Costumbre

Cuando me pongo un poco melancólico, suelo consultar la temperatura que hace en Providence. Qué se me habrá perdido a mí allá si ni siquiera sé si tendrá una plaza con una fuente a la que el tráfico deje hablar con su borboteo discreto. Tengo en el móvil un botón que te dice la temperatura de los sitios, y si llueve o si hace sol o si hace nada. Y si es de día o si es de noche, por si se te olvida. Providence es un sitio en el que a veces es de noche siendo aquí de día. Lo que no dice el móvil es si Providence es grande, mediano o pequeño pero da igual porque lo que me interesa a mí es ver la temperatura que marcan los termómetros allí cuando me pongo un poco melancólico. Hace un rato marcaban -2 y antesdeayer marcó un -9 que me hizo cerrar los ojos y pensar en gente que iba y venía encogida por las calles solitarias, con gorros en la cabeza y nubecitas de vaho concentradas alrededor de la boca. Y pensé en habitaciones con unos libros apoyados en un estante, y en cocinas con un tarro de mermelada y en personas que veían la televisión, barrían un pasillo silbando o se daban un beso en secreto. Eso pasó.

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