Archivo por meses: octubre 2009

Cumpleaños

OliteMadre no hay más que una y a la mía la encontré a los pies de la cama el sábado diciéndome que eran las once y media. Las once y media, pregunté desconcertado. Las once y media, respondió ella en tono tranquilo, y prosiguió, no tienes prisa pero no tenemos que marchar pronto. Y apesadumbrado como empezaba a estar porque si me levanto tarde el día ya lo llevo a síncopas, eso primero, y segundo, porque si me levanto tarde, aunque sea sábado, es señal de que el cuerpo está empezando a digerir la factura que pasan los acontecimientos, si me conoceré yo, me acordé de pronto que era el cumpleaños de mi madre y que habíamos quedado en ir a pasar el día fuera con mi hermano. Mi madre tenía muchas ganas de ir a Olite. Yo pocas, para ser educado. Pero entiendo que mi madre quisiera ir porque allí nació ella y nació la abuela y nació la bisabuela. De ahí para arriba lo desconozco porque tengo vértigo y las ramas del árbol genealógico son altas. La bisabuela, como la abuela, fueron casi centenarias. Creo que el árbol genealógico de mi madre es de esos de tronco gordo.

Decía que entiendo lo de ir allí porque lo de la abuela está todavía cerca en la memoria y creo que este cumpleaños era un día de visita a los lugares donde la abuela dejó constancia de su paso, algo así como un reencuentro en el recuerdo.

Olite es un pueblo muy triste y muy feo, que me perdonen los oriundos y los historiadores que glosan lo que hay que glosar de allí, que no es poco. Pero es muy triste y muy feo. Tiene un castillo enorme sobre el que, un día, se cometió un disparate vistoso. Existen los disparates vistosos. Por ejemplo, la restauración de las ruinas de ese imponente castillo, convertido por obra y gracia de unos arquitectos en una mezcla de castillo de Disneylandia y Exin Castillos. Sin ningún disimulo, las piedras nuevas como las piezas del Exin encajan sobre las piezas mordidas por el tiempo y los descuidos, y si ahí abajo hubo otra cosa, no importa. Entrar en ese imponente castillo, porque eso sí, es imponente, por eso repito el adjetivo que ha salido unas líneas más arriba, tiene su sorpresa si lo haces al atardecer de un 31 de octubre. Te encuentras al otoño empezando a hacer de las suyas y hay rincones que harían las delicias de los modernistas, la princesa está triste, qué tendrá la princesa, y hasta Ravel se quedaría contemplando la estampa cromática como hacía cuando desde su casita de cuento contemplaba el bosque de Rambouillet y haría sonar su Pavana de la Bella Durmiente del Bosque con su reloj hipnótico sonando desde la parte izquierda del teclado. Muy bonita la estampa.

Lo demás fue esta calle y esta otra, y comer aquí, y visita al cementerio con una luna llena al lado de un ciprés. Qué cosa lo de las flores en los cementerios. Me resulta llamativo el contraste entre el color vivo y la piedra quieta, la efímera biografía de las flores y el tiempo detenido en unas lápidas y panteones centenarios. Al fondo está la abuela de mi madre, madre de la abuela. Mi madre para esas cosas es muy tradicional. Yo miro alrededor y observo.

Ruta

Otra vez en ruta. Hoy, mañana y pasado. Esta vez no le he pedido ayuda al Cheriff aunque sale más rentable (y descansado) quedarse allí que no estar que si voy que si vengo al mismo lugar varias veces. Pero es que por algo una amiga mía me llama don Prudencio y, por otro lado, porque aquí dejo cosas que tienen que estar terminadas en el intervalo entre tren y tren. De hecho, algunas hasta se irán terminando dentro del tren.

Luego ocurre que estoy de enfermero porque mi madre pisó una de las miles de baldosas que el ayuntamiento de esta ciudad pegó en su día con plastilina tras pagar un huevo y están que si bailando que si medio levantadas y que si abriendo cogotes de abuelas y abuelos que ya no tienen la estabilidad ni los reflejos de antaño. No estoy llamando vieja a mi madre pero la baldosa es la misma y mi madre tiene osteoporosis. Sus reflejos evitaron que se abriera el cogote en la caída pero, a cambio, se rompió el radio, la nosequé de la muñeca y se hizo un esguince en el tobillo.

Una vecina de esta ciudad sufrió no hace mucho un percance similar pero de consecuencias mayores y crónicas. Cuando presentó la pertinente reclamación en el ayuntamiento, aconsejada por la policía municipal que tomó registro fotográfico del desaguisado, obtuvo una respuesta digna de funcionariado de película de Berlanga: usted, decía con amargo reproche la resolución llegada a su domicilio por escrito, como vecina de su calle debería saber qué baldosas están en mal estado y cuáles no. Y se quedaron tan anchos. La vecina se quedó igual de jodida y aún le dura.

Hablando de rutas, a pesar de que he tenido que hacer unos recadillos antes de los próximos desplazamientos porque las idas y las vueltas no me coinciden con horas de hacer recadillos, he conseguido hacer el paseo de hoy in extremis, expresión latina que se usa mucho aunque no se sepa latín, y yo, como no me acuerdo del poco latín que aprendí en el colegio salvo el rosa, rosae, el acusativo y que una monja al terminar de declinar me mandó un día a esparragar, pues estoy en condiciones de utilizar el término, y decía que no me he perdido el paseo de hoy in extremis porque declinaba la tarde, no sé si en acusativo, y ya era más noche que tarde pero acababa de levantar la niebla que ha venido hoy a presentarse en casa y se ha quedado el cielo de ese azul morado en el que parece flotar un velo de vapor. Y arriba el cuarto creciente de la luna así lo atestiguaba, puesto que parecía una una figura trazada a tiza y luego un poco emborronada por el roce de un hombro al pasar.

Luego estaba la humedad del firme, de las aceras primero y del camino de gravilla después, lloviendo hojas amarillas de las ramas de los árboles sobre el suelo y sobre los setos sobre ese lugar insulso el resto del año pero cuyo nombre, Parque de Otoño, ha cobrado hoy pleno sentido, con sus rincones umbríos y su soledad de niebla.

A la alfombra de hojas, a la frescura del ambiente, al olor húmedo y a los colores igualmente húmedos, con la luna arriba deslizando la cortina cada tarde un poco más hasta que llegue el momento de mostrarse enteramente redonda, hay que sumar la perfecta banda sonora a la estampa que ponía, en los oídos, la Sinfonía 50 de Haydn, perfecta delicia en sus cuatro tiempos, una cosa así, tan amable, tan breve, tan en su sitio, e interpretada por la Orquesta del Siglo de Las Luces, nombre que me encanta y que hace lucir mejor los compases de Haydn, con quien últimamente estoy haciendo muy buenas migas y no pocos descubrimientos.

Es una gozada descubrir cosas nuevas, y si es mientras escuchas y caminas, mejor, aunque la sinfonía se repita y la ruta que recorren los pasos también. Porque siempre es distinto y siempre nuevo, y los cinco sentidos se dedican a hacer su gimnasia y tan ricamente.

Imaginario

El Imaginario del Doctor ParnassusDesde sus comienzos, el cine trazó una senda opuesta al realismo entusiasta de imágenes en movimiento de obreros saliendo de fábricas, trenes llegando a la estación y bulliciosas calles de grandes urbes. Esa otra senda, escapista de ese mundo plasmado en blanco y negro, fundó sus principios al amparo de la oscuridad clandestina de las estancias y la fantasmagoría que las lámparas temblorosas hacían aparecer en la pantalla blanca y tuvo en Méliès, el mago que terminaría sus días vendiendo sus autómatas y sus juguetes en un pequeño puesto en una estación parisina, a su principal artífice.

Lo que más me fascina de Méliès es que su sentido de lo fantástico no se proyectó con facilidad en el imaginario de los que vinieron después, a pesar de que contaron progresivamente con más artilugios técnicos para contribuir a la causa. Las alucinantes películas de Méliès, cuya aguda visión del mundo del espectáculo hacía enmarcar los encuadres con aquellas tatarabuelas de las mamachicho dispuestas en formación y enseñando muslamen ya fuera en la mismísima superficie de la Luna o en el Centro de la Tierra, lo son principalmente porque no terminan de encajar en la clasificación de los géneros a nada que las miremos bien. Siempre van más allá, cruzando el espejo y buscándole los pliegues a lo fantástico, de manera que materializan lo maravilloso haciendo posible la representación de lo oculto, de paisajes oníricos que hasta entonces aguardaban dentro de la chistera del mago.

El Imaginario del Doctor ParnassusNo todos los cineastas que han transitado los mundos del fantástico han sido poseedores de ese instinto y de ese sentido de lo mágico que no encuentra límites en el corazón de aquellos afortunados soñadores que escriben versos con varita mágica. Gilliam puede. Y nos lo demuestra fantásticamente bien en esta película mágica, pero mágica de verdad, pocas películas merecen tal calificativo, que es “El Imaginario del Doctor Parnassus”. Con una trama sencilla pero bien trenzada, basada en la tradicional pugna entre el bien y el mal como ocurre en los cuentos, Gilliam nos lleva sin engaño al otro lado del espejo. Esa es la diferencia entre Gilliam y otros. Que Gilliam, como los grandes magos, te hace creer y, de paso, despliega su apabullante e inagotable imaginación y su no menos apabullante manera de materializarla. Materializar las fantasmagorías más abstractas es cosa muy complicada y por tanto uno asiste absorto a lo que aparece en pantalla y se entrega al espectáculo si ha conseguido dejar en la puerta su vestimenta de incredulidades. Si no, ya se encargará de ello Gilliam en un abracadabra, una nubecilla de azufre y un pase por aquí y otro por allá para que nos creamos lo que acontece a esa troupe anacrónica, ese Carnivale alucinante de velos de zíngara, turbantes orientales y cartas de tarot que transita la noche londinense de discotecas en cuyo interior se alucina de otra manera. Cada loco alucina con su tema.

Christopher Plummer está genial y milenario y la inquietante presencia de Heath Ledger lo es por partida doble, por méritos propios y por la circunstancia accidental de su fallecimiento a falta del rodaje de las escenas oníricas. Que la primera vez que aparezca en pantalla sea ahorcado sobre las nocturnas aguas del Támesis parece tener algo de premonitorio. Que Johnny Deep, Jude Law y Colin Farrell se prestaran a completar el trabajo juega ciertamente a favor de la historia porque cada rostro, una vez traspasado el espejo de cristal blando que el Doctor Parnassus tiene en su carromato, parece mostrar una capa de cebolla más en el ambiguo y escurridizo personaje que encarna Ledger.

El imaginario del Doctor Parnassus no es muy distinto del de Méliès o del propio Gilliam y, de hecho, es todo él un disfraz de ambos que nos invita desde el escenario a un pasen y vean inolvidable.

Generación

Dice el periódico en un artículo que la generación del final del baby-boom, a la que según gráfico adjunto, pertenezco, se caracteriza por cierto desencanto, es peterpanesca y busca en el ocio la nostalgia de su infancia. No es por llevarle la contraria al periodista pero yo busco en la infancia la nostalgia de mi ocio. No parece haber momento para el ocio. El ejemplo último lo demuestra el hecho de que desde el pasado jueves hasta esta madrugada que va del domingo al lunes no he podido dedicarme un solo instante. Eso sí, creo que mañana por la tarde, cuando el mundo de la espalda al ocio, me iré al cine. A ver si puedo desconectar y a ver “El imaginario del Doctor Parnassus”, de Terry Gilliam. Soy de la minoría que parece conectar con el imaginario barroco, barroquísimo, de Gilliam, porque hace (no siempre) en películas las cosas que (siempre) imaginaba yo en mis fantasías infantiles. El primer dvd que compré en mi vida fue su versión de las mentiras del Barón Munchaussen para estupor del vendedor, que nunca imaginó una venta semejante.

Volviendo a mañana por la tarde, haré lo posible desde por la mañana para no enredarme en cosas que vuelvan a meterme en la espiral de las cosas que llevan a otras cosas y así sucesivamente y siga sin poder dedicarme un rato a mí mismo, aunque sea por la vía del ocio y así hacer caso al artículo del periódico.

Horario

Comienzo a escribir este post a las 2:18 de la madrugada pero dentro de sesenta minutos volverán a ser las 2:18 de la madrugada y yo estaré ya en la cama. Habrá sido un sueño entonces esta hora?

Esta noche entra en vigor el horario de invierno; nadie sabe dónde está el vigor del nuevo horario porque ahora mismo, en la calle, el termómetro marca unos rarísimos 19 grados de un 25 de octubre. En esta hora extraña, única que volverá a repetirse dentro de un rato pero con amnesia, me estoy acordando la abuela, que tanta importancia le dio siempre al tiempo, al meteorológico y al del reloj. Que le daba importancia al primero es algo que ya sabíamos en este blog; que le daba importancia al otro quizá era menos conocido pero en ningún modo asunto menor. La abuela vivía pendiente del reloj. O dependiente, según cómo se mire. Se miraba al reloj de muñeca algunas noches y ponía cara como de fastidio y decía pues aún no es la hora, hijos. De qué, le preguntábamos nosotros. De dormir, respondía ella. ¿Pero tienes sueño, mamá?, le preguntaba mi madre. Pues sí, decía la abuela resignada. Pues entonces vete a dormir tranquila. La abuela se quedaba en silencio durante tres puntos suspensivos y decidía que no, aún esperaré un poco. Y se miraba de reojo el reloj con la incomodidad de quien sabe que alguien se retrasa a la cita.

Lo mismo ocurría con las comidas. ¿Será pronto para comer, hijo mío? me decía levantando la vista de las estampitas cuando yo pasaba por la cocina. Ella miraba por encima de sus gafas al reloj de la pared y decía que a menos diez empezaría a poner la mesa y que me esperaba. Vete tranquilo a tu quehacer, hijo mío, y volvía la vista a las estampitas.

Los cambios de hora, el de invierno y el de verano, le sumían en una confusión considerable. El cambio de verano siempre la pillaba en su casa y nos llamaba por teléfono para preguntar que vamos a ver, a las 2 serán las 3 o la 1. El cambio de invierno la pillaba en nuestra casa y al escuchar en el telediario el recordatorio de que esta noche habrá que cambiar los relojes de manera que a las 3 serán las 2, ella levantaba la vista de la labor exclamando y me tengo que quedar despierta hasta las 3 para cambiar el reloj? Lo anterior lleva el signo de interrogante pero dicho con la voz de la abuela era más una exclamación. Era mi madre la que le explicaba que no, que con cambiarla a la hora que se fuera a la cama era suficiente. Pero eso a ella no parecía dejarle muy conforme. O sea, que si me voy a la cama pongamos las once y media (la abuela siempre decía lo de pongamos), tengo que poner en el reloj las 2, no?. Y mi madre pronunciaba un no con muchas oes de paciencia y vuelta a explicar.

Pasó un tiempo tras el fallecimiento de la abuela hasta que mi madre un día puso tres fotografías de ella en diversos lugares de la casa. En las tres fotografías nos mira, no sabemos desde qué hora, con una pequeña sonrisa. Se le echa de menos a la abuela.

Deseos

Yo lo que necesito es un mecenas.

(O una mecenas)

Creo que las mecenas son más comprensivas pero nunca se sabe.

El caso es que necesitaría la pasta para desaparecer. Para desaparecer se necesita pasta; de hecho, no veo cosa más provechosa en la que invertir un dinero. Estoy recordando últimamente de manera especial a Gould y su proyecto de desaparición que bautizó con el nombre de este blog (perdón, fue al revés, este blog fue bautizado con el nombre que utilizó Gould 40 años atrás para definr su proyecto de desaparición). Voy comprendiendo cada vez más a Gould. Desaparecer es vivir realmente porque quizá hemos montado el mundo a base de hilos y ataduras que no dejan mucho margen para lo que se supone que deberíamos hacer: vivir. Creemos que vivimos una vida propia pero somos unos ingenuos. Vivimos una vida programada por circunstancias, expectativas, exigencias e inercias que vienen dadas desde el exterior. Desde pequeñitos. Y el éxito de ese software lo demuestra el hecho de que no nos damos cuenta.

Lo que hizo Gould fue, primero, pasar por el calvario necesario para garantizarse la pasta y, a continuación, a los 32 años, cortó hilos. En su caso, los cortó de golpe. Para eso hay que ser muy valiente o muy cobarde, muy fuerte o muy débil. Ambas cosas pueden ser. Hay que ser capaz de cortar con ambiciones, proyectos, afectos

(afectos)

y marcharse a un lugar donde no hay nada tuyo excepto tú mismo. y tampoco se trata de empezar de cero porque entonces estaríamos en las mismas. Hay que marcharse a un lugar donde eres tú mismo y quedarte en tí mismo. Conseguir eso es ahorrarse muchos disgustos, perezas, esclavitudes, desvelos y un largo etcétera de adjetivos que pueden consultarse en el diccionario. También significa perderse muchas cosas pero, a cambio, ganas una absoluta libertad. La libertad es eso: ser tú mismo, sentirte a tí mismo, integrándote en un paisaje existencial en el que no entran interferencias.

La gente lo pasa fatal la mitad de su tiempo y la otra mitad invierte muchos esfuerzos en disimularlo ante sí misma y los demás. Y entonces se alegra de la llegada del fin de semana, o se pone ciega en una noche loca, o se va a misa, o comete el respetable pero fatal disparate de enamorarse, o se sumerge en una reunión de amigos que, a su vez, están en las mismas. Dice Lillian Gish al principio de la memorable “La noche del cazador” que “este mundo no es para los niños”. Ni para los mayores. Si nos parásemos un momento a pensarlo, el entramado de este mundo es un disparate, pero el propio mundo ha sido montado para que tengamos la existencia programada al minuto mediante una estrategia de creencias en obligaciones y necesidades bastante desquiciadas que nos distraen.

Hay que desaparecer para ser, cada vez estoy más convencido. Pero se necesita pasta para ahorrarse disgustos y ganarse un horizonte limpio. Escucho propuestas.

Carmen

Carmen MauraY no la de Mérimée sino la Maura, la misma que me inspira una admiración y un respeto reverencial desde que un día la ví decir en un anuncio eso de tacita a tacita con un tono tan así que ladee la cabeza un poco y ya se me olvidaron los anuncios siguientes. Luego en el UHF volvió a salir con puntualidad semanal y un señor de voz algo cansada o cansina o las dos cosas le decía nena, tú vales mucho y a mí lo que me hacía gracia es que la nena sonreía, sí, pero era una sonrisa como de acordarse de la madre y el padre y demás parentela de ese señor. Y fue entonces cuando le pillé el punto a la Maura, su rollo visceral, su cosa desabrida y tierna, su talentazo enorme que un día explotó cuando Almodóvar dijo acción en aquellas películas ochenteras que siguen siendo fantásticas y que el día que parezcan petardas pues tanto mejor. Qué tandem aquel, Maura-Almodóvar, Almodóvar-Maura.

Una tarde paseaba mis diecisiete años por el Paseo de Gracia de Barcelona y se puso a llover esa lluvia triste de Barcelona. En la otra acera, y ocupando la fachada entera de un cine de los de antes, de los de más de 40 butacas y hasta 400, un cartel enorme justificaba sus dimensiones por lo largo del título de la película que anunciaba: “Mujeres al borde de un ataque de nervios”. Decidí entrar no recuerdo si por la lluvia triste o movido por la curiosidad, que mira que se hablaba de la película, y eso antes de lo del Oscar que terminó en fiasco.

En el interior del cine, abarrotado, caí en la cuenta de dos cosas; una, que no sé qué pintaba yo en Barcelona con 17 años y en laborable estando como tenía que estar en un instituto y dos, que de repente me sentí muy solo. Entonces se apagaron las luces y empezó a salir un gallinero en un ático súper fashion, y lo del gazpacho, y un contestador volando por la ventana, y lo de los terroristas chiítas y todas esas cosas, y la sonrisa que se había empezado a dibujar en el rostro dio paso a las risas hilarantes y lo mismo le pasó al cine entero y entonces ya no me importó ni la cuestión uno ni la dos porque lo que pintaba, pintaba bien, y porque ya no me encontraba para nada solo. La risa colectiva es mucha compañía.

A mí la Maura me encanta cuando tuerce el morro y se pone borde y cuando se hace la coqueta. Me encanta en todas partes. Y está genial en “Ay, Carmela” y en “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, da lo mismo que se ponga en plan ejecutiva que en falda prieta de maruja amargada por el marido. Y nunca la olvidaremos entrada en carnes y arrastrando las erres en aquel memorable rrrrriégueme, rrrriégueme con el que implora alivio para los calores del asfalto, y quién sabe si para el de las hormonas, al funcionario municipal en la tórrida noche de “La ley del deseo”, qué calor te hacen sentir ese montón de erres y qué cosa tan orgásmica tiene esa secuencia, por Dios.

La Maura es una todoterreno que siempre hace de Maura, yo no sé cómo se las arregla para hacer cosas distintas siendo siempre la misma. Tú ves en la pantalla a una de esas actrices anodinas pero que salen en todos los programas y las revistas de corazón y se te queda el asunto anodino como ellas mismas. Pero la Maura no te deja indiferente, con su nariz respingona (o lo parece, ahora no me acuerdo), sus labios finos y su mandíbula prieta. Unos andares suyos así como echándole mala hostia son suficientes para que merezca la pena esa cosa tan rara que es “Reinas”, tan rara como para osar teñir de rubio a Unax Ugalde, el chico con el don de lo oscuro, y aún tendrás oportunidad cada vez que te lo pida el cuerpo de verla brincar por los tejados perseguida por esa loca genial de Terele Pávez en “La Comunidad”, gozoso trasunto polanskiano de Alex de la Iglesia.

A mí la Maura me parece grande, enorme. La Maura tiene sus rarezas porque tiene que ser muy rara y se lo merece, leñe, pero me juego lo que sea a que sabe medir lo que es y lo que no es, lo que vale y lo que no vale, se le ve en ese toque desencantado que a veces disimula con ironía y otras no, y con el que da la vuelta al mundo 80 veces a tanta niñata de teleserie e incluso de largometraje que apura sus días de estrella fugaz.

Lo de la Maura viene porque hoy le han dado la Medalla de Oro de la Academia de Cine. Una Academia de Cine justifica su existencia por reconocimientos como este aunque el reconocimiento mayor es el que le damos todos a ella desde hace tantos años y los que nos quedan. Qué tía, la Maura. (Y qué grande su vuelta a casa en “Volver”, no nos lo dejemos en el tintero, no).

Convalecencia

Estoy en cama, bajo mil mantas, tiritando a ratos, el cuerpo dolorido, el ánimo flotante, el sueño a destiempo.

Estoy muy cansado y a la vez me canso de estar cansado y por eso he decidido levantarme un rato, con una manta por encima, para escribir estas líneas, aunque me marea un poco el monitor.

Tomo lo que me han dicho que tengo que tomar con obediencia y resignación y espero. No me preocupa que lo que pueda tener sea la gripe de la letra famosa, ni de otras letras. Lo que me preocupa es lo que preocupa a los médicos: que el tratamiento que el resto del año me mantiene en pie es un fuerte inmunosupresor lo que supone que te deja sin defensas para afrontar cualquier cosa que te venga. Si viene un invitado en forma de virus, encuentra las puertas abiertas y puede entrar hasta donde quiera y hacer lo que le apetezca. Dice el prospecto en negrita: un resfriado común bastará para interrumpir el tratamiento. Luego explica el motivo y el motivo es que un resfriado común podría derivar en neumonía por la falta de recursos del sistema inmunológico. Así que no, no me preocupa lo de la gripe, al menos no exclusivamente; me preocupa que lo que sea, A o B o C haya venido y esa maquinaria prodigiosa que se llama sistema inmunológico y que en mí dejó de funcionar correctamente hace 28 años no sepa o no pueda. Pero si me preguntara alguien contestaría que no estoy intranquilo y eso que el cuerpo emite signos que no reconozco y no sé si mi extrañeza es porque son signos nuevos o porque me están llamando la atención haciendo aspavientos con las manos en el aire.

Hace un rato me he levantado a la cocina para tomar el nuevo lingotazo de paracetamol. En paracetamol, un lingotazo es igual a un gramo. Me he fijado que tras la ventana llovía generosamente y era nuevo ver llover después de tantos meses. Cuando llueve y estás al otro lado del cristal, enfundado en una manta, sintiéndote un poco vacío de tí mismo, y ves el brillo líquido de los tejados en pendiente y de las aceras y el desfile de paraguas y los árboles limpios y el cielo cubierto uniformemente te quedas muy quieto y algo por dentro te dice que existir es eso: darse cuenta de una escena así con un detalle microscópico. Integrarse en ella. Y no hacer nada más al respecto. El infinito es un segundo de eso, o un par de segundos.

Luego vuelven a arder las sienes y un escalofrío te recorre la dolorida espalda, y el estómago revuelto y el moquiteo y etcétera. Pero algo te dice que aunque estás sin defensas, la escena de la ventana te informa de que queda recorrido. Es una conclusión rara, lo sé, pero la intuición puesta en palabras siempre queda rara, porque no está acostumbrada.

Me vuelvo a la cama, o al sofá, es que ya no sé dónde tumbarme. Vuelvo en nada.

Caín

CaínTengo aquí al lado, con el olor a tinta nueva, el último libro de José Saramago, “Caín”. Llegó mediante aviso por sms la tarde ayer: deberías bajar a la librería, aunque sea un minuto. Con la intriga dejé los mandos de lo que me ocupaba en ese momento, me puse la primera cazadora del otoño, porque ayer de repente hizo una visita pregonera el invierno, y bajé a la librería. No esperaba encontrarme tan pronto un libro que se ha escrito tan rápido pero no importa porque el ritual se repitió igual: recibir como regalo el primer ejemplar de la caja y una dedicatoria, tradición inaugurada en su tiempo por mi añorado Julio Mazo con ese detallismo e ilusión tan suyas, y secundada después por Rosa, su viuda. Me reconforta el calor de esa liturgia, ayer especialmente, no sé si por llegar tan sin avisar como el invierno, no sé si por el frío del súbito invierno o por las circunstancias que en el capítulo de otro libro quedarán escritas.

Me conmueve una vez más la dedicatoria que Rosa me escribe en el libro y me conmueve la fidelidad de este hombre que, muy frágil de un tiempo a esta parte, tan delgado, con un hilo de voz pero con la cabeza tan lúcida como antaño, vuelve a dedicar su libro a Pilar, pilar de su existencia. Antes bastaba con un “A Pilar”, minúsculos caracteres suspendidos en la página en blanco a la entrada de la historia. De un tiempo a esta parte algo le sigue a la coma que las normas de estilo imponen cuando de poner un añadido se trata. Esta vez es “A Pilar, como si dijera agua” y ya la dedicatoria es como un relato infinito, un poema hondo, un qué se yo que te deja todo el resto de la blanca página para que te acurruques un rato.

Volverá a dar que hablar este “Caín” a quienes con maneras desabridas lanzaron dardos contra el autor del “Evangelio según Jesucristo”. A mí me sigue pareciendo que el miedo al vacío genera rabietas y creo que Saramago no busca provocar rabietas sino expresar sus ideas acerca del vacío de la idea de Dios y del vacío de la propia religión que llegó para llenar en falso esa ausencia. Y me sorprende esa respuesta intolerante que mira sin mirar (desde luego la literatura no la mira). Cuánto miedo ha dado durante siglos la imagen de Dios y cuánto miedo da la posibilidad de su ausencia.

Este recorrido personal sobre los primeros momentos del Antiguo Testamento, donde Saramago pone literatura a la fábula que secularmente ha sido tomada como literal, comienza retomando el inconfundible tono del narrador de todas sus novelas y el prodigioso tobogán de frases que deslizan suavemente al lector gracias a un pulso narrativo que permite encabezar el relato con una frase de once líneas y dieciséis comas y tan ricamente. Y la ironía sutil y el aliento poético y el sabio uso de las palabras y los decires que de sí mismo escuchamos del narrador, esforzándose en poner en orden y en claro un relato en comunicación cómplice con el lector. Y el alto forzoso que hace el lector ante la frase genial, que sale al paso súbitamente sin avisar: “… al mismo tiempo que experimentaba algo en el espíritu que tal vez fuese la felicidad, por lo menos se parecía mucho a la palabra”.

@Wendy

@WendyHoy hace un mes que dirigí un cortometraje. Su título es “@ Wendy” y no hay que leerlo como lo han hecho durante estas últimas semanas los medios: “arroba Wendy”, a quién se le ocurriría titular algo así;o los medios no usan mucho esto de Internet o no le han pillado el rollo a Twitter y demás. “@ Wendy” hay que leerlo “A Wendy”, como si a la “a” le quitaras el cascarón.

Volviendo a lo que estaba: hoy hace un mes que dirigí los 9 minutos de ese cortometraje y ese día fue la culminación de mucho tiempo, de muchos meses; así se van gestando las ideas, ideas que al principio no son ni por asomo la de dirigir un día un corto con un equipo de primera, pero que evolucionan y cristalizan hasta que un buen día te ves en un set diciendo acción y te ves rodeado de gente que sabe muy bien lo que hace, unos acercando la oreja digital al escenario para que todo se escuche mejor, otros poniéndole la luz, otros siguiéndole la pista a las frases para que lo dicho sea lo que hay que decir, y un actor al que un día de verano conociste y reconociste, porque de pronto viste en él a tu alter ego; qué cosa es el instinto, que un día te hace levantar la ceja y algo por dentro te dice “sí” y para cuando te das cuenta estás en el salón de reuniones de un hotel, sentados en el suelo enmoquetado él y tú porque así lo exige el guión, frente a frente, hablando de esto y de lo otro para crear el clima emocional que permita sumergirte en la escena y buscando anclajes entre su experiencia personal y la del personaje al que tiene que dar vida para que el actor no tenga que disfrazarse del personaje sino que el personaje salga del actor.

Sigue siendo un misterio para mí cómo es posible que un periodo tan rico en vivencias y en detalles no ha tenido un reflejo en este blog aunque están escritas en otra parte y, sobre todo, bien grabadas por dentro. Algún día saldrán por aquí, quizá cuando yo mismo salga de esta aventura, que todavía está en la mesa de postproducción. No sé cómo resultará todo. No soy un director de cine, ni lo pretendo; soy un espectador que cansado de ver tanto cine con más cabeza que latidos, tuvo la temeraria idea de pasar al otro lado para ponerle a los fotogramas corazón. Creo que no me arrepiento. Para nada.

Marca

Hoy hemos recibido en casa una noticia importante. Llevábamos tanto tiempo esperando que su llegada, de improviso, tras años en los que los minutos se dilataron hasta lo indecible, me ha dejado callado.

Sigo así.

tranquilo.

Que el alma extrañe sentirse aliviada es bueno y no. Es bueno porque ya pasó todo. El no son las cicatrices, que escuecen cuando cambia el tiempo o de tiempo en tiempo. Qué rara se me hace esta noche. Tan tranquila, tan en paz, al fin. Esto lo llorará el cuerpo o algo. Mañana o cuando sea. Es lo que pasa, sí.

Posado

Han llamado del hospital.

Por teléfono, el hospital toma forma de una señorita de voz muy agradable que solicita tu presencia a las 15:20 para un posado en el pabellón de radiodiagnóstico. Posado para qué medio, te dan ganas de preguntar, pero en vez de eso te extrañas y preguntas, kafkianamente, que cuál es el motivo o, más bien, la parte corporal que hay que radiografiar porque en la agenda no viene ningún posado para hoy. La cadera, dice la voz del hospital. Y por qué, pregunto yo. Y entonces es la voz del hospital la que se queda como diciendo.

Ella: oiga, es que tiene aquí una petición de radiografía de cadera. Yo: pues no me acuerdo. Ella: pues aquí lo dice. Yo: pues entonces será, no digo que no. Ella: … Yo: …? Ella: bueno, la petición es de marzo. Yo: ah… entonces eso lo explica todo. Ya no me acordaba. La verdad es que mi cadera tampoco, quiero decir que está bien. Ella: mire pero eso no me corresponde a mí, compréndalo, yo tengo aquí una petic… Yo: sí, sí, lo entiendo, yo voy, tranquila. A las 15:20 me dice? Ella: sí, a las 15:20 a radiodiagnóstico. Yo: muy bien, gracias, muy amable. Ella: a usted, buenos días.

Clic.

Una visita a radiodiagnóstico es como un posado. Te llama el gabinete de comunicación, acudes, te pones delante del objetivo y te flashean brillos de radiactividad. Luego le pasan el book al médico para que contemple y elija. Voy a pedirle que, ya puestos, hagan el retoque pertinente con photoshop.