Archivo por meses: enero 2010

Galáctico

Lang LangHay una sala sinfónica grande y abarrotada de gente esperando a que salga Lang Lang, el pianista galáctico. Nadie sabe aún que cuando termine el concierto, Lang Lang dejará caer su pañuelo impregnado en sudor así, en vertical, suavemente, como quien deja caer una pelota a ver si rebota, a alguien sentado en la primera fila. El gesto es lisztiano total pero la ciencia adelanta que es una barbaridad y ahora, con el ADN que hay en ese pañuelo, se pueden fabricar muchos Lang Lang. Este chico no ve CSI, parece. En fin. Desde su debut en el Carnegie Hall hace cinco años hasta este momento han pasado muchas cosas, pero todas armonizan poco con cualquiera de las 88 teclas del piano. Lo dice el mismo programa de mano. Dentro hay una página a todo color en la que Lang Lang anuncia unas Adidas modelo exclusivo Lang Lang. Incluyen el precio. Hay otro anuncio donde Lang Lang promociona la bufanda Lang Lang y otro donde anuncia su autobiografía. Hay quien puede escribir una autobiografía sin escribirla (la escribe otro) y sin haber cumplido los 30 pero pocas personas tienen en su haber el hecho de que un padre te ponga a tocar el piano todo el santo día y que al errar un pasaje te ordene con 8 años que te suicides porque eres un fracaso. Lang Lang cuenta eso en una televisión con esa sonrisa suya que tan bien congenia con la cámara pero el que le mira siente una cosa extraña, un asco al padre de Lang Lang y una tristeza por ese Lang Lang que en la última semana ha hecho el gamberro en un programa de la tele pasándoselo bomba, ha tocado en Valencia, tuvo una intoxicación de pescado en Zaragoza que lo mantuvo en el baño un par de días, tocará en unos minutos en esta sala donde los abrigos de piel y la mezcla de perfumes recuerdan con espanto el pasillo de fumigadoras de la planta baja de El Corte Inglés y después se marchará a Madrid. Y todo por no haberse suicidado, desobedeciendo a su padre.

Faltan unos minutos para que Lang Lang salga al escenario y, para amenizar la espera, el programa de mano hace una insólita enumeración de logros en el apartado biográfico, a saber: es imagen de Sony Electronics, Audi, Versace (de Versace son los trajes que luce en los conciertos) y de la compañía financiera Aegon. Y cuando necesita viajar en avión privado vuela con un jet Bombardier. La marca Steinway ha creado cinco versiones del piano Lang Lang ™ Steinway, utilizando por primera vez en 150 años de historia el nombre de un artista para bautizar un piano. Y la bufanda, las Adidas y el reloj (hay un reloj).

Me pregunto si ese Haydn perfecto que sonó en el Carnegie Hall, maravillosamente coreografiado con el gesto, habrá sido el responsable de todo esto en tan poco tiempo o, al revés, si se habrá vuelto un spot también. Despejamos dudas porque Lang Lang sale al escenario. Es bajito, delgado, sonríe pero no tanto como lo hace en otros lugares, saluda educadamente con gesto lento, se ha cambiado el pelo, se sienta ante el Steinway y sin concentración previa se introduce en una sonata de Beethoven iniciando una rutina diaria en la que lo único que cambia es el escenario.

El recital transcurre y Lang Lang suena a Lang Lang: impecable en los dedos, irregular en la interpretación. Borda un pasaje con una madurez asombrosa y lo culmina con una incongruencia de estudiante de grado medio. Da la sensación de que bucea dentro de la música pero que de pronto sale a respirar y pierde la concentración o se distrae viendo el paisaje. A veces, la concentración, o el trance, alcanza movimientos enteros, como la maravilla que hace con el tiempo lento de la tercera sonata de Beethoven. Mérito especial porque este público se empeña en que suenen más sus toses que las teclas del Lang Lang (piano) que pulsa el Lang Lang (pianista). Una cosa es un ataque de tos irremediable pero otra es una tos como quien eructa en el cuarto de estar de su casa mientras ve Los Simpson. Así es este público, por muchas pieles que lleve encima. Sospecho que alguna tos será producida por una reacción alérgica a este zumo de perfumes dulzones que flota en el aire.

Lang Lang vuelve a sentarse para zambullirse en la Appassionata pero ya el arranque indica que Lang Lang no está ahí dentro, sino fuera, y que tiene prisa. Todo suena en su sitio, ahorrando fuerzas, eso sí, pero todo en su sitio. Y nada más. Luego llega la novedad: el artista que vino de Oriente aventurándose en la Iberia de Albéniz, y su Evocación, preciosa, es más preciosa cuando Lang Lang la hace sonar pero su Corpus en Sevilla suena a Imagen de Debussy sin ese condimento que yo no sabría definir pero sí detectar. Me pregunto cómo sería posible que las manos diminutas de una Alicia de Larrocha duendearan de esa forma y las manos imponentes y flexibles de este chaval que cuando se pone a impresionar con las paráfrasis de Liszt hace vibrar al mismísimo piano no se inmuten. La pregunta que me hago es retórica pero no deja de sorprender un poco.

Tocar Prokofiev al final consigue ahogar las toses con su potente artillería pero enfría a un auditorio que ha cumplido el trámite: poder decir que ha visto a Lang Lang y que todo maravilloso y estupendo pero ya es hora de ir a casa a ver la tele. Lang Lang no parece muy decidido a hacer un bis, yo creo que está un poco desconcertado; quizá por eso cuando finalmente se decide a hacerlo saca de la manga un seguro que le librará de hacer un bis al bis: el cristalino primer estudio del Opus 25 de Chopin. Suena primorosamente en unas teclas que apenas parecen pulsadas sino rozadas y súbitamente suenan sendos cañonazos que no vienen a cuento y que nos descolocan, confirmando que este chico vale mucho pero vuela tan alto que no posa los pies. Lo hace a ratos, cierto, pero se cansa pronto. La impresión que da Lang Lang es la de ser un niño que sabe que juega a un juego serio. A veces juega a que no es un juego serio. A veces sí. Después se sube al avión y al día siguiente repite en otro jardín de infancia y todo sin perder la sonrisa y sin haberse suicidado el día que su padre se lo ordenó.

Salinger

He leído en el tren el titular de que había muerto el Guardián entre el centeno y el resto del artículo ha quedado diseminado sobre las vías. La primera vez que levanté la ceja ante un texto fue al leer el párrafo inicial de la novela de Salinger, tan transgresor el fragmento, haciendo saltar por los aires las convenciones establecidas. Lo aprendí de memoria y desde entonces me ha tocado repetirlo en las ocasiones más extrañas, ante el micrófono de una emisora, por ejemplo, o en mitad de una clase sobre Haydn, por poner otro ejemplo. El caso es que siempre venía a cuento y, si no, no pasaba nada.

A mi adolescencia le interesó el escritor, de nombre J.D. El inolvidable crítico cinematográfico Alfonso Sánchez dijo en una ocasión que a ver qué pasaba con ese señor de nombre H.C. Potter que en 40 años dirigiendo películas todavía no se había hecho un nombre. Es gracioso el comentario, no me dirás que no. Para la adolescencia, que es muy de idealizar y mitificar así como de lo contrario, las iniciales J.D tenían su punto porque eran la prueba impresa, en letra grande y en portada, del misterio que había dentro de un escritor del que apenas se sabía nada hasta que apareció aquella única foto en blanco y negro en la que con cara de te vas a comer esa cámara, un tipo delgado se acercaba a la ventanilla del coche de un fotógrafo en los albores del paparazzismo. Cuando ví esa foto, me pareció un fotograma del comienzo de “La noche de los muertos vivientes” de George A. Romero (George A. Romero se hizo un medio nombre y por eso tenía poco misterio; de ahí, probablemente, que subiera de nivel e hiciera películas de terror). Me parecía a mí uno de esos muertos raros J.D Salinger, como el que sale al principio de la película caminando por el cementerio con el traje de los domingos y esa cara blanca y expresión de mala leche. Creo que la clase de blanco y negro de la foto contribuyó a la asociación.

Pero lo de la foto estaba al final y el párrafo inicial de El Guardián estaba, obviamente, al principio, y por la mitad me encontré con Holden Caulfield y pasó, como pocas veces, que me daba respeto Caulfield porque a veces se le cruzaba el cable pero al mismo tiempo se quedó en el corazón, porque era así pero no, o era así como consecuencia de. En cualquier caso, me impresionó muchísimo ese viaje iniciático tan duro y tierno, tan desamparado el adolescente protagonista y tan valiente y tan derrotado y tan mierda. No sé, es lo que tiene, supongo, ser un adolescente y que además te llames Holden Caulfield y empieces a largar tu historia con un párrafo así.

También me impresionó la voz del narrador de la novela, tan preocupada por mantener una distancia que apenas se esforzaba en disimular un velar, un querer, una identificación con el muchacho, en las duras y en las maduras. Y la melancolía, entre briznas de rudeza. Y el guardían entre el centeno, vigilando para que los pequeños no caigan hasta hoy, que se ha muerto mientras el tren volaba a 300 por unas vías con brillo de plata bajo una luna llena muy blanca, como de nata. Pensaba yo entonces que “El Guardián entre el Centeno” es uno de esos libros que queda como una sopa emocional que te nutre para siempre, da igual si te acuerdas de todos los ingredientes o si sólo recuerdas el sabor cuando acercas la punta de la lengua a la cuchara. No ha dado tiempo para más porque el tren ha llegado a la estación con algún minutillo de adelanto.

MMS

Esta mañana, en Madrid, al salir del metro he sacado con el móvil esta foto a una pared de la estación porque allí venía escrito el mensaje que le quería mandar a un amigo como diciendo, que diría Umbral, aunque quien lo dijera fuera Hernández. Le he dado al botón de “enviar” y subiendo las escaleras me he encontrado con el bajo cero de las calles.

Allegro

Despertó el Concierto para Mandolina de Vivaldi, el célebre, sí, ese, despertó en una cadena de televisión, en un anuncio que anunciaba a otra cadena de televisión con muchos canales, pero dio igual cuáles y cuántos porque giré un poco la cabeza como quien ha escuchado un sonido atrayente o extraño o inesperado, da igual porque el gesto es el mismo, el de poner la oreja en primer plano, y los ojos se cerraron para recibir, de nuevo, esa melodía que para mí representa la esencia de lo que se cuece en la música barroca en general: esa aparente simplicidad feliz que parece ocultar una sombra dramática, que cuando sale, sale y nada la para pero otras veces ahí se queda, como insinuando que ahí está, el pulso igualmente feliz, constante, bien sonoro, en relieve, un pulso que goza de una vitalidad y una salud asombrosa y quiere presumir de ello anunciando que es él quien bombea las curvas de la melodía, los toboganes de la armonía deslizándose a través de círculos de quinta gozosamente inacabables y la transparencia formal. Tan transparente que parece decirte, así, hazlo, prueba. Pero no puedes.

Qué habría en la cabeza de este Antonio Vivaldi para fabricar cosas así, tan felices y tan melancólicas, por separado y juntas en transparencia, que de todo tiene. Qué alegrías o qué frustraciones disimuladas en este pulso incesante que parece decir adelante, adelante, y lo dice con ánimo mañanero, expresión que en noctámbulos como yo significaría una cosa muy distinta a la que quiero dar a entender. Pones la tele un rato, te anuncian otra tele con muchas teles dentro pero con lo que te quedas es con un Vivaldi que te lleva a otros Vivaldi, como en una modulación que, a veces, reexpone el tema principal, esto es, el Concierto para Mandolina, ese, sí, el célebre. Y creo yo que quedarse con eso es un fracaso publicitario cuando de enterarte de la oferta de mogollón de canales se trataba pero qué más dará si la música de este hombre no necesitó del Canal Viajar ni del Disney Channel porque en esa Venecia de mareas y mareos stendhelianos, de lienzos de colores vivos y nubes de algodón muy gordas y blandas, ni falta que hacía. Qué preciosidad y qué misterio el de esta música tan sencilla. Qué difícil es lo sencillo.

Latidos

“Love is dangerous for your tiny heart even in your dreams”

La mecánica del corazón“La mecánica del corazón”, tic tac, es un librito extraño. Empieza en Edimburgo el día más frío de la historia y eso ya es toda una casualidad, pero a partir de ahí hay frases de seda auténtica que comparten página con otras de una aspereza cortante. Y mezcla un delicioso tono inicial de trazo impreciso, poético y onírico para deslizarse después por registros comunes de melodrama decimonónico y souvenir incluído, con historias de amor con fondo de Alhambra y castañuelas de una Carmen que no es la de Mérimée, que no es la de Mérimée, por algo se llama Miss Acacia. No sé. En cualquier caso, es un estimable y por momentos notable cuento para mayores que cuenta la aventura iniciática en esto de los amores por parte de un niño al que una doctora Madeleine, en lo alto de un torreón, ha puesto un reloj en su pecho para ayudar al funcionamiento de su deficiente corazón.

El tono del narrador, que cuenta el pasado en presente, bien podría ser el de un Vincent Price, así como lo anterior una escena Burtoniana (de Tim, no de Richard). Luego hay un tren fantasma donde Jack el Destripador escribe cartas de amor a mujeres muertas (brevísimo pasaje alucinante) y Georges Méliès sale buscando cartones usados para regalarle un viaje a la luna (de merengue, como así atestiguará la historia) a la mujer de sus sueños. Es curioso que los mecanismos del corazón de esta fábula sean de una precisión explícita total en lo metafórico y, sin embargo, nos cuenten algo que no terminamos de aprender. El qué. Pues eso, los mecanismos del corazón. En su “Encuentro en la noche”, ese enorme poeta del desencanto dotado de gran lirismo que fue Fritz Lang hace decir a sus personajes que estamos solos y a la intemperie y que quizá el amor sea un remedio temporal a sabiendas de que siempre se revela al final como peor que la propia enfermedad. Suele pasar, pero allí pasa en blanco y negro y aquí en este libro hay palabras de colores, dulces y amargos.

En la noche más fría de la historia, la doctora Madeleine pondrá un reloj en el pecho del recién nacido Jack y cuidará de él hasta que a los 10 años, el tic tac suene más fuerte en una especie de taquicardia del tilín que cierta bailaora hace al pasar y no precisamente con sus lentejuelas. La doctora Madeleine intentará que el pequeño concilie el sueño susurrando una letanía en inglés que funciona a medias como canción de cuna y a las horas enteras como medida disuasoria y después escribe en una pizarra:

1. No toques las agujas.
2. Domina tu cólera.
3. No te enamores nunca.

Pero la mecánica del corazón siempre va a su aire y aunque las agujas se incrusten en el pecho de este pequeño Jack en una de tantas metáforas de cristal de este libro, lo que hace con sus latidos no es muy distinto que lo que un adulto experimentado haría una y otra vez con similar resultado. La experiencia aquí poco vale. ¿Una historia triste? Sí y no. El enamoramiento siempre es así, como el tic tac del reloj que Jack lleva como corazón: sí y no. Todo tiene su tiempo y siempre un tiempo limitado tras el cual te pinchas y sangras. Allá tú si te contentas con un apósito y te pones a ver la tele y no reivindicas los instantes de embriaguez (“volver al tiempo en que amaba sin estrategias, cuando me arrojaba de cabeza sin miedo a estrellarme contra mis sueños”).

Este es un cuento que cuenta una historia de verdad que es resumen de la historia de verdad de cada uno: el tic tac del prendimiento, el tic tac de los celos, el tic tac de la desdicha, el tic tac del cielo. Pero ya he dicho al principio que este era un librito extraño. Tanto que, pareciendo que quien cuenta es el amor, a lo mejor lo que cuenta (tic tac) es salir pitando de él en dirección opuesta y quizá haya que tenerse eso en cuenta. Lo lees a ver.

Desastre

Mientras el Vaticano prepara los fastos para elevar a Juan Pablo II al cielo de los santos el próximo Octubre por mensajería urgente, este Dios antropomórfico en quien tanta gente invierte fe para encontrar fe hace zapping dirigiendo su atención al lugar más empobrecido de América Latina para mandarles un terremoto que aplasta miles de almas de gente buena y menos buena, hombres, niños, ancianos, no hay distinciones cuando la tierra se pliega y se rompe como si fuera de plastilina; y tras los ayes que rompen el silencio producido por lo roto todavía envía una réplica. Así habrá motivo de plegarias, milagros y demás inciensos, y hasta un grupo de norteamericanos muy raros se irá a la cama con la conciencia henchida de gozo tras haber conseguido enviar a la zona del desastre un mogollón de audiobiblias alimentadas por energía solar. Lo que importa no es el agua ni la comida ni las curas. Las curas y los curas. Lo que importa es encontrar consuelo en el libro de libros divino.

Dicen los responsables de tamaño disparate que las biblias llevan audio de calidad digital para que los amenes y demás lleguen de forma nítida a través de los escombros especialmente “a la gente pobre e ilustrada”, que no tendrá que hacer esfuerzo por pasar página. Un mundo que se consuela con eso está fatal. Hay otro terremoto constante en las entrañas y el alma de las personas que deja las cosas patas arriba, mezcladas, confundida la ética con la estética en un fango muy raro.

La radio decía a la hora de la cena y de la Copa de nosequién de fútbol que el mandamás de un club había tenido el detalle de invitar al palco a la embajadora de Haití como detalle solidario por valor de noventa minutos y mientras la ceja se nos iba para arriba, Pepe Domingo Castaño lo celebraba con un anuncio de esos suyos con tufillo a domingo setentero de quiniela y Fundador, cosa de hombres, como se sabe.

Al mediodía, un periodista alertaba que Unicef había alertado de la desaparición de niños en mitad del desastre. El horror humano no tiene fondo. En el mejor de los peores casos, esas criaturas, birladas por unas manos que aprovechan el caos y el dolor para hacer negocio, irán a parar a familias acomodadas que desean tener un hijo mascota a cambio de pastón, sabido es que los caprichos cuestan lo suyo pero por eso hacen mayor ilusión, aunque luego igual te canses. Dice el periodista eso con voz de desazón, lo de la desaparición de niños bajo los escombros de los sin escrúpulos, y mientras en el Vaticano van calculando los metros de tela de la buena para los fastos de santidad, el Papa se reúne con un grupo de obispos irlandeses para tratar precisamente ese asunto dando una catequesis que les explique mejor eso del “dejad que los niños se acerquen a mí” y luego harán cuentas para hacer pactos millonarios con los abogados de manera que ese dinero no llevará alimentos a los creyentes desconcertados por el castigo y el abandono divino pero eximirá de los pecados a los curas. Hay que curar el alma para ganarse el cielo.

Este mundo da mucho asco.

Recuerdos

Una frase en un sobre de azúcar.
Un paréntesis dentro de un paréntesis (sólo vale si es invierno)
Buscar el Cinturón de Orión.
Viajar, quizá, a la Isla del Tesoro.
Escribir silencios de nieve.
Infinitas preguntas en un folio inacabable.
Aprender el significado de palabras difíciles.
Ir.
Venir.
Apoyarnos en la mirada.
Jugar entre líneas.
Tener curiosidad por un martes cualquiera.
Dos secretos envueltos en papel de noche.
Hacer una merienda de nocilla de madrugada.
Contar películas con trozos de películas.
3´56´´ dentro de una canción.
Cerrar los ojos y pensar dónde estará la Voyager II.
Esconder el reloj.
Buscarnos.
Encontrarnos.
Regalarnos todas las mañanas.
Regalarnos el mañana.
Despedirnos una mañana.
Analgesia (si dolor) mañana, tarde y noche.
Dolor mañana, tarde y noche y mañana, tarde y noche.
Añorar todos los días.
Añorar a días.
Días.
Nada.

Fue eso.

Cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños. 40 años. Se me hace muy extraña esa cifra pero es la que toca. Atrás queda una década que empezó esperanzada y triste y termina exactamente igual. Entre medio, vacío, años pasados como las hojas de un calendario en una película cuando se quiere dar a entender que los años pasan volando. Yo empecé a crecer en la treintena. Antes estaba en una burbuja. Lo que la rompió fue la crudeza de descubrir, como un imbécil, por hacerlo a destiempo y de golpe, que en la vida real existía la maldad en un grado que en la ficción no se da. La realidad supera a la ficción, ya se sabe. Yo la sufrí de rebote cuando cayó como un misil en el epicentro de una piel cercana y a mí me vino la onda expansiva. Entonces me dí cuenta de qué van las cosas, iluso de mí, y empezó mi proceso de progresivo desencanto y distancia de las cosas.

No nos pongamos trascendentes, al menos no serios, que hoy es mi cumpleaños.

Los 40 años me dan respeto. Es como la fiebre, que empieza a inquietar un poco a los 38, a los 40 salta alguna alarma y a los 42 tienes que ir a urgencias. hay quien al acercarse a los 43 la palma. A mi padre le pasó. Yo he crecido desde los 11 años con la sensación de que me iba a pasar lo mismo pero, claro, eso quedaba tan lejos.

Pero habíamos quedado en no ponernos trascendentes ni serios.

Cómo ponernos entonces. Supongo que alegrándome de poder estar para contarlo. La gente se olvida de que vivir es un milagro dado que la vida es muy puta. Dicen que los 40 años es una edad maravillosa de plenitud y no sé qué hostias. Y hay quien dice que es la edad de la crisis de los ídem y otras hostias. No nos engañemos. Los 40 es ese número en el dial de la existencia en el que uno se da cuenta de que no hay espacio para las velas en la tarta pero sigue degustando la nata y el chocolate del pastel y hasta disgustándolo. Las papilas gustativas también acusan la temperatura de la cifra y sus efectos secundarios. Como el sentimiento. Uno se vuelve más tontorrón y melancólico, quizá; y sin quizá. Por ejemplo, hoy me gustaría regalar algo a la gente que más quiero, no un regalo material; en realidad, no sé qué clase de regalo; me sale decirlo y punto, como si necesitara decirles algo. Me gustaría celebrar que estén ahí, por ejemplo, y a lo mejor me da por decirlo y, ahora que lo pienso, hasta puedo escribirlo: gracias por estar. Gracias por comprender y por tantas cosas. Para tantas cosas no se si hay tanta tarta. Pero abrazos me quedan.