Archivo por días: 20 octubre, 2009

Convalecencia

Estoy en cama, bajo mil mantas, tiritando a ratos, el cuerpo dolorido, el ánimo flotante, el sueño a destiempo.

Estoy muy cansado y a la vez me canso de estar cansado y por eso he decidido levantarme un rato, con una manta por encima, para escribir estas líneas, aunque me marea un poco el monitor.

Tomo lo que me han dicho que tengo que tomar con obediencia y resignación y espero. No me preocupa que lo que pueda tener sea la gripe de la letra famosa, ni de otras letras. Lo que me preocupa es lo que preocupa a los médicos: que el tratamiento que el resto del año me mantiene en pie es un fuerte inmunosupresor lo que supone que te deja sin defensas para afrontar cualquier cosa que te venga. Si viene un invitado en forma de virus, encuentra las puertas abiertas y puede entrar hasta donde quiera y hacer lo que le apetezca. Dice el prospecto en negrita: un resfriado común bastará para interrumpir el tratamiento. Luego explica el motivo y el motivo es que un resfriado común podría derivar en neumonía por la falta de recursos del sistema inmunológico. Así que no, no me preocupa lo de la gripe, al menos no exclusivamente; me preocupa que lo que sea, A o B o C haya venido y esa maquinaria prodigiosa que se llama sistema inmunológico y que en mí dejó de funcionar correctamente hace 28 años no sepa o no pueda. Pero si me preguntara alguien contestaría que no estoy intranquilo y eso que el cuerpo emite signos que no reconozco y no sé si mi extrañeza es porque son signos nuevos o porque me están llamando la atención haciendo aspavientos con las manos en el aire.

Hace un rato me he levantado a la cocina para tomar el nuevo lingotazo de paracetamol. En paracetamol, un lingotazo es igual a un gramo. Me he fijado que tras la ventana llovía generosamente y era nuevo ver llover después de tantos meses. Cuando llueve y estás al otro lado del cristal, enfundado en una manta, sintiéndote un poco vacío de tí mismo, y ves el brillo líquido de los tejados en pendiente y de las aceras y el desfile de paraguas y los árboles limpios y el cielo cubierto uniformemente te quedas muy quieto y algo por dentro te dice que existir es eso: darse cuenta de una escena así con un detalle microscópico. Integrarse en ella. Y no hacer nada más al respecto. El infinito es un segundo de eso, o un par de segundos.

Luego vuelven a arder las sienes y un escalofrío te recorre la dolorida espalda, y el estómago revuelto y el moquiteo y etcétera. Pero algo te dice que aunque estás sin defensas, la escena de la ventana te informa de que queda recorrido. Es una conclusión rara, lo sé, pero la intuición puesta en palabras siempre queda rara, porque no está acostumbrada.

Me vuelvo a la cama, o al sofá, es que ya no sé dónde tumbarme. Vuelvo en nada.