Caín

CaínTengo aquí al lado, con el olor a tinta nueva, el último libro de José Saramago, “Caín”. Llegó mediante aviso por sms la tarde ayer: deberías bajar a la librería, aunque sea un minuto. Con la intriga dejé los mandos de lo que me ocupaba en ese momento, me puse la primera cazadora del otoño, porque ayer de repente hizo una visita pregonera el invierno, y bajé a la librería. No esperaba encontrarme tan pronto un libro que se ha escrito tan rápido pero no importa porque el ritual se repitió igual: recibir como regalo el primer ejemplar de la caja y una dedicatoria, tradición inaugurada en su tiempo por mi añorado Julio Mazo con ese detallismo e ilusión tan suyas, y secundada después por Rosa, su viuda. Me reconforta el calor de esa liturgia, ayer especialmente, no sé si por llegar tan sin avisar como el invierno, no sé si por el frío del súbito invierno o por las circunstancias que en el capítulo de otro libro quedarán escritas.

Me conmueve una vez más la dedicatoria que Rosa me escribe en el libro y me conmueve la fidelidad de este hombre que, muy frágil de un tiempo a esta parte, tan delgado, con un hilo de voz pero con la cabeza tan lúcida como antaño, vuelve a dedicar su libro a Pilar, pilar de su existencia. Antes bastaba con un “A Pilar”, minúsculos caracteres suspendidos en la página en blanco a la entrada de la historia. De un tiempo a esta parte algo le sigue a la coma que las normas de estilo imponen cuando de poner un añadido se trata. Esta vez es “A Pilar, como si dijera agua” y ya la dedicatoria es como un relato infinito, un poema hondo, un qué se yo que te deja todo el resto de la blanca página para que te acurruques un rato.

Volverá a dar que hablar este “Caín” a quienes con maneras desabridas lanzaron dardos contra el autor del “Evangelio según Jesucristo”. A mí me sigue pareciendo que el miedo al vacío genera rabietas y creo que Saramago no busca provocar rabietas sino expresar sus ideas acerca del vacío de la idea de Dios y del vacío de la propia religión que llegó para llenar en falso esa ausencia. Y me sorprende esa respuesta intolerante que mira sin mirar (desde luego la literatura no la mira). Cuánto miedo ha dado durante siglos la imagen de Dios y cuánto miedo da la posibilidad de su ausencia.

Este recorrido personal sobre los primeros momentos del Antiguo Testamento, donde Saramago pone literatura a la fábula que secularmente ha sido tomada como literal, comienza retomando el inconfundible tono del narrador de todas sus novelas y el prodigioso tobogán de frases que deslizan suavemente al lector gracias a un pulso narrativo que permite encabezar el relato con una frase de once líneas y dieciséis comas y tan ricamente. Y la ironía sutil y el aliento poético y el sabio uso de las palabras y los decires que de sí mismo escuchamos del narrador, esforzándose en poner en orden y en claro un relato en comunicación cómplice con el lector. Y el alto forzoso que hace el lector ante la frase genial, que sale al paso súbitamente sin avisar: “… al mismo tiempo que experimentaba algo en el espíritu que tal vez fuese la felicidad, por lo menos se parecía mucho a la palabra”.

2 pensamientos en “Caín

  1. sanvani

    Restarle horas al sueño sería, quizás, la única forma de introducirme de nuevo (aunque aún no me repuse de la cruel “ceguera”), en el mundo de líneas inacabables serpenteadas de comas, coordinaciones y subordinaciones, y de todo ese familiar estilo suyo.
    Ojalá pueda hacerlo pronto. Ojalá recale en mis manos. Ojalá vayamos pronto a una amigable charla literaria de unas temblorosas y queridas manos pegadas a un inconmensurable personaje.

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