Archivo por días: 31 octubre, 2009

Cumpleaños

OliteMadre no hay más que una y a la mía la encontré a los pies de la cama el sábado diciéndome que eran las once y media. Las once y media, pregunté desconcertado. Las once y media, respondió ella en tono tranquilo, y prosiguió, no tienes prisa pero no tenemos que marchar pronto. Y apesadumbrado como empezaba a estar porque si me levanto tarde el día ya lo llevo a síncopas, eso primero, y segundo, porque si me levanto tarde, aunque sea sábado, es señal de que el cuerpo está empezando a digerir la factura que pasan los acontecimientos, si me conoceré yo, me acordé de pronto que era el cumpleaños de mi madre y que habíamos quedado en ir a pasar el día fuera con mi hermano. Mi madre tenía muchas ganas de ir a Olite. Yo pocas, para ser educado. Pero entiendo que mi madre quisiera ir porque allí nació ella y nació la abuela y nació la bisabuela. De ahí para arriba lo desconozco porque tengo vértigo y las ramas del árbol genealógico son altas. La bisabuela, como la abuela, fueron casi centenarias. Creo que el árbol genealógico de mi madre es de esos de tronco gordo.

Decía que entiendo lo de ir allí porque lo de la abuela está todavía cerca en la memoria y creo que este cumpleaños era un día de visita a los lugares donde la abuela dejó constancia de su paso, algo así como un reencuentro en el recuerdo.

Olite es un pueblo muy triste y muy feo, que me perdonen los oriundos y los historiadores que glosan lo que hay que glosar de allí, que no es poco. Pero es muy triste y muy feo. Tiene un castillo enorme sobre el que, un día, se cometió un disparate vistoso. Existen los disparates vistosos. Por ejemplo, la restauración de las ruinas de ese imponente castillo, convertido por obra y gracia de unos arquitectos en una mezcla de castillo de Disneylandia y Exin Castillos. Sin ningún disimulo, las piedras nuevas como las piezas del Exin encajan sobre las piezas mordidas por el tiempo y los descuidos, y si ahí abajo hubo otra cosa, no importa. Entrar en ese imponente castillo, porque eso sí, es imponente, por eso repito el adjetivo que ha salido unas líneas más arriba, tiene su sorpresa si lo haces al atardecer de un 31 de octubre. Te encuentras al otoño empezando a hacer de las suyas y hay rincones que harían las delicias de los modernistas, la princesa está triste, qué tendrá la princesa, y hasta Ravel se quedaría contemplando la estampa cromática como hacía cuando desde su casita de cuento contemplaba el bosque de Rambouillet y haría sonar su Pavana de la Bella Durmiente del Bosque con su reloj hipnótico sonando desde la parte izquierda del teclado. Muy bonita la estampa.

Lo demás fue esta calle y esta otra, y comer aquí, y visita al cementerio con una luna llena al lado de un ciprés. Qué cosa lo de las flores en los cementerios. Me resulta llamativo el contraste entre el color vivo y la piedra quieta, la efímera biografía de las flores y el tiempo detenido en unas lápidas y panteones centenarios. Al fondo está la abuela de mi madre, madre de la abuela. Mi madre para esas cosas es muy tradicional. Yo miro alrededor y observo.