Archivo por días: 15 diciembre, 2009

Tara

Lo que el viento se llevoEste no es el póster original de “Lo que el viento se llevó”, pero es igual al que el señor Palacios me dio a escondidas un día de invierno al salir del colegio, alargando su mano tras la verja del cine donde trabajaba. Lo colgué en la pared de mi habitación, junto con otros. Quizá era raro ver atravesar el parque al anochecer a un chaval con la mochila en la espalda y algo parecido al plano de un arquitecto enrollado en la mano, como quien llevaba algo valioso y cuya cotización venía dada por la emoción sentida el domingo precedente en la butaca ante cosas como “El Imperio Contraataca” o “Ben Hur”, que fueron ocupando su sitio en mi habitación.

Mirar esos posters era rendir un tributo a ese mundo que se iluminaba en la pantalla todas las semanas a la misma hora y en el que me sumergía con especial entrega sabedor de que los lunes eran indefectiblemente negros por el suplicio del colegio. En el colegio no se entendía ese pálpito por las cosas que el señor Palacios, con su metro y medio de estatura, sus gafas de miope, el señor que te cortaba la entrada vestido de uniforme, me certificaba con la entrega de esos rollos de papel en un pacto secreto que él y yo habíamos alcanzado como colegas, aunque nos separaran unos cincuenta años de edad. Yo iba entre semana, a la salida del colegio, me quedaba un rato ante la verja del cine más allá de la cual no se veía nada aunque sabías que estaba el vestíbulo y las tres puertas de entrada a la sala, y la barra del bar, y las palomitas, y aquel olor a cine, que no era el de las palomitas sino el de mil aventuras llenas de colorines, apuros, risas y besos en la boca que después dejaban una especie de resonancia hueca, como diciendo, aquí estuvimos, ahora a saber. Pues yo me quedaba ahí quieto y enseguida emergían de la oscuridad las gafas del señor Palacios, que ya no llevaba su uniforme de los domingos de conserje sino una chaqueta de lana gorda de las que se hacían en casa, y abría la puerta, alargaba la mano, y me entregaba el rollo de papel envuelto como si fuera un pergamino secreto. Parco en palabras, porque no quería que nadie se enterase para que no le marearan con lo de los carteles, el señor Palacios nunca me dijo no a un cartel.

El poster de “Lo que el viento se llevó” tuvo una significación especial para mí porque me recordaba la proyección de una película que, si ya era por sí misma un acontecimiento, no lo fue menor el de su llegada. Tanta gente, tantos minutos, tantos días en cartel en una ciudad tan pequeña en la que, con suerte, había cine desde el viernes y hasta una sesión el lunes, y eso si la película era gorda. Pero ésta estuvo dos semanas, hasta en miércoles, y se veía con colores extraños, fuertes, y la imagen era cuadrada, y la música sonaba a música de película de la tele más que de película de cine, y si había tanta gente fuera ni te cuento la que había dentro de aquel cuadrado de luz increíblemente inacabable, ese incendio, esos gritos, el señor del bigote brillante, la señora guapa que se hacía un traje con una cortina porque para chula, ella. Y también era raro, muy raro, que quien me acompañara al cine fuera mi abuela y no mi padre y que yo fuera el único niño que veía aquello.

“Lo que el viento se llevó” supuso para mí el descubrimiento de lo que sucedía en la sala durante la proyecciónde una película y la intuición de lo que debía suceder detrás de la cámara que había rodado eso tan gigantesco e hiperbólico que, a los sones de trompetas y la imagen a contraluz de Scarlatta O´Hara empuñando la tierra de Tara en un crepúsculo en technicolor de esos rabiosos, como rabiosa estaba ella porque cuatro horas y puteada al final, hay que fastidiarse, levantó un aplauso gigantesco en la sala. El señor Palacios hizo un así discreto con la cabeza cuando pasé por su lado y días después me planté frente al cine, que era un cine en sombra, para que a los pocos minutos alargara la mano entre la verja y me hiciera entrega del resumen de toda aquella emoción. El cine es una realidad maravillosa fabricada por unos señores que viven, por lo general, en una pavorosa irrealidad.

Hoy hace 70 años que en un cine de Atlanta se encendió y hasta se incendió la pantalla con el metraje infinito de “Lo que el viento se llevó”.