Archivo por días: 27 octubre, 2009

Imaginario

El Imaginario del Doctor ParnassusDesde sus comienzos, el cine trazó una senda opuesta al realismo entusiasta de imágenes en movimiento de obreros saliendo de fábricas, trenes llegando a la estación y bulliciosas calles de grandes urbes. Esa otra senda, escapista de ese mundo plasmado en blanco y negro, fundó sus principios al amparo de la oscuridad clandestina de las estancias y la fantasmagoría que las lámparas temblorosas hacían aparecer en la pantalla blanca y tuvo en Méliès, el mago que terminaría sus días vendiendo sus autómatas y sus juguetes en un pequeño puesto en una estación parisina, a su principal artífice.

Lo que más me fascina de Méliès es que su sentido de lo fantástico no se proyectó con facilidad en el imaginario de los que vinieron después, a pesar de que contaron progresivamente con más artilugios técnicos para contribuir a la causa. Las alucinantes películas de Méliès, cuya aguda visión del mundo del espectáculo hacía enmarcar los encuadres con aquellas tatarabuelas de las mamachicho dispuestas en formación y enseñando muslamen ya fuera en la mismísima superficie de la Luna o en el Centro de la Tierra, lo son principalmente porque no terminan de encajar en la clasificación de los géneros a nada que las miremos bien. Siempre van más allá, cruzando el espejo y buscándole los pliegues a lo fantástico, de manera que materializan lo maravilloso haciendo posible la representación de lo oculto, de paisajes oníricos que hasta entonces aguardaban dentro de la chistera del mago.

El Imaginario del Doctor ParnassusNo todos los cineastas que han transitado los mundos del fantástico han sido poseedores de ese instinto y de ese sentido de lo mágico que no encuentra límites en el corazón de aquellos afortunados soñadores que escriben versos con varita mágica. Gilliam puede. Y nos lo demuestra fantásticamente bien en esta película mágica, pero mágica de verdad, pocas películas merecen tal calificativo, que es “El Imaginario del Doctor Parnassus”. Con una trama sencilla pero bien trenzada, basada en la tradicional pugna entre el bien y el mal como ocurre en los cuentos, Gilliam nos lleva sin engaño al otro lado del espejo. Esa es la diferencia entre Gilliam y otros. Que Gilliam, como los grandes magos, te hace creer y, de paso, despliega su apabullante e inagotable imaginación y su no menos apabullante manera de materializarla. Materializar las fantasmagorías más abstractas es cosa muy complicada y por tanto uno asiste absorto a lo que aparece en pantalla y se entrega al espectáculo si ha conseguido dejar en la puerta su vestimenta de incredulidades. Si no, ya se encargará de ello Gilliam en un abracadabra, una nubecilla de azufre y un pase por aquí y otro por allá para que nos creamos lo que acontece a esa troupe anacrónica, ese Carnivale alucinante de velos de zíngara, turbantes orientales y cartas de tarot que transita la noche londinense de discotecas en cuyo interior se alucina de otra manera. Cada loco alucina con su tema.

Christopher Plummer está genial y milenario y la inquietante presencia de Heath Ledger lo es por partida doble, por méritos propios y por la circunstancia accidental de su fallecimiento a falta del rodaje de las escenas oníricas. Que la primera vez que aparezca en pantalla sea ahorcado sobre las nocturnas aguas del Támesis parece tener algo de premonitorio. Que Johnny Deep, Jude Law y Colin Farrell se prestaran a completar el trabajo juega ciertamente a favor de la historia porque cada rostro, una vez traspasado el espejo de cristal blando que el Doctor Parnassus tiene en su carromato, parece mostrar una capa de cebolla más en el ambiguo y escurridizo personaje que encarna Ledger.

El imaginario del Doctor Parnassus no es muy distinto del de Méliès o del propio Gilliam y, de hecho, es todo él un disfraz de ambos que nos invita desde el escenario a un pasen y vean inolvidable.