Archivo por días: 6 octubre, 2009

Círculo

No sabía quién era Reinhard Mohn hasta que se ha muerto.

Ya ves tú.

El señor Mohn fue el fundador en España del Círculo de Lectores, una cosa muy cándida, muy sesentera, con una ele de lectores en la ele del logo vencida hacia adelante para evitar el ángulo con su base. Fue levantar la espalda la ele un día y se jodió el invento y nos dimos cuenta de que la cosa ya no tenía sentido, no tenía sentido esperar esos artículos baratos tres meses cuando ni eran ya baratos y encima los tenías en la tienda de enfrente. La caída del elepé no ayudó precisamente y ya ni te cuento la desaparición de ese aire kitsch de la revista, que mezclaba bolas de árbol de navidad con libros ilustrados de gimnasia y los no ilustrados de Vázquez-Figueroa en tapa dura.

Mi infancia son dos llamadas periódicas a la puerta a media tarde de invierno. Una era la de la señora Avón y otra la del encorbatado señor del Círculo de Lectores. La señora Avón durante el día era la madre de un amigo mío pero luego se convertía en otra persona que llevaba una cestita llena de cosas muy finas y plastificadas de un olor sumamente agradable, exótico, que todavía me parece oler ahora y que identifico con la suavidad del nombre, Avón, como de jabón con falta de ortografía. Estaremos de acuerdo en que a los jabones finos no les pega la jota (brava) ni la be (de burro).

La señora de Avón, antes y después madre de un amigo mío, llamaba a la puerta toda elegante ella y le decía a mi madre Avón llama a tu puerta, Pili, con una coña suave que yo ya percibía de pequeño y no sé si eso me hacía mucha gracia o no. Quiero decir que cuando eres pequeño y captas algo parecido a un mensaje codificado entre adultos se supone que tienes que sentirte orgulloso o algo pero a mí creo que me desencantaba un poco, porque entonces la cosa resultaba menos kitsch, así que me iba a mirar la revista del Círculo donde aparecían unas señoras con cara de Holanda y dentaduras amplias y jerseys de cuello alto en habitaciones de papel naranja y tulipanes.

Un día Avón dejó de llamar a la puerta y poco después el señor encorbatado del Círculo de Lectores se convirtió en una chica que te acercaba la revista a la cara sin mirarte y sin mirarte decía que pasaría a recoger el pedido en una semana y que ala pues. Y a la semana siguiente la chica se había transformado en un señor no encorbatado pero bigotudo que te decía que en un mes te traía el disco del Barrio Sésamo. Y cuando al mes ya ni te acordabas del Barrio Sésamo llamaba a la puerta una señora entrada en carnes. Todo muy raro lo del Círculo de Lectores. Al menos en mi casa. Porque no éramos lectores del tal círculo pero sí que nos mareaban en una circularidad de rostros que tenía, al principio, hasta su gracia, porque te preguntabas quién sería el próximo agente. De haberlo sabido entonces, habría escrito al señor Reinhard Mohn a uno de esos despachos alemanes de decoración eurovisiva y gafa de montura metálica para preguntarle, de paso, qué pasa con Avón. Por lo del olor. Era rico.

Sorprendentemente, el Círculo de Lectores sobrevive. En su momento tuvo su razón de ser sobre todo en núcleos urbanos pequeños sin acceso a esa mercancía pero luego, con las tiendas a la vuelta de la esquina, las compras express y tal se reinventó convirtiéndose en otra cosa: en distribuidor de colecciones sibaritas, ediciones especiales, caras, algunas interesantes, otras muy snobistas. Yo dejé de comprar elepés del Barrio Sésamo porque no existían ya los elepés, porque el Barrio Sésamo salía en la tele sin tapia y porque no había ni rastro de esas señoras o señoritas de sonrisa dulce y cuello holandés.

Ahora llaman las Testigos de Jehová periódicamente. Te pillan por sorpresa, como si de un aparición se tratara, porque no llaman al portero automático traspasando la puerta del portal como si obraran el prodigio de la inmaterialidad corpórea. Llaman a la puerta y te preguntan a traición y con su reciente peluquería y su broche en la chaqueta endomingada si te gustaría hablar un rato de la inminente venida del reino de los cielos y tal. Pero a mí es que me entra mucha tristeza de rellano (que no de relleno) y me da lo mismo quién viene o quién va, la verdad.