Refugio

Ayer por la tarde, en el tren, una chica leía el primer ladrillo del Millennium de Larsson y de su oreja derecha pendía el cablecito de un auricular conectado a la oreja izquierda de un chaval que leía una edición del Tom Sawyer de Mark Twain. A veces hay cosas tan dispares que se necesita un cablecito de auricular para que sepas que van juntas. En medio de los dos había un bolso que todo él era una excusa para lucir, impresa tropecientas veces, tantas como para pisarse las unas a las otras, el logo de una marca petarda. El bolso me recordó la manta que hacía de muro de Jericó separando a Clark Gable de Claudette Colbert. Eso sucedió una noche lejana en aquella comedia de Capra que duerme en las estanterías, concretamente en una que tengo a mis espaldas, sección comedia americana, años 30.

Pasaban esas cosas en el tren y más. Pasaba gente por el pasillo camino de la cafetería, por ejemplo, y pasaba una señorita ofreciéndonos auriculares, a ellos que estaban unidos por uno y a mí que me mantenía unido a otro, de la oreja izquierda a la derecha. La señorita pasó de largo como de largo pasaban los que iban y venían a la cafetería con una lata en la mano o un donut o una botella de agua pero yo me quedé sentado en el asiento 4D, ventanilla y niebla, porque para entonces ya había decidido que me iba a esconder un poco este fin de semana. La necesidad de esconderme viene a veces, y un viernes de niebla por la tarde y anuncio de frío siberiano junto con la toma de conciencia de que han pasado tantas cosas, buenas y malas, y tan deprisa, junto con cierta tranquilidad de espíritu hacen que al final uno se encuentra echándose de menos a sí mismo y dice: pues me escondo.

Es lo mejor.

Bajaba del tren y en el andén flotaba la niebla en una capa densa a pocos metros del suelo, como en esas películas en blanco y negro con tren que tanto prometen y tan generosas son en lo que dan, la mayor parte de las veces. Empecé escondiéndome en el abrigo, subiendo el cuello de manera que me cubriera las orejas. En algún lugar de la ciudad, el alcalde procedía en esos instantes al encendido del alumbrado navideño, tan raquítico este año (las luces, el alcalde no que está de buen año el hombre). Mientras caminaba a casa pensé que las luces igual también se escondían de algo y al pasar por una tienda me entraron unas ganas tontas de comprarme una bolsa grande de patatas fritas. La tienda se veía más que las luces de Navidad. Imaginé que igual habría un nexo entre las ganas repentinas de patatas fritas y las escuálidas y débiles guirnaldas de bombillas y que la cosa no era tan rara; recordemos, si no, la combinación entre el ladrillo del Millennium y el Tom Sawyer del tren. Necesitaba, eso sí, de algo que los vinculara, igual que el cablecito de los auriculares había unido a los dos lectores. Uno treinta y cinco, me dijo la cajera y gracias, no necesito bolsa que vivo aquí al lado, respondí yo mientras recogía el cambio.

Subiendo por el ascensor hinqué el diente a una patata frita mirándome en el espejo y decidí que el vínculo era el escondite. Así que al entrar en casa apagué el móvil principal y me senté en la mesa de la cocina a dar cuenta del resto de la bolsa planificando escondites: ver películas en casa abrigado por una manta, no salir, bajar las persianas al anochecer, apartar y aparcar las cosas y los pensamientos que no juegan al escondite porque son unos rancios. Etcétera.

Ahora escribo este post desde este escondite confortable y temporal esperando al temporal siberiano del que dan cuenta los informativos. Para cuando llegue yo tendré que salir de la madriguera pero mientras tanto ando por aquí, es un decir porque andar, ando poco, a no ser por el pasillo cogiendo una película de la estantería de una habitación o poniendo la hoja en blanco del papel pautado en el atril del piano porque tengo yo un algo por dentro de esos que raramente te dicen, tú pon la hoja por si acaso. La habitación desde la que escribo está en penumbra y yo tecleo dentro del círculo amarillo de una lamparita que ilumina las teclas, mis dedos, la novela El Estatus y el ensayo sobre la culpa de Rojas Marcos (hija), un disco duro portátil, un montón de papeles, un guardián entre el centeno en inglés, unas Cantatas de Bach en la edición rojiza de la NBA, lápices, tres pendrives y el móvil apagado. El otro móvil, el encendido, está en el bolsillo del abrigo esperando a que termine este recreo, este silencio, esta ausencia, esta tranquilidad. Sólo se oye el ventilador silencioso del ordenador y el clic clac de las teclas. Hace rato que ha oscurecido y la niebla me insonoriza del mundo que está al otro lado de la persiana.

6 pensamientos en “Refugio

  1. toni

    miro debajo de la cama y veo otro escondite imprescindible. en los auriculares suena una guitarra que arropa los sueños que aún no tenemos, pero que vendrán. en breve. lo sé.

  2. C.

    Vuelvo también de un fin de semana viendo pelis al calor del fuego, de las mantitas y de mis hijos pegados cuales lapas -el mejor calor del mundo-. Fuera, un frío del Norte helador.

  3. César

    ¡yo también quiero pasar un fin de semana escondido! hoy habrá que salir para ir a Castel-Ruiz. ¿llevo un chocolate calentito para después?

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