Archivo por días: 29 octubre, 2009

Ruta

Otra vez en ruta. Hoy, mañana y pasado. Esta vez no le he pedido ayuda al Cheriff aunque sale más rentable (y descansado) quedarse allí que no estar que si voy que si vengo al mismo lugar varias veces. Pero es que por algo una amiga mía me llama don Prudencio y, por otro lado, porque aquí dejo cosas que tienen que estar terminadas en el intervalo entre tren y tren. De hecho, algunas hasta se irán terminando dentro del tren.

Luego ocurre que estoy de enfermero porque mi madre pisó una de las miles de baldosas que el ayuntamiento de esta ciudad pegó en su día con plastilina tras pagar un huevo y están que si bailando que si medio levantadas y que si abriendo cogotes de abuelas y abuelos que ya no tienen la estabilidad ni los reflejos de antaño. No estoy llamando vieja a mi madre pero la baldosa es la misma y mi madre tiene osteoporosis. Sus reflejos evitaron que se abriera el cogote en la caída pero, a cambio, se rompió el radio, la nosequé de la muñeca y se hizo un esguince en el tobillo.

Una vecina de esta ciudad sufrió no hace mucho un percance similar pero de consecuencias mayores y crónicas. Cuando presentó la pertinente reclamación en el ayuntamiento, aconsejada por la policía municipal que tomó registro fotográfico del desaguisado, obtuvo una respuesta digna de funcionariado de película de Berlanga: usted, decía con amargo reproche la resolución llegada a su domicilio por escrito, como vecina de su calle debería saber qué baldosas están en mal estado y cuáles no. Y se quedaron tan anchos. La vecina se quedó igual de jodida y aún le dura.

Hablando de rutas, a pesar de que he tenido que hacer unos recadillos antes de los próximos desplazamientos porque las idas y las vueltas no me coinciden con horas de hacer recadillos, he conseguido hacer el paseo de hoy in extremis, expresión latina que se usa mucho aunque no se sepa latín, y yo, como no me acuerdo del poco latín que aprendí en el colegio salvo el rosa, rosae, el acusativo y que una monja al terminar de declinar me mandó un día a esparragar, pues estoy en condiciones de utilizar el término, y decía que no me he perdido el paseo de hoy in extremis porque declinaba la tarde, no sé si en acusativo, y ya era más noche que tarde pero acababa de levantar la niebla que ha venido hoy a presentarse en casa y se ha quedado el cielo de ese azul morado en el que parece flotar un velo de vapor. Y arriba el cuarto creciente de la luna así lo atestiguaba, puesto que parecía una una figura trazada a tiza y luego un poco emborronada por el roce de un hombro al pasar.

Luego estaba la humedad del firme, de las aceras primero y del camino de gravilla después, lloviendo hojas amarillas de las ramas de los árboles sobre el suelo y sobre los setos sobre ese lugar insulso el resto del año pero cuyo nombre, Parque de Otoño, ha cobrado hoy pleno sentido, con sus rincones umbríos y su soledad de niebla.

A la alfombra de hojas, a la frescura del ambiente, al olor húmedo y a los colores igualmente húmedos, con la luna arriba deslizando la cortina cada tarde un poco más hasta que llegue el momento de mostrarse enteramente redonda, hay que sumar la perfecta banda sonora a la estampa que ponía, en los oídos, la Sinfonía 50 de Haydn, perfecta delicia en sus cuatro tiempos, una cosa así, tan amable, tan breve, tan en su sitio, e interpretada por la Orquesta del Siglo de Las Luces, nombre que me encanta y que hace lucir mejor los compases de Haydn, con quien últimamente estoy haciendo muy buenas migas y no pocos descubrimientos.

Es una gozada descubrir cosas nuevas, y si es mientras escuchas y caminas, mejor, aunque la sinfonía se repita y la ruta que recorren los pasos también. Porque siempre es distinto y siempre nuevo, y los cinco sentidos se dedican a hacer su gimnasia y tan ricamente.