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Costumbre 31 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , Añade un comentario

Cuando me pongo un poco melancólico, suelo consultar la temperatura que hace en Providence. Qué se me habrá perdido a mí allá si ni siquiera sé si tendrá una plaza con una fuente a la que el tráfico deje hablar con su borboteo discreto. Tengo en el móvil un botón que te dice la temperatura de los sitios, y si llueve o si hace sol o si hace nada. Y si es de día o si es de noche, por si se te olvida. Providence es un sitio en el que a veces es de noche siendo aquí de día. Lo que no dice el móvil es si Providence es grande, mediano o pequeño pero da igual porque lo que me interesa a mí es ver la temperatura que marcan los termómetros allí cuando me pongo un poco melancólico. Hace un rato marcaban -2 y antesdeayer marcó un -9 que me hizo cerrar los ojos y pensar en gente que iba y venía encogida por las calles solitarias, con gorros en la cabeza y nubecitas de vaho concentradas alrededor de la boca. Y pensé en habitaciones con unos libros apoyados en un estante, y en cocinas con un tarro de mermelada y en personas que veían la televisión, barrían un pasillo silbando o se daban un beso en secreto. Eso pasó.

Zulueta 30 December, 2009

Escrito por emejota en : Cine , 2 comentarios

O no está acostumbrado el blog a estas ausencias mías o tiene celos porque ha echado el cerrojo y cuando he querido entrar para escribir este post me ha pedido la contraseña.

Qué paciencia.

Sobre todo para encontrar la contraseña. Es curioso lo de las contraseñas porque pasa el tiempo y las automatizas y no te enteras del efecto. Qué efecto. Pues el efecto que adviertes cuando, como a mí hace unos minutos, olvidas la contraseña, la buscas y entonces te das cuenta de que la contraseña dijo algo que ya no dice. O dice algo distinto a lo que dijo en su momento.

Lo importante es que ya estoy dentro, un poco de polvo hay por aquí, y que si lo anterior parece una digresión ajena al título del post se debe a que de Zulueta ya he hablado varias veces en esta misma pantalla y que la novedad reside en que me cabo de enterar de que ha muerto. Tampoco me he parado a leer la letra pequeña, donde suelen explicar la causa del óbito o fallecimiento, pero qué más da cuando lo que te choca es el titular, cuando el muerto estuvo siempre en la cuerda floja de la mala salud y cuando, y esto es lo más importante, ya no tiene remedio, independientemente de lo que haya ocasionado la muerte.

A la gente le gusta saber de qué se ha muerto la otra gente. Eso es por morbo, un morbo que esconde una curiosa jerarquía mortuoria. Parece que tiene más impacto mediático morirte de algo fulminante pero, sin embargo, una larga enfermedad parece llevar implícita corbatas negras y gafas negras de funeral tenso. Pues se ha muerto Iván Zulueta, y como las otras redes sociales me dejan decir lo mismo pero en breve, no he podido empezar allí con la entradilla anterior pero sí he podido decir algo que repetiré aquí, lugar donde, si hiciera falta, hasta podría explayarme. Pero no creo que sea necesario: Zulueta fue el director de “Arrebato” pero si dices que fue un ser genial saldría también la película “Arrebato”. Son sinónimos. Y que hay muchos directores, muchos menos artistas y un solo Zulueta. Y ya ni eso.

Lo que no he dicho es que igual Zulueta no fue ni director pero eso pasa cuando uno es artista de verdad, que puede ser director y mecanógrafo y hacer obras de fontanería e incluso ser muy torpe para otras cosas, prácticas o por no haber practicado. Cuando se tiene el don, uno, otro, el que sea, se tiene. Y no hay verdad más grande, que sentenciaba Lorca en otro contexto.

Lo del “Arrebato” de Zulueta del 80 no lo terminó de pillar mucha gente porque el diccionario y cierta pasión en las venas ha hecho de la palabra algo así como un guantazo de letras o un vociferío con erre vibrante. Pero resulta que el arrebato de Zulueta era más del tipo del arrebatamiento místico, solo que el éxtasis aquí era ante el álbum de cromos de La Bella Durmiente o de la Flora y Fauna Marina que regalaban con los Donuts y no ante la estampita de una santa. En la contemplación prolongada de la impresión en cuatricomia de esas estampas con bordecito blanco prende el arrebato de Zulueta. Quien lo probó, lo sabe, vuelve a sentenciar Lorca desde otro contexto.

Cuando ví “Arrebato” me sentí comprendido y confortado. Y menos raro. Fue un alivio. Luego apareció el espectro de Will More y todos abrimos mucho la boca de asombro y de miedo y de ternura y de respeto. Así, con las tres i griegas en la misma frase. Y ahora me estoy acordando de la casa vegetal y destartalada de Zulueta en San Sebastián, enseñando cromos con el batín puesto como quien comparte una reliquia y su madre preguntándole al fondo qué le apetece hoy para comer.

Navidad 25 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 9 comentarios

Lo mejor que le puede pasar a una navidad es que transcurra con una tranquilidad de mazapán.

Cartelera 23 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios, Cine , 3 comentarios

Películas para una Navidad.

Umm (pensando)

La Carrera del Siglo, El Baile de los Vampiros, La Bruja Novata y Fanny y Alexander.

Me salen las mismas siempre de tirón. Las tres primeras por reminiscencias de navidades pasadas, la última (primera en tantas cosas) por las navidades pasadas que pasan dentro de ella cada vez que la ves y por todo lo demás. Dura tanto y tan bien que cabe todo lo demás.

Luego están las películas que te regalas, en el sentido estético o en el sentido material; a veces en los dos sentidos. El primer regalo ha sido la placentera revisión de “El placer”, de Max Ophuls, más regalo aún para los sentidos en la reciente y primorosa edición en dvd por Versus. Me ha dejado en silencio de palabras, como en el cine mudo, aunque en el cine mudo las palabras de los intertítulos eran lo único que allí se hablaba. Y eso es porque me ha dejado dentro de la película, todavía no he salido de ella, lo haré en breve que mañana es Nochebuena y hay que cenar y antes hay que ayudar a preparar la cena y hacer alguna cosa más.

El Festin de Babette, claro, también.

Lotería 22 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios

En mi casa, durante años, el sonido del sorteo de la Lotería de Navidad que salía desde la radio de la cocina marcaba el comienzo de la Navidad. Años después, en otra cocina, en otra radio y en otra estación meteorológica, una locutora anunció que el estallido que acaban de oir pone el punto inicial a las fiestas de San Fermín. Lo del punto inicial se me quedó a mí grabado al igual que el sonido de los bombos y la letanía de los números y los premios en las interminables series. Nada había más confortable que escuchar esa banda sonora al despertarme y entrar a la cocina donde mi madre ya preparaba algo para la cena de Nochebuena. Los cristales estaban impregnados de vaho, detrás se adivinaba una mañana de frío gris, ya no había colegio y toda la mañana llevaba el pijama puesto. En mi recuerdo todos los años pasaba lo mismo. El recuerdo a veces se hace un bucle a sí mismo y en él siempre llevo el pijama puesto. Llevar el pijama puesto toda la mañana era como un seguro por si alguien se había equivocado y resultaba que sí, que había que ir al colegio.

Es curioso cómo pasan etapas sin que nos percatemos de la línea recta que las delimita; quizá es que la línea no es recta o quizá es blanda, a saber lo que es, pero había un tiempo en que si conjugabas en pasado el sorteo de la mañana del 22 de diciembre te salía en blanco y negro de película de José María Forqué y voces de No-Do saliendo de una radio en Onda Media, con interferencias marcianas y es ahora, otro 22 de diciembre, cuando vuelven a girar los bombos, y los colores de la voz televisiva de Marisa Abad y la voz de Frecuencia Modulada de Iñaki Gabilondo, tranquilas y risueñas ambas voces, ya han dejado de ser presente para pasar a su izquierda, que es donde sitúamos las cosas que no pasan, sino que pasaron y no vuelven. Es curioso que pongamos el futuro en una columna a la derecha del presente y el pasado a su izquierda.

La mañana del 22 de diciembre, a primera hora, en la cocina de mi casa, con el vapor en los cristales y el cola-cao encima de la mesa, empezaba la Navidad en pijama. Había una caja donde se guardaba el Belén y otra donde se guardaba todo aquello que servía para vestir al árbol de navidad. Nuestra generación fue aquella que supo la cruda realidad de los Reyes Magos conservando la ingenuidad de estar contribuyendo, sin saberlo, al desastre ecológico del planeta poniendo árboles de navidad de verdad en los recibidores o en los cuartos de estar de las casas y no reciclando ninguna caja de turrón. Luego nos entró algo de culpa a algunos pero nos quedó en el pasillo el olor a pino o a abeto, y la guirnalda de papa noeles que llevaban dentro una luz nos despertó ese fetichismo por lo retro de los abalorios navideños.

Ahora, en mi casa, la Navidad no la pone en marcha el sorteo de la Lotería porque la cocina no lo echa en falta, quizá por falta de vaho en los cristales. Hay una frontera, de nuevo invisible, que más pronto o más tarde nos afecta a todos y que transforma lo que fue la Navidad en una mesa con menos gente sentada alrededor cada vez, como en la novela de los diez negritos y, para muchos de los que siguen allí con el cubierto en la mano, las ganas por dentro de que pase pronto el trago de las fechas, a la columna izquierda del pasado, ya que su presente es un marrón inevitable.

Invierno 21 December, 2009

Escrito por emejota en : Varios , 1 comentario

Invierno es una palabra dormida.

Muy 20 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 12 comentarios

Muy contento, muy arropado, muy indefenso, muy agradecido, muy emocionado, muy perdido, muy nostálgico, muy satisfecho, muy triste, muy sonriente, muy cansado, muy ilusionado, muy silencioso, muy tranquilo, muy feliz, muy contradictorio. Muy.

Diario 17 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 4 comentarios

Mira que es difícil que nieve por estos lares, no?

Pues ha caído toda.

Caía mansamente por la noche pero me acosté pensando que esa expresión, la de caer mansamente por la noche, se había inventado para quedar bien un rato y fundirse enseguida. Sin embargo, a eso de las 7:30 de la mañana un ruido extraño me ha despertado. Eran los de la brigada municipal haciendo ras ras en las aceras para hacerlas transitables con un objeto que parecía una escoba pero que sería otra cosa. Una máquina hacía lo propio en el asfalto y un funcionario madrugador, ay, casi se defunciona de un resbalón al torcer la esquina. Yo me he quedado con la boca abierta por el espectáculo visual, insólito, y porque, mira qué casualidad, tenía que atravesar la ciudad, cosa insólita también en mí, para acudir a la redacción de un periódico para una entrevista.

Enfundado en la bufanda de Gloria-madre y en unos guantes he salido a la calle y entre nubecitas de vaho del aliento y unos pasos precavidos que hacían crap crap con preocupante frecuencia, he alcanzado la dichosa redacción. Una vez allí he caído en la cuenta de que no sabía bien el motivo de la entrevista. El médico el otro día se me quedó mirando y exclamó pero cuántas cosas y por un instante pareció que se refería a que la analítica decía cosas raras. Es verdad. Lo de las cosas, no lo de la analítica. Pero no sé, así han venido, qué le voy a hacer.

La redacción me era conocida pero la periodista no. Me ha pasado a lo que parecía una sala de reuniones con una mesa muy grande y ovalada, ha puesto sobre ella un grabador del tamaño de un Huesitos (se me ha despertado el hambre de chocolate) y un cuaderno con letra apelotonada a varias tintas y me preguntado si podía decir algo sobre mí a modo de entradilla. Uff, he contestado de entradilla. Es como cuando vas a un médico nuevo y te dice todo jovial: explícame un poco cómo empezó todo y tal. Y te da un bajón de glucosa lo menos (bendito Huesitos) por tener que empezar a contar por enésima vez la batallita del consabido rollo. La pregunta de la periodista aún era más complicada porque al menos la historia clínica es consistente, objetiva e inamovible pero mi curriculum es una cosa caleidoscópica. Salvado el trámite, la entrevista ha resultado ser por el libro, no por el concierto ni por el corto, así que he hecho un así mental con la mano como apartando dos montones y hemos ido al asunto.

Mi preocupación estaba en el viaje que tenía que hacer 100 kilómetros al norte en cuanto terminara allí, más que nada por el estado de la carretera. 100 kilómetros al norte tenía que grabar una entrevista larga en la Cadena SER de Pamplona aunque esta vez sí que sabia a que iba: a lo del concierto de este fin de semana, repetición del concierto del otro día. Por el camino, David me ha mandado un mensaje al móvil dándome los buenos días en mayúsculas. Le he respondido que buenos días nevadísimos. Ah, si? ha preguntado él. Y he sacado una foto con el móvil del paisaje que había al otro lado de la ventanilla y se la he enviado con un: mira. Y él: jo, qué morro. Y yo, observando al conductor: no sé si aquí todo el mundo piensa lo mismo. Pero misterios del cambio climático o vete tú a saber, allí donde si nieva es que nieva de verdad pues como que hoy no. Es decir, que lo que tocaba al Norte se había ido al Sur. Nieve había, pero ni comparación.

La Cadena SER en Pamplona se lo monta pero que muy bien. Allí entrábamos Pello Ruíz, director de mis partituras este próximo fin de semana, y yo con la bufanda de Gloria-madre y un abrazo de David en la mano donde llevaba el móvil. El periodista nos estaba esperando y tras unos preliminares hemos dado comienzo a una conversación que se supone transcurría el próximo sábado por la mañana y que hemos acabado casi una hora después. El técnico ha editado los pequeños fragmentos musicales que habíamos insertado a lo largo de la charla y buenas tardes, buenas tardes, hasta cuando queráis, pues muchas gracias.

Unos minutos de coche después me encontraba en una ciudad a bajo cero, bajo un azul radiante y sobre un manto blanco y verde, y amarillo y rojo (la naturaleza desfilaba hoy su colección otoño/invierno primorosamente). Allí, tras despedirme de Pello, me he acordado de que no había comido y me han entrado unas ganas grandes de tomarme un chocolate caliente, yo creo que en parte por el frío y en parte por el influjo de la visión del grabador en forma de Huesitos de la mañana. He pedido en una cafetería chocolate con churros sabiendo que los churros me sientan como un tiro y me han sentado como un tiro.

En el autobús de vuelta, me he quedado dormido mientras escuchaba la nana que compuse en su día para Jon, no sé si eso es un mérito o un demérito de la nana, pero si no llega a ser porque ha sonado el móvil igual aparezco en Huelva, tan profundo dormía yo a los sones de unos ea ea ea repetidos en bucle.

Escribo ahora mientras escucho la nana, dormida tantos meses en el iPod. No es un ejercicio de narcisismo. Es nostalgia de un tiempo de colores la que me ha venido hoy en este día en blanco.

Nieve 16 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentarios

Nieva esta madrugada. Y es como si sólo yo me diera cuenta. Y es como si yo, solo, me diera cuenta.

Tara 15 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios, Cine , 10 comentarios

Lo que el viento se llevoEste no es el póster original de “Lo que el viento se llevó”, pero es igual al que el señor Palacios me dio a escondidas un día de invierno al salir del colegio, alargando su mano tras la verja del cine donde trabajaba. Lo colgué en la pared de mi habitación, junto con otros. Quizá era raro ver atravesar el parque al anochecer a un chaval con la mochila en la espalda y algo parecido al plano de un arquitecto enrollado en la mano, como quien llevaba algo valioso y cuya cotización venía dada por la emoción sentida el domingo precedente en la butaca ante cosas como “El Imperio Contraataca” o “Ben Hur”, que fueron ocupando su sitio en mi habitación.

Mirar esos posters era rendir un tributo a ese mundo que se iluminaba en la pantalla todas las semanas a la misma hora y en el que me sumergía con especial entrega sabedor de que los lunes eran indefectiblemente negros por el suplicio del colegio. En el colegio no se entendía ese pálpito por las cosas que el señor Palacios, con su metro y medio de estatura, sus gafas de miope, el señor que te cortaba la entrada vestido de uniforme, me certificaba con la entrega de esos rollos de papel en un pacto secreto que él y yo habíamos alcanzado como colegas, aunque nos separaran unos cincuenta años de edad. Yo iba entre semana, a la salida del colegio, me quedaba un rato ante la verja del cine más allá de la cual no se veía nada aunque sabías que estaba el vestíbulo y las tres puertas de entrada a la sala, y la barra del bar, y las palomitas, y aquel olor a cine, que no era el de las palomitas sino el de mil aventuras llenas de colorines, apuros, risas y besos en la boca que después dejaban una especie de resonancia hueca, como diciendo, aquí estuvimos, ahora a saber. Pues yo me quedaba ahí quieto y enseguida emergían de la oscuridad las gafas del señor Palacios, que ya no llevaba su uniforme de los domingos de conserje sino una chaqueta de lana gorda de las que se hacían en casa, y abría la puerta, alargaba la mano, y me entregaba el rollo de papel envuelto como si fuera un pergamino secreto. Parco en palabras, porque no quería que nadie se enterase para que no le marearan con lo de los carteles, el señor Palacios nunca me dijo no a un cartel.

El poster de “Lo que el viento se llevó” tuvo una significación especial para mí porque me recordaba la proyección de una película que, si ya era por sí misma un acontecimiento, no lo fue menor el de su llegada. Tanta gente, tantos minutos, tantos días en cartel en una ciudad tan pequeña en la que, con suerte, había cine desde el viernes y hasta una sesión el lunes, y eso si la película era gorda. Pero ésta estuvo dos semanas, hasta en miércoles, y se veía con colores extraños, fuertes, y la imagen era cuadrada, y la música sonaba a música de película de la tele más que de película de cine, y si había tanta gente fuera ni te cuento la que había dentro de aquel cuadrado de luz increíblemente inacabable, ese incendio, esos gritos, el señor del bigote brillante, la señora guapa que se hacía un traje con una cortina porque para chula, ella. Y también era raro, muy raro, que quien me acompañara al cine fuera mi abuela y no mi padre y que yo fuera el único niño que veía aquello.

“Lo que el viento se llevó” supuso para mí el descubrimiento de lo que sucedía en la sala durante la proyecciónde una película y la intuición de lo que debía suceder detrás de la cámara que había rodado eso tan gigantesco e hiperbólico que, a los sones de trompetas y la imagen a contraluz de Scarlatta O´Hara empuñando la tierra de Tara en un crepúsculo en technicolor de esos rabiosos, como rabiosa estaba ella porque cuatro horas y puteada al final, hay que fastidiarse, levantó un aplauso gigantesco en la sala. El señor Palacios hizo un así discreto con la cabeza cuando pasé por su lado y días después me planté frente al cine, que era un cine en sombra, para que a los pocos minutos alargara la mano entre la verja y me hiciera entrega del resumen de toda aquella emoción. El cine es una realidad maravillosa fabricada por unos señores que viven, por lo general, en una pavorosa irrealidad.

Hoy hace 70 años que en un cine de Atlanta se encendió y hasta se incendió la pantalla con el metraje infinito de “Lo que el viento se llevó”.

Estampa 15 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 2 comentarios

En el tren. Un adolescente, sentado en el andén, tirita de frío (su pierna derecha tirita de ansiedad en un sube y baja constante). No se percata de que le miro. Frío sol de invierno al otro lado de la ventanilla. La Torroja me susurra al oído desde 1991. Se le escucha nítidamente a pesar de hacerlo desde tan lejos.

Album 14 December, 2009

Escrito por emejota en : Album , 4 comentarios


Presentación del segundo volumen de “La Idea del Norte”, en mano a mano con el escritor Pepe Alfaro y con el público de testigo haciendo (interesantes) comentarios. Hoy.

Sueños 13 December, 2009

Escrito por emejota en : Cine , 4 comentarios

“¡Jesús, Jesús! Las cosas que hemos visto…” (William Shakespeare)

My own private IdahoCreo que no es fácil encontrar un personaje más frágil y desamparado que el que encarna River Phoenix en “Mi Idaho privado” (Gus Van Sant, 1991). Roto desde el primer fotograma, huyendo de la autocompasión por las carreteras de esta road movie que no es una road movie, nos impone y nos encoge el corazón a partes iguales. Eso es lo primero que quedó en la retina del primer visionado en la ventana del betamax de esta película rara, poética, enseguida etiquetada como película de culto, allá cuando teníamos 20 años y que ahora, editada al fin tras un incomprensible y larguísimo espacio de tiempo, a punto de sumar otros 20, confirmamos: es difícil permanecer impasible ante la entereza desamparada de este personaje que tan bien encarna River Phoenix, inquietante como nunca.

Pero eso no basta para tener en estima a esta película. Hay más cosas. Si sólo se tratara de eso diríamos que es una película de chaperos donde la cámara centra su objetivo en dos; uno lo es por necesidad y el otro por rebeldía. El primero es River Phoenix que a lo largo del metraje persigue y es perseguido por dos tipos de sueño: el primero, la búsqueda de la seguridad y la inocencia perdidas encarnadas en la figura de una madre prontamente desaparecida; el segundo, la narcolepsia que fulmina su consciencia secuencia tras secuencia. Aquí es donde viene bien presentar al chapero número dos, Keanu Reeves, su ángel de la guarda, hijo de político ricachón, heredero de un imperio que ha decidido cruzar al otro lado de la calle, donde están los callejones oscuros y los cuartuchos sórdidos y abandonados para dedicarse, digámoslo sin rodeos, a joder. Principalmente a su padre.

Lo que vuelve especial a esta historia es que aborda de manera certera la sutil y confusa frontera que separa en ocasiones la lealtad incondicional, la devoción y la camaradería de la amistad adolescente de lo que en realidad es un amor profundo, tan profundo que a veces los aludidos no se enteran, o tan profundo que, si se enteran, se mira por si acaso para otro lado. Como dice la película en un momento dado, “ya que otra cosa es imposible, al menos estoy a su lado”. Si algo convierte realmente en excepcional la tan nombrada escena en la que River Phoenix declara a Keanu Reeves sus sentimientos es, justamente, que sólo suceda en un sueño de una de las crisis de su narcolepsia.

Y especial y alucinante es la irrupción en el entorno urbano y moderno de un personaje grotesco que nos hace levantar la ceja al reconocerlo enseguida: es Falstaff, el personaje de Shakespeare, pendenciero, vanidoso, embustero y embaucador. De pronto se abre un espacio “extraño” pero muy bien encajado en medio de la película y de la gran urbe, y los solares y los edificios abandonados se convierten en escenario de una representación donde los indigentes y los chaperos pasan a ser extras de reparto, y la música de los coches se funde con una banda sonora juglaresca, y las botas de cuero y los vaqueros lucen como un atuendo de atrezzo de época. Es entonces cuando el diálogo literal de “Enrique IV” se filtra en el guión de Van Sant y se distribuyen convenientemente los papeles: Keanu Reeves es un trasunto del príncipe Hal que traicionará un día a su mentor y compañero de correrías, Falstaff, y lo humillará hasta herir de muerte su corazón, rechazándolo, cuando se convierta en Enrique V: “No te conozco, anciano. He soñado largo tiempo con una especie de hombre como tú, así de libertino, pero ahora he despertado y desprecio mi sueño”.

De sueños imposibles va colmada esta película. “Oh, sueño, amable sueño”, dice el rey Enrique IV en el texto de Shakespeare. River Phoenix sueña caído en la cuneta de una carretera solitaria cuyo final se pierde en el horizonte.

Refugio 12 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios

Ayer por la tarde, en el tren, una chica leía el primer ladrillo del Millennium de Larsson y de su oreja derecha pendía el cablecito de un auricular conectado a la oreja izquierda de un chaval que leía una edición del Tom Sawyer de Mark Twain. A veces hay cosas tan dispares que se necesita un cablecito de auricular para que sepas que van juntas. En medio de los dos había un bolso que todo él era una excusa para lucir, impresa tropecientas veces, tantas como para pisarse las unas a las otras, el logo de una marca petarda. El bolso me recordó la manta que hacía de muro de Jericó separando a Clark Gable de Claudette Colbert. Eso sucedió una noche lejana en aquella comedia de Capra que duerme en las estanterías, concretamente en una que tengo a mis espaldas, sección comedia americana, años 30.

Pasaban esas cosas en el tren y más. Pasaba gente por el pasillo camino de la cafetería, por ejemplo, y pasaba una señorita ofreciéndonos auriculares, a ellos que estaban unidos por uno y a mí que me mantenía unido a otro, de la oreja izquierda a la derecha. La señorita pasó de largo como de largo pasaban los que iban y venían a la cafetería con una lata en la mano o un donut o una botella de agua pero yo me quedé sentado en el asiento 4D, ventanilla y niebla, porque para entonces ya había decidido que me iba a esconder un poco este fin de semana. La necesidad de esconderme viene a veces, y un viernes de niebla por la tarde y anuncio de frío siberiano junto con la toma de conciencia de que han pasado tantas cosas, buenas y malas, y tan deprisa, junto con cierta tranquilidad de espíritu hacen que al final uno se encuentra echándose de menos a sí mismo y dice: pues me escondo.

Es lo mejor.

Bajaba del tren y en el andén flotaba la niebla en una capa densa a pocos metros del suelo, como en esas películas en blanco y negro con tren que tanto prometen y tan generosas son en lo que dan, la mayor parte de las veces. Empecé escondiéndome en el abrigo, subiendo el cuello de manera que me cubriera las orejas. En algún lugar de la ciudad, el alcalde procedía en esos instantes al encendido del alumbrado navideño, tan raquítico este año (las luces, el alcalde no que está de buen año el hombre). Mientras caminaba a casa pensé que las luces igual también se escondían de algo y al pasar por una tienda me entraron unas ganas tontas de comprarme una bolsa grande de patatas fritas. La tienda se veía más que las luces de Navidad. Imaginé que igual habría un nexo entre las ganas repentinas de patatas fritas y las escuálidas y débiles guirnaldas de bombillas y que la cosa no era tan rara; recordemos, si no, la combinación entre el ladrillo del Millennium y el Tom Sawyer del tren. Necesitaba, eso sí, de algo que los vinculara, igual que el cablecito de los auriculares había unido a los dos lectores. Uno treinta y cinco, me dijo la cajera y gracias, no necesito bolsa que vivo aquí al lado, respondí yo mientras recogía el cambio.

Subiendo por el ascensor hinqué el diente a una patata frita mirándome en el espejo y decidí que el vínculo era el escondite. Así que al entrar en casa apagué el móvil principal y me senté en la mesa de la cocina a dar cuenta del resto de la bolsa planificando escondites: ver películas en casa abrigado por una manta, no salir, bajar las persianas al anochecer, apartar y aparcar las cosas y los pensamientos que no juegan al escondite porque son unos rancios. Etcétera.

Ahora escribo este post desde este escondite confortable y temporal esperando al temporal siberiano del que dan cuenta los informativos. Para cuando llegue yo tendré que salir de la madriguera pero mientras tanto ando por aquí, es un decir porque andar, ando poco, a no ser por el pasillo cogiendo una película de la estantería de una habitación o poniendo la hoja en blanco del papel pautado en el atril del piano porque tengo yo un algo por dentro de esos que raramente te dicen, tú pon la hoja por si acaso. La habitación desde la que escribo está en penumbra y yo tecleo dentro del círculo amarillo de una lamparita que ilumina las teclas, mis dedos, la novela El Estatus y el ensayo sobre la culpa de Rojas Marcos (hija), un disco duro portátil, un montón de papeles, un guardián entre el centeno en inglés, unas Cantatas de Bach en la edición rojiza de la NBA, lápices, tres pendrives y el móvil apagado. El otro móvil, el encendido, está en el bolsillo del abrigo esperando a que termine este recreo, este silencio, esta ausencia, esta tranquilidad. Sólo se oye el ventilador silencioso del ordenador y el clic clac de las teclas. Hace rato que ha oscurecido y la niebla me insonoriza del mundo que está al otro lado de la persiana.

Post movido 10 December, 2009

Escrito por emejota en : Varios , 7 comentarios

Protagonistas 9 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 6 comentarios

No sé por qué les llaman “efectos secundarios” si se empeñan en chupar cámara todo el rato.

Pues así estamos.

Contenidos 8 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 1 comentario

Estoy escuchando a Haydn en la batuta de Trevor Pinnock en una grabación de 1989. En estos días de arduos debates sobre las descargas ilegales, los derechos de unos y de otros, los internautas y los creadores de contenidos, escucho el Haydn de Pinnock en una grabación que en la tienda vale un huevo y si me la bajo cometo un delito pero resulta que la tengo bajada, sin delito, aséptica, y sin gastar un duro, y todo porque el grupo RTVE cuelga puntualmente en iTunes sus programas de Radio Clásica dedicados a la integral de Joseph Haydn en unos podcast para que quien quiera se los baje. Está claro que RTVE pagará otro huevo a la SGAE o a la entidad de gestión de derechos que sea, que será la SGAE; está aún más claro que, por tanto, seremos nosotros los que lo estemos pagando pero dividido entre todos y siendo un Haydn en una Radio Clásica la cosa saldrá a una cantidad en céntimos de un cero, una coma y muchos ceros antes de un número.

Dice hoy Rosa Montero en un artículo en El País: “No entiendo que estos aguerridos defensores de la libertad paguen religiosamente sus ordenadores o su wifi a los verdaderos millonarios, pero que luego exijan que los contenidos sean gratis, de manera que los únicos que pringan ahí son los autores. Y es que hay un prejuicio contra Internet, pero también hay un viejísimo prejuicio contra el trabajo intelectual: todo el mundo entiende que tiene que pagar una máquina, pero lo de pagar una idea no termina de entrarnos”. Claro. Quizá porque hemos estado muchos años acostumbrados a un servicio público en lo audiovisual. Y estoy a favor de ello, que conste. Llegabas a casa, ponías la radio y sonaba lo que sea gratis. Y ponías la tele y lo mismo. Ahora ocurre que hay empresas privadas que hacen lo mismo, te ponen un capítulo de “House”, como el de esta noche, y no te cuesta un céntimo (te lo cobran en anuncios pero no importa porque así vas al baño o visitas el frigorífico). Para colmo, el episodio de House de esta noche llega a los pocos días de emitirse en EEUU mientras que si lo quiero comprar legalmente tendré que esperar medio año aproximadamente y cuando meta el disco en el reproductor tendré que aguantar el inmisericorde e inacabable anuncio anti-piratería que me advierte sobre qué se yo que cosas feísimas y me trata como si fuera un criminal en potencia. ¿Por qué poner esos anuncios en los discos originales? La gracia sería ponerlos en los del top manta.

Está todo hecho un lío. Por eso dice Montero en su artículo que los cambios tecnológicos exigen que nos reinventemos los perfiles del mundo. A la espera de la reinvención, esta mañana yo he comprado religiosamente el ejemplar del periódico aportando la parte proporcional a su trabajo pero esta noche, mientras redacto este post, lo estoy consultando gratuita y legalmente en la web del propio diario. Lo dicho, un lío.

Teaser 7 December, 2009

Escrito por emejota en : @wendy, Asuntos propios, David Castillo , 2 comentarios

Audio clip: Adobe Flash Player (version 9 or above) is required to play this audio clip. Download the latest version here. You also need to have JavaScript enabled in your browser.

“@Wendy”. Teaser de audio. David Castillo.

(Hay que cerrar los ojos para imaginar una pantalla en negro y subir el volumen. Más)

Performance 5 December, 2009

Escrito por emejota en : Varios , 6 comentarios

Si John Cage abrió en el espacio sonoro del piano un silencio de 4´33´´, por qué no cerrar el tránsito a las salas de un museo como un acto creativo en sí mismo. Algo así han debido de pensar en este lugar. La forma está cada vez más cerca de la nada.

Resumen 2 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios

“@Wendy” es una elegía.

Diciembre 1 December, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 5 comentarios

Diciembre son algunas de las lágrimas de la otra tarde. Eso seguro.

Y más.

Este primero de diciembre me pilla a mí con cuerpo de no-cumpleaños, no quiere decir eso que me vaya de fiesta porque si no es esa la idea de los cumpleaños no va a serlo de un no-cumpleaños. La idea es de desconexión parcial, tras algunas sobrecargas de voltaje y algún que otro fusible fuera de servicio. Y no sé si meterme en un abrigo para salir a ver la cumbre nevada del Moncayo (tengo nostalgia de la nieve, de dejar impresa la huella de una mano en ella sintiendo la quemazón del frío, de escuchar los pasos crujientes) o asomarme a la acogedora y maravillosa edición de “Para leer al anochecer (Historias de fantasmas)”, de Charles Dickens (Impedimenta) o proseguir con la desconcertante y a cada página que pasa adictiva in crescendo última aventura de Haruki Murakami, última aunque lleve escrita desde 1985, tras la novela del carnero salvaje; ambas comparten corrientes de aires oníricos que soplan de la misma dirección. A saber de qué lugares vienen estas historias como de aventura gráfica que te inducen a desconectar un rato del entorno. “El fin del mundo y un despiadado País de las Maravillas” es el título kilómetrico e insólito. Y digo yo que será por lo de ese País de las Maravillas que he amanecido hoy con esa gana como de desenchufarme de la red y celebrar un no-cumpleaños aprovechando que estrenamos hoja del calendario y el día está esquinado e igual no se nota.

Demostrado está, de todas formas, que los días deparan cosas imprevistas y que a saber qué rumbo tomaremos; si iré al cine con mi hermano esta tarde (invita él, detalle muy de no-cumpleaños) o estaré trabajando como si nada, es decir, trabajando mucho. Las cosas son así últimamente, de ahí la tentación de abrir un paréntesis de una jornada, aunque la voluntad se debata entre el porque sí y el no que se siente un poco culpable. El frío es un elemento que anima a recogerse en uno mismo, eso desde luego.