Andrés

Había terminado de comer cuando ha sonado el fijo. Era mi amigo Andrés. Andrés tiene un corazón tan grande que una vez en un quirófano le tuvieron que abrir el pecho para hacerle más espacio y luego volvió a su quehacer que fue, hasta que se jubiló, el de educar a generaciones de chavales que habrán sabido valorar, seguro, al alcanzar la edad en la que uno empieza a valorar esas cosas, lo afortunados que fueron. Se dice que Andrés fue profesor cuando en realidad fue maestro, que es cosa muy distinta. Maestro es una palabra preciosa, que te deja un poso de tiza en los dedos y olor a goma de borrar y ecos con voz suave de un dictado en clase de lengua a media tarde, pero hoy es una palabra devaluada. Como los maestros así son escasos, muy escasos, ahora pasan dos cosas, que o se le llama maestro a cualquiera sin serlo o maestro adquiere en los oídos una sonoridad rara, como de quien adula a un fantasma.

Andrés ha llamado con la voz débil, de esas que, como estás al teléfono y los ojos se alían con los oídos para mirar el espacio entre las sílabas, las entonaciones y el compás que las alienta, te hacen levantar una ceja. Ha pasado una temporada en el hospital, noticia que yo desconocía, porque un día empezó a encontrarse mal y el corazón se le puso a 60 y enseguida a 100 y luego a 140 y aún después a 160. Y eso hace que la aguja del volumen entre en la franja roja, de esas que te dicen, al hospital, anda, al hospital.

Me decía Andrés que se acuerda que tenemos un café pendiente y es de esas frases que te desarman de Andrés. Que encima de lo que lleva te llame con la preocupación de que no pienses que se olvida del café. Cuando le reprendes cariñosamente para decirle que se olvide de cafés y que lo primero es recuperarse te vuelve a desarmar al señalar que es que él disfruta escuchando los proyectos de los amigos, y sintiendo sus ilusiones. Y, sobre todo, compartiendo un rato con ellos. Y yo sé, lo sé de sobra, desde hace muchos años, que dice la verdad.

A Andrés le han dejado sin ascensor y vive en un sexto y medio. Sexto porque es lo que pone en el rellano de la escalera. El medio viene de las escaleras tan raras y tan altas que vienen en el edificio como de extra de dvd, y que conducen del portal al ascensor. Pues no funciona. El ascensor. Y como Andrés no se resigna, dice que sube un piso y se queda un rato parado recobrando el aliento y piensa en sus cosas, y las cosas que piensa son, por ejemplo, el haber descubierto lo sencillo que es todo, el milagro de poder leer de un poema, o de la compañía de una voz al otro lado del teléfono, o de la sonrisa de su nieto, o del placer de escuchar una canción con los ojos cerrados. No hace falta pedirle a la vida más, a excepción de que te ayude a subir al segundo piso y nueva parada momentánea.

Hablando de esto y lo otro ha pasado el rato. Los ratos con Andrés son siempre reconfortantes. Un alivio son los ratos con Andrés. No es de extrañar, siempre lo he dicho, lo suyo con el corazón; es que no le cabe en el pecho y a veces late fuerte y rápido porque quiere salir a respirar fuera. Y eso es bonito si no fuera porque lo de su corazón te pone un ay en el tuyo cada vez que hace una de las suyas. Prometiendo volver a verle muy pronto, he colgado el auricular del fijo y la mano se ha quedado un rato posada en él, como cuando pones una mano en el hombro o en la cara de alguien y le sonríes sin decir nada diciendo tantas cosas.

2 pensamientos en “Andrés

  1. Rachel

    Andrés siempre tiene una sonrisa cuando te ve por la calle, y el brillo en los ojos de quien trasmite pasión cuando habla. Pasión, ilusión y un gran corazón, es verdad.

    Id cuadrando agendas que ese café es de lujo.

    Beso

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