Archivo por meses: noviembre 2009

Adviento

Bach dirigió por primera vez su Cantata BWV 61 el 2 de diciembre de 1714, el primer Domingo de Adviento. Tras ser nombrado Kantor en la iglesia de Santo Tomás en Leipzig, en 1723, la recuperó incorporándola a su primer ciclo de Cantatas de Leipzig.

La inusual conclusión de la obra sustituye el tradicional Coral por un breve movimiento que ilustra, deliciosamente, la capacidad de Bach para iluminar el sentido del texto con sonidos, creando una imagen musical del mismo. El texto dice lo siguiente:

Amén, amén.
¡Ven, hermosa corona de alegría,
no te demores más!
¡Te espero impaciente!”

La idea principal es la de la espera y el ansia ante el advenimiento de Jesús. Y la música contribuye a realzar esta idea de varias maneras:

1. En primer lugar, la multiplicación entre las voces del coro de la palabra “Ven” (“Komm”, en alemán). Ven, suena en las sopranos y en los bajos; ven, se repite con insistencia entre las contraltos y los tenores. Eso subraya la impaciencia, las ganas.

2. Hay un momento muy especial coincidente con el verso final. Al entonar las palabras “Te espero impaciente”, el coro canta una escala musical completa en sentido descendente, es decir: do, si, la, sol, fa, mi, re, do. Así de sencillo y de eficaz. Porque el efecto es evidente: se trata de la ilustración musical simbólica, la llegada desde las alturas, del Hijo de Dios.

3. Mientras esto ocurre y las voces descienden, los instrumentos comienzan a hacer el movimiento contrario, ascendiendo hacia los agudos. Al mismo tiempo, Bach aprovecha las últimas voces que se han quedado rezagadas con el “amén” para hacerles prolongar la vocal inicial, la “a”. El efecto es precioso: mientras los instrumentos “alzan” la vista hacia arriba, las “aes” de las voces sugieren la imagen del asombro y de la sorpresa, las bocas abiertas en actitud de asombro y de anhelo ante el inminente advenimiento.

Visto así, sobre el papel, parece complejo. En el conjunto sonoro, que es donde hay que “verlo”, es de una sencillez y una eficacia pasmosa.

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¿Lo escuchamos de nuevo?

Identidad

Auditorio BarañainEn la realidad pasan cosas más extrañas que en la ficción, de ahí mi admiración  por los que son capaces de fabular historias sacadas de la manga. Iba un día, no hace muchos, caminando por la calle cuando me topé con un cartel publicitario que preguntaba: “¿Quién es Emejota?”. Sustitúyase el nombre que me identifica en este norte imaginario de palabras con el nombre que me corresponde cuando no estoy tecleando y después imagínese mi asombro al leer de nuevo la pregunta “¿Quién es Emejota?” que figuraba en el cartel. Creo que yo, me respondí al mismo tiempo que respondía a la pregunta que me formulaba el cartel. Me pareció todo muy raro y miré a mi alrededor como si hubiera hecho algo malo esperando que no mirara nadie. Bajo la pregunta, impresa en el cartel, figuraba la fecha de hoy, un lugar y una hora, las 20:30. Me entró cierto morbillo. Vas por la calle, un cartel pregunta quién eres y por si no lo tienes claro te prometen contestación proponiéndote una cita con lugar, fecha y hora.

Efectuada la llamada de teléfono correspondiente, bajo una lluvia de hojas de otoño y mientras avanzaba por las calles, supe que Coral Barañáin preparaba un concierto con la integral de mi obra vocal. Y eso, Qué integral y Pero ya da para llenar un programa, fueron tres preguntas que formulé, de eso estoy seguro, lo que no recuerdo es en qué orden.

Hay un momento de incredulidad, inducido por la visión del cartel, en el que por una parte te dejas llevar como si siguieras una broma pero al mismo tiempo algo por dentro empieza a decir ay ay ay y glups, todo al mismo tiempo. A veces caminas bajo una lluvia de hojas de otoño y te entran sudores de primavera, sobre todo cuando a través del auricular te enteras de los detalles y la cosa pinta en serio. Tan en serio pinta que tecleo a unas horas de salir en coche para allá y tengo una sensación de curiosidad y pudor, un algo que no sé yo y al mismo tiempo un agradecimiento a toda la gente involucrada porque me consta que lo hacen con mucho afecto y muchos sudores invertidos.

Una historia que empieza con tintes surrealistas todavía guarda en el tintero algo para el epílogo: tengo prohibida la entrada en el auditorio hasta una hora determinada y esa orden, lejos de producirme ese cosquilleo como de víspera de sorpresa de fiesta de cumpleaños, me produce cierta alarma. Qué me encontraré, si, total, las partituras ya las conozco y en ellas no hay corcheas sorpresa ni acordes escondidos. También tengo aviso de que me pase por taquilla a recoger las invitaciones que están a mi nombre, pero creo que quien me ha dejado el aviso no es consciente de la escena que se va a producir, buenas tardes, buenas tardes, tengo unas invitaciones reservadas para Quién es Emejota, me dice su nombre, por favor?, soy Emejota. A partir de entonces, cuando se enciendan las luces del escenario, se supone que voy a saber algo más de mí. No sé si mirar con atención o girar la cabeza con disimulo hacia otro lado. Depende de quien resulte ser.

Diálogos

La última dosis de elixir 2.0 que, recordemos, cayó torcida por misterios de la biología (o de la biotecnología según la documentación adjunta) y yo entramos a lo largo de la mañana en tres estudios de radio distintos para hablar de una misma cosa: el segundo volumen de “La Idea del Norte”, que abarca una selección (y algún aditivo imperceptible a las papilas gustativas pero necesario para dar el toque del cocinero) de los textos correspondientes al año 2008. Lo del elixir viene porque perdí el diapasón y la brújula y ya se sabe lo que ocurre en estos casos: una mayor tendencia al blablablá pero poca intendencia de ideas (ni del norte, ni del sur, ni del este ni del oeste). Los efectos colaterales, como el cansancio, la imposibilidad de leer o la dificultad de decir las cosas en palabras escritas, no cuenta en una emisora de radio, menos mal.

En una de las emisoras coincidimos en el recibidor un concejal y servidor. En la puerta queda la sombra del concejal, como la de Peter Pan, igual, solo que no se escapa nunca y permanece cerca porque en estos lares es tristemente necesaria y hasta recibe nombre: escolta. El concejal viene con gesto de concejal satisfecho de serlo, esto es, no saluda, no da la mano, no mira a los ojos que le dirigen un buenos días, qué tal; lleva unas gafas oscuras, un abrigo de cuero y las manos convergen en una agenda gorda que lleva colocada como tapando las vergüenzas, debajo del ombligo. El porte es municipal y el cuello, estirado hacia atrás, hace contrapeso de la barriga con la que parece decir, qué pasa. Por unos instantes temo un conflicto diplomático. El concejal tenía vez treinta minutos después de mi vez pero ahí estamos los dos, yo diciendo buenos días, el concejal mirando al frente, hierático (no digamos maleducado para guardar las formas). El periodista ejerce de árbitro entre las partes: enseguida estoy contigo, en cuanto termine la entrevista con este chico, le dice al concejal con naturalidad. Yo carraspeo. El concejal abre por primera vez la boca y dice oye mira, en una hora tengo que estar en el ayuntamiento, no me vengas a joder. El periodista no pierde la sonrisa y añade: enseguida estoy contigo, en cuanto termine la entrevista con este chico. Silencio tenso. A punto estoy de decir al periodista que, no sé, que pase él primero que a mi me da igual pero como el concejal parece que no me ha visto, pues igual no me oye tampoco. Así que paso al estudio.

Hablar de este blog tiene su miga en el sentido de que es la única vez que este caudal de palabras que se acumula a lo largo del año cobra voz de la que se oye. Y se me hace algo curioso, porque es como si le quitara la ropa o quizá, al revés, porque es la única vez  que lo cubro con algo y no aparece desnudo. Tal vez lo que pasa en esos momentos es que soy consciente de que le pongo voz a todas las voces que tiene, que son las de cada una de las personas que leen estos posts. Y me siento como si fuera el doblador de mí mismo en una película o como si me desenmascarara al emejota que aparece en los créditos, como la voz invisible del concurso que pregunta, todas las sobremesas, y para solaz de mi madre, en qué año ganó el Nobel fulanito de tal o cuál es la obra fundamental de Schopenhauer, tiempo!, y que no comparece ante las cámaras.

Aquí las cámaras son los micrófonos, con su alcachofa de color marcada con el logo de la cadena.

El periodista empieza a preguntar desde el otro lado de la pecera y eso produce otra curiosa sensación. Comunicas con un cristal de separación, y el cristal es como la pantalla de cada ordenador a través de la cual se leen estos textos. Estás ahí, cerca, al lado, pero hay una frontera suave, transparente, frontera al fin y al cabo. Pregunta y respondo con mi cabeza espesa, como si el estudio fuera la superficie de Marte o estuviera en alturas andinas y hablamos de la piel de papel en que una vez al año se convierte este blog. Tras el periodista hay otra pantalla de cristal que nos separa del concejal. El concejal camina de derecha a izquierda, inquieto, con el móvil en la mano, conservando el mismo porte como de letra d, la cabeza hacia atrás, la barriga hacia adelante, las piernas desplazándolo a lo largo del encuadre que forma el cristal. El periodista no lo ve porque está a sus espaldas pero mis pupilas van y vienen y me está poniendo un poco negro porque él mismo hace notar que está negro, esperar, él, y por un puto libro que me lo paso por el forro de la concejalía, qué se habrá pensado ése, el periodista, qué se habrá pensado el otro, que soy yo.

El periodista estira la entrevista un poco, no sé yo si porque viene a cuento o por fastidiar un poco la impaciencia del concejal pero al final se apaga el piloto rojo, nos quitamos los auriculares y el concejal al fondo cierra su móvil en una secuencia por este orden. Le manifiesto al periodista mi apuro y nerviosismo por el nerviosismo del concejal pero el periodista hace un gesto como diciendo no pasa nada. Aún quedan dos emisoras. Hablo y hablo, y mientras hablo me doy cuenta de que lo hago como si hubiera puesto el piloto automático mientras estoy en otro lado, no sé si en Marte o en altitudes andinas, de ahí la espesura y el dolor de cabeza. Intento regresar al estudio de ambas radios y ser yo quien camina de una a otra emisora atravesando la fría mañana y las calles en obras. A ratos me encuentro, pero poco y por poco tiempo.

Grados

Pues pocos. Como tres a la hora que el día levantaba el telón. Tenía que madrugar para dar una clase/charla/experimento a unos niños de un colegio de Pamplona y al acostarme pensé que lo de las charlas es cosa nocturna en mi ritmo biológico aunque también es cierto que el público habitual no es infantil. Confié en el despertador para que cumpliera su cometido puntualmente pero esta vez he sido yo quien ha despertado al despertador haciéndole tap suavemente en la zona correspondiente por donde acostumbra a bostezar y a emitir esos sonidos vigorosos que contrastan con mi estado de shock. La razón de mis desvelos, la última dosis de elixir 2.0, que me parece que cayó torcida.

Al punto de la mañana hacía frío y eso era una novedad. Pero frío de los que dejan una pequeña capa de escarcha sobre los coches. Te cruzas con los habituales, funcionarios, estudiantes y el frutero de abajo, y muestran las mismas identidades pero encogidas. Yo iba un poco fresco, para variar. Ya no tengo abuela para decirme eso de pero qué fresco vas, hijo mío, jo! y Gloria-madre llamó ayer para decir que se iba unos días. Habrá que pensar en buscar la bufanda que tejió “puntico a puntico” Gloria-madre el año pasado.

Hay una belleza especial (fría belleza, vale, pero eso no la hace de menos, al contrario) en un amanecer anticiclónico como el de hoy porque entre el horizonte y los ojos el frío parece captar una instantánea del aire, con sus franjas que van del azul grisáceo al malva, dejando suspendida una película transparente en la que pongo mi atención mientras el autobús recorre el camino acostumbrado por la autopista. Absorta se queda la atención. Luego llegas y trabajas y disfrutas y terminas y vuelves. Y nunca sabes lo que te depara la tarde hasta que llega y te sorprende.

Diario

Tecleo desde un despacho del edificio de bibliotecas de la Universidad de Navarra, aunque cabe la posibilidad de que este no sea ese edificio, no sé, me pierdo en este laberinto de edificios, escaleras, controles, pasillos y despachos esparcidos en un bosque imponente. Qué bosque, oye. Pero de los de árboles de tronco inabarcable, olor pirenaico y una gama de verdes que ni el catálogo de Pantones.

He venido a dar una clase (llamémosla así) en un Master para extranjeros. No sé cómo se llama el máster, por cierto, como tampoco sé muy bien si este edificio es el de bibliotecas. Podría salir de este despacho, cruzar el pasillo y entrar haciendo toc, toc en el de Concha para despejar dudas, pero es que oigo de vez en cuando unos tacones por dicho pasillo que acojonan un poco y seguro que me preguntan eh, usted, adónde va, y tal. Mira, tengo otro motivo para cruzar este pasillo: preguntarle a Concha si se escribe adónde o a dónde, porque en la puerta de su despacho pone algo de filología hispánica y eso quiere decir que de dóndes, cómos y qués, saben.

Para llegar aquí desde el Edificio Central he tenido que venir acompañado de dos de las alumnas del Master. Una llevaba la lamparita que siempre me dejan para las conferencias, sea la conferencia que sea, que yo las doy en penumbra creando una atmósfera, cuál, no sé, ya vendrás y lo ves algún día. Como decía, una llevaba la lamparita entre estos bosques salpicados de edificios y otra me decía de usted. Yo confesaba mi desorientación espacial absoluta y sonreían. Majas ellas.

Me han dejado un ordenador en un despacho vacío (es viernes) para consultar el correo y, quién sabe, escribir un post; y aunque eso es lo que está saliendo ocurren dos cosas: una, que hace un calor insoportable que me dice sal, sal. Otra, que este teclado hace un ruído infernal y es resbaladizo, con teclas que bailan de izquierda a derecha y de arriba abajo. Pero prisa, lo que se dice prisa, no tengo aún. Enfrente, en la pared, hay un montón de fotos con grupos de taiwaneses sonrientes. Pone 15 de diciembre de 2006 en una y 13 de Febrero de 2007 en otra. Y más.  Según el archivo de este blog, el 15 de diciembre de 2006 yo tenía un cólico de riñón (puede consultarse, que no quede servidor como alguien que falta a la verdad) y mientras yo estaba hasta los cojones en mayúscula (consúltese igualmente) mira estos taiwaneses, oye, qué sonrientes, uno apoyado sobre su pierna izquierda, otra con los brazos cruzados, otra llevándose la mano hacia el codo contrario como cuando te hacen una extracción de sangre, te ponen el apósito y te despachan con un apriétate un poco. Ahora dudo de si aprietar es tan válido como pretar o si existe siquiera. No importa. Hace un instante ha entrado alguien y he consultado lo del adónde/a dónde y le ha ocurrido como a mí, que ha dudado. Lo han ido a preguntar y según un experto en gramática normativa (en este edificio hay expertos de eso) se escribe de las dos formas siempre que indiquen direccionalidad. Se supone que yo estaba hablando de mi temor a cruzar un pasillo y a que alguien me llamara la atención con un adónde va usted, así que, bien, expresa direccionalidad e incluso autoridad.

Me voy dando un paseo hacia la ciudad. Me han dado un plano porque siempre me pierdo y aparezco en el quinto pino, cuando yo voy al segundo. Comeré y me dirigiré a la otra universidad donde Joseba y yo tenemos sesión de trabajo para montar el making of del cortometraje. Cambié el sentido del making of creando una cronología de planos que no se corresponde a la realidad y queda más real. Lo que tiene el montaje es eso, y me gusta.

De eso va este viernes.

Costumbres

Me voy a cenar con Belén.

Hay que recuperar las buenas costumbres porque con tanto trajín están un poco olvidadas y eso sí que no. Por tanto, dejo aparcado el tonelaje de asuntos varios por un par de horas, no va a pasar nada por eso, a mí en todo caso me va a pasar de todo si no saco un poco la cabeza y respiro, sobre todo cuando te queda la satisfacción de haber hecho un trabajo que fue duro en su elaboración pero fructífero en su resultado. Hablo de la conferencia de ayer en la UNAV. La sala llena y con unos ojos redondos y un silencio de esos que asienten. La madre de todas las gozadas es trabajar así, eso pensaba ayer de vuelta a casa porque era una sensación que había olvidado un poco: la de la comunicación tan cercana entre quienes están ahí y quien está aquí, hablando. Me recordó a viejos tiempos, como le he dicho hoy a Gloria-madre, que ha llamado por teléfono porque me tiene cariños. Los cariños son mutuos (mutuos llevaba acento? bueno, da lo mismo: sustituyámoslo por recíproco que seguro que lleva y viene a decir lo mismo) Gloria-madre sabe a qué me refiero cuando digo lo de los viejos tiempos. Otros lectores silentes de este blog también. (Suspiremos entre paréntesis). Me voy al encuentro de Belén.

Luego vuelvo.

Conferencia

Tecleo estas palabras mientras la impresora escupe las páginas del guión de la conferencia de esta tarde en la Universidad de Navarra. Me ha pillado el toro, símil muy pamplonica y adecuado a las circunstancias porque es allí, en Pamplona, donde tendrá lugar el asunto y porque me he sentido como el Conejo Blanco que recorre el País de las Maravillas diciendo todo el rato eso de voy a llegar tarde, voy a llegar tarde.

Pues igual.

Es lo que pasa cuando hay muchas cosas que atender alrededor. Pero todo está en orden. Además, hablar de la música de Bach siempre es un placer y eso es lo que voy a hacer esta tarde: hablar de la música que Bach escribió para el Adviento.

La pereza está en el viaje de vuelta. Me toca coger el autobús escoba, el último del día, ese que convierte los 95 kilómetros que separan la Universidad de esta habitación en una interminable sucesión de paradas, tantas y tan largo se hace el viaje que hasta el iPod dice, oye, ya vale, que ya no sé ni qué poner para pasar el tiempo y engañar a los kilómetros. Pero el trabajo es el trabajo. Y trabajar en estos tiempos es un privilegio. Hacerlo en algo que te resulte apasionante es un privilegio extra.

Des-Concierto

PagagniniEn el teatro, en el espectáculo “PaGaGnini”. Mientras el público va tomando sus asientos, suena en la sala una Suite Inglesa de Bach al clavecín en lo que parece un hilo musical trenzado por una delicada voz en off que anuncia la progresión de los movimientos de la obra. En el escenario, un cortinaje emperifollado y rojo guarda celosamente el misterio que, en breves minutos, quedará al descubierto.

(En el hilo musical, la suave voz anuncia la llegada de la no menos suave Zarabanda de Bach)

Una de las grandezas del teatro es esa. Que en un mismo espacio físico, separado por la frontera del telón, convivan de pronto dos realidades; que una nueva y tangible realidad invada la realidad cotidiana.

(Se abre el cortinaje plegándose en arrugas simétricas, no menos emperifolladas)

La salida a escena del maestro Ara Malikian ya es, en el gesto y el movimiento, un trazo fabuloso digno de un cartoon de Chuck Jones, y el efecto sonoro que acompaña su porte rimbombante sirve de preludio a este concierto que es el pretexto para un des-concierto genial donde se armoniza el talento musical con los acordes perfectos de la pantomima, el difícil virtuosismo del gag redondo y el slapstick ocasional. Lo que produce hilaridad y admiración a partes iguales es asistir a este perfecto disparate y comprobar que se trata de un disparate perfecto, inesperado, imprevisible, a veces tierno, muchas veces gamberro, hiperbólico todo el rato y, sin embargo, cuidadosamente afinado y atinado.

Otra de las grandezas del teatro la viven los actores, y en ocasiones, como en instantes de esta función, puedes sentir algo parecido a un atisbo de lo que tiene que ser esa vivencia. Baja del escenario en mitad de la representación uno de los miembros del cuarteto y conforme se acerca por el pasillo central del patio de butacas asistes a un insólito acontecimiento: el personaje que estaba arriba se deja allá algo que deja al descubierto aquí a la persona que hay debajo, y sientes la respiración agitada tras tantas piruetas, y ves el sudor en el rostro mientras con mirada tierna y chaplinesca declara su rendido amor por una espectadora

(mira tú por dónde, la vecina)

y con la risa de fondo del aforo, como en las sitcom pero sin enlatar, notas al actor convertido en ese momento en un personaje que ha engullido al actor, abstraído de un público y, sin embargo, pendiente y entregado a él. Esa dualidad me fascina. Un actor no lo es del todo hasta que no experimenta en propia piel eso y consigue salir victorioso. Todo lo que anula y mata el cine, con sus esperas interminables, late fuerte en el escenario de un teatro. Aquí la impostura es más grande porque el encuadre es mayor, mucho mayor que los 35 milímetros del celuloide, pero también es grande, muy grande, todo lo demás. Aquí el actor está en guardia continua, sostiene el compás de los tiempos, dirige a la orquesta del público con el gesto. Un actor en el escenario de un teatro vive el doble, se vive a sí mismo y se vive en el personaje. Y si consigue traspasar el patio de butacas vive, además, en cada una de las personas que le contempla.

Gran ovación a los maestros que abandonan ya el escenario.