Archivo por días: 22 diciembre, 2009

Lotería

En mi casa, durante años, el sonido del sorteo de la Lotería de Navidad que salía desde la radio de la cocina marcaba el comienzo de la Navidad. Años después, en otra cocina, en otra radio y en otra estación meteorológica, una locutora anunció que el estallido que acaban de oir pone el punto inicial a las fiestas de San Fermín. Lo del punto inicial se me quedó a mí grabado al igual que el sonido de los bombos y la letanía de los números y los premios en las interminables series. Nada había más confortable que escuchar esa banda sonora al despertarme y entrar a la cocina donde mi madre ya preparaba algo para la cena de Nochebuena. Los cristales estaban impregnados de vaho, detrás se adivinaba una mañana de frío gris, ya no había colegio y toda la mañana llevaba el pijama puesto. En mi recuerdo todos los años pasaba lo mismo. El recuerdo a veces se hace un bucle a sí mismo y en él siempre llevo el pijama puesto. Llevar el pijama puesto toda la mañana era como un seguro por si alguien se había equivocado y resultaba que sí, que había que ir al colegio.

Es curioso cómo pasan etapas sin que nos percatemos de la línea recta que las delimita; quizá es que la línea no es recta o quizá es blanda, a saber lo que es, pero había un tiempo en que si conjugabas en pasado el sorteo de la mañana del 22 de diciembre te salía en blanco y negro de película de José María Forqué y voces de No-Do saliendo de una radio en Onda Media, con interferencias marcianas y es ahora, otro 22 de diciembre, cuando vuelven a girar los bombos, y los colores de la voz televisiva de Marisa Abad y la voz de Frecuencia Modulada de Iñaki Gabilondo, tranquilas y risueñas ambas voces, ya han dejado de ser presente para pasar a su izquierda, que es donde sitúamos las cosas que no pasan, sino que pasaron y no vuelven. Es curioso que pongamos el futuro en una columna a la derecha del presente y el pasado a su izquierda.

La mañana del 22 de diciembre, a primera hora, en la cocina de mi casa, con el vapor en los cristales y el cola-cao encima de la mesa, empezaba la Navidad en pijama. Había una caja donde se guardaba el Belén y otra donde se guardaba todo aquello que servía para vestir al árbol de navidad. Nuestra generación fue aquella que supo la cruda realidad de los Reyes Magos conservando la ingenuidad de estar contribuyendo, sin saberlo, al desastre ecológico del planeta poniendo árboles de navidad de verdad en los recibidores o en los cuartos de estar de las casas y no reciclando ninguna caja de turrón. Luego nos entró algo de culpa a algunos pero nos quedó en el pasillo el olor a pino o a abeto, y la guirnalda de papa noeles que llevaban dentro una luz nos despertó ese fetichismo por lo retro de los abalorios navideños.

Ahora, en mi casa, la Navidad no la pone en marcha el sorteo de la Lotería porque la cocina no lo echa en falta, quizá por falta de vaho en los cristales. Hay una frontera, de nuevo invisible, que más pronto o más tarde nos afecta a todos y que transforma lo que fue la Navidad en una mesa con menos gente sentada alrededor cada vez, como en la novela de los diez negritos y, para muchos de los que siguen allí con el cubierto en la mano, las ganas por dentro de que pase pronto el trago de las fechas, a la columna izquierda del pasado, ya que su presente es un marrón inevitable.