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Grados 24 noviembre, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios , trackback

Pues pocos. Como tres a la hora que el día levantaba el telón. Tenía que madrugar para dar una clase/charla/experimento a unos niños de un colegio de Pamplona y al acostarme pensé que lo de las charlas es cosa nocturna en mi ritmo biológico aunque también es cierto que el público habitual no es infantil. Confié en el despertador para que cumpliera su cometido puntualmente pero esta vez he sido yo quien ha despertado al despertador haciéndole tap suavemente en la zona correspondiente por donde acostumbra a bostezar y a emitir esos sonidos vigorosos que contrastan con mi estado de shock. La razón de mis desvelos, la última dosis de elixir 2.0, que me parece que cayó torcida.

Al punto de la mañana hacía frío y eso era una novedad. Pero frío de los que dejan una pequeña capa de escarcha sobre los coches. Te cruzas con los habituales, funcionarios, estudiantes y el frutero de abajo, y muestran las mismas identidades pero encogidas. Yo iba un poco fresco, para variar. Ya no tengo abuela para decirme eso de pero qué fresco vas, hijo mío, jo! y Gloria-madre llamó ayer para decir que se iba unos días. Habrá que pensar en buscar la bufanda que tejió “puntico a puntico” Gloria-madre el año pasado.

Hay una belleza especial (fría belleza, vale, pero eso no la hace de menos, al contrario) en un amanecer anticiclónico como el de hoy porque entre el horizonte y los ojos el frío parece captar una instantánea del aire, con sus franjas que van del azul grisáceo al malva, dejando suspendida una película transparente en la que pongo mi atención mientras el autobús recorre el camino acostumbrado por la autopista. Absorta se queda la atención. Luego llegas y trabajas y disfrutas y terminas y vuelves. Y nunca sabes lo que te depara la tarde hasta que llega y te sorprende.