es la que toca. Atrás queda una década que empezó esperanzada y triste y termina exactamente igual. Entre medio, vacío, años pasados como las hojas de un calendario en una película cuando se quiere dar a entender que los años pasan volando. Yo empecé a crecer en la treintena. Antes estaba en una burbuja. Lo que la rompió fue la crudeza de descubrir, como un imbécil, por hacerlo a destiempo y de golpe, que en la vida real existía la maldad en un grado que en la ficción no se da. La realidad supera a la ficción, ya se sabe. Yo la sufrí de rebote cuando cayó como un misil en el epicentro de una piel cercana y a mí me vino la onda expansiva. Entonces me dí cuenta de qué van las cosas, iluso de mí, y empezó mi proceso de progresivo desencanto y distancia de las cosas.

No nos pongamos trascendentes, al menos no serios, que hoy es mi cumpleaños.

Los 40 años me dan respeto. Es como la fiebre, que empieza a inquietar un poco a los 38, a los 40 salta alguna alarma y a los 42 tienes que ir a urgencias. hay quien al acercarse a los 43 la palma. A mi padre le pasó. Yo he crecido desde los 11 años con la sensación de que me iba a pasar lo mismo pero, claro, eso quedaba tan lejos.

Pero habíamos quedado en no ponernos trascendentes ni serios.

Cómo ponernos entonces. Supongo que alegrándome de poder estar para contarlo. La gente se olvida de que vivir es un milagro dado que la vida es muy puta. Dicen que los 40 años es una edad maravillosa de plenitud y no sé qué hostias. Y hay quien dice que es la edad de la crisis de los ídem y otras hostias. No nos engañemos. Los 40 es ese número en el dial de la existencia en el que uno se da cuenta de que no hay espacio para las velas en la tarta pero sigue degustando la nata y el chocolate del pastel y hasta disgustándolo. Las papilas gustativas también acusan la temperatura de la cifra y sus efectos secundarios. Como el sentimiento. Uno se vuelve más tontorrón y melancólico, quizá; y sin quizá. Por ejemplo, hoy me gustaría regalar algo a la gente que más quiero, no un regalo material; en realidad, no sé qué clase de regalo; me sale decirlo y punto, como si necesitara decirles algo. Me gustaría celebrar que estén ahí, por ejemplo, y a lo mejor me da por decirlo y, ahora que lo pienso, hasta puedo escribirlo: gracias por estar. Gracias por comprender y por tantas cosas. Para tantas cosas no se si hay tanta tarta. Pero abrazos me quedan.