Archivo por meses: septiembre 2009

Pessoa

Fernando PessoaMuy de vez en cuando, lo suficiente como para que acumule algo de polvo en la estantería, me da por abrir el “Libro del desasosiego” de Fernando Pessoa. Por qué, ni idea. Lo hago, y ahora que lo pienso me parece muy curioso, siempre en la madrugada de un domingo al lunes y siempre abriéndolo por una  página al azar, y no importa de qué página se trate porque leo lo que ahí dice Pessoa, con su tono de fado funcionarial, e indefectiblemente cierro el libro de golpe y con sobresalto (y el polvo revolotea un poco) y me digo con verdadero pasmo que así mismo lo habría dicho yo, igual igual, si cumpliera dos requisitos, a saber, el primero poseer el talento de Pessoa y el segundo, carecer de cierta ironía que ayuda a masticar las cosas de las que el libro da fe.

(fe es con acento o sin acento, a ver en qué quedamos y a ver si se aclaran los de las tildes)

A mí me parece que Pessoa tuvo el don de ver la existencia sin anestesia. O diciéndolo de otra manera: careció de las anestesias que nos vienen en el botiquín para ir tirando con apósitos de diversa índole.  Y, sin embargo, instalado en esa tragedia, cada palabra señala a un tipo que vivió verdaderamente cada segundo de la existencia. Hay vidas no vividas y que, sin embargo, están convencidas de serlo plenamente. Y hay vidas que exprimen a la vida increíblemente, aunque el zumo resultante deje en el vaso la espuma del desencanto, la inutilidad y la fugacidad de las cosas todas, los espejismos del amor, los esfuerzos desesperados para no ver, esconder y evitar lo que acabo de enumerar entre comas y que expuesto con la desarmante lucidez, el pulso firme y el ritmo pausado que marca Pessoa crea el desasosiego inevitable ante tanta vertiginosa certeza.

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Apéndice: Ah, y los sueños. Vivamos en los sueños. Lo sueños de la infancia (la infancia es ya un sueño), los sueños que pueden materializarse, y sintamos la vida manifestarse en el milagro de los sueños que se materializaron.

Nostalgias

(en plural)

Ha pasado una cosa un poco rara, para variar. Me había acostado ya y de pronto me ha entrado una nostalgia grande de este blog, de los tiempos en los que había un post nuevo cada día y yo me encontraba con algo nuevo que contar. Ya hay dos nostalgias entonces. Pero la tercera (no hay dos sin tres) es la que mayor punzada me ha dado en el pecho: la nostalgia de los tiempos en los que me sorprendía a mí mismo con el placer de contarme las cosas de una manera lúdica, porque cada post era al mismo tiempo una narración nueva en el fondo y una oportunidad de jugar con la forma.

Jugar.

Tengo nostalgia del juego creativo, o del juego en sí, no lo tengo muy claro. Lo que tengo claro es que me ha entrado una nostalgia grande y me he vuelto a levantar, he encendido la lamparita que tengo sobre la mesa, al lado del ordenador, y me he buscado en algún texto de los antiguos, impreso en aquel libro que recogió una recopilación de posts cuando ya eran nostalgias y que ahora es el libro entero todo él una nostalgia encuadernada.

Dice el médico que si no creo cosas, me tambaleo. La gente, por lo general, se tambalea si no cree. Diga lo que diga el médico, diga lo que diga la gente, digo yo que algo tendré que decir al respecto cuando de lo mío se trata. Yo creo que más que crear, me tambaleo cuando no encuentro el punto lúdico de las cosas. El sentido y el sentir de las cosas siempre ha ido prendido de una chispa lúdica, ya sea para la resolución de un nudo musical en el pentagrama o como combustible para tirar de las palabras y de las líneas que forman las palabras.

En cualquier caso, este post tiene algo de déjà-vu, o me lo está pareciendo. ¿Llegará un momento en que uno es un déjà-vu de sí mismo? Hay que seguir indagándose, en algún sitio quedarán, seguro, prometedoras formas lúdicas de decir las cosas, no importa cuáles, las que ocurrieron, las que pasan, las que vengan. El juego va de la mano del sentimiento. Yo lo siento (de sentir) así. Y lo siento (de lamentar) cuando pasa un tiempo y eso no se da. Quizá por eso esta tarde jugaba con las teclas del piano a ponerme un límite de cinco notas para decir en acordes sueltos algo con sentido (de lógica) y sentido (de sentimiento). Han sido cinco notas y podían haber sido seis o cuatro. El caso es ponerse un límite a modo de reto: en eso consiste el juego que invocará al resto. El resto es el latido que necesito escuchar para recordarme que estoy vivo y todo lo que eso significa.

Silencio

En la bandeja de correo electrónico apareció un mail de una seguidora de este blog con el asunto “Silencio”. Dentro del sobre ponía:

De esos tuyos que preocupan.

A mí también me preocupó un poco ese silencio mío durante un par de días, pero como estuve en silencio pues no se enteró nadie.

Bueno sí, la vecina.

(Y la lectora, claro)

Hoy, sin embargo, he hecho saltar por los aires la programación matinal de una emisora comercial con 22 minutos de entrevista sin anuncios. Es una ruina entrevistarme en estos tiempos que corren porque es que no cabe ni un anuncio y, además, me salto los 10 minutos que los anuncios, única razón de ser de estos magazines matinales, conceden a los contenidos de relleno. Pero digo yo que algo de culpa tendrá la entrevistadora por no hacer el signo de cortar con los dedos, y lo mismo el técnico. Bien es cierto que al terminar el falso directo (puesto que era una grabación), la entrevistadora le ha dicho al técnico: cortaremos algo. Y ahí sí que no, mira, porque he levantado la ceja y me ha salido decir: de eso nada. Y es verdad. A ver si te van a cortar lo que no deben y duele o se queda algo colgando. No sé qué habrán hecho (o deshecho) al final.

Al llegar a casa, el buzón tenía varias citaciones hospitalarias. Poco tiene de hospitalario la serie de citaciones de ese tipo que se vienen amontonando durante los últimos días recordando que llegó el otoño también al hospital. Igual que ya es primavera en El Corte Inglés pero en otro rollo. Le he llamado al médico, que por algo hay confianza, para consultarle, que los médicos para eso están, para consultarles, a ver si hay posibilidad de seleccionar entre las diversas pruebas, si existe una especie de pase VIP de veteranía que te exima parcialmente del engorro que se avecina.

Creo que este hombre sigue desconcertándose porque cuando hablo en serio se lo toma a chiste y cuando hago una broma se la toma en serio. Lo de hoy era en serio pero en serio que se ha reído y ha dicho que paciencia. Decir paciencia a un paciente de vigésimo séptimo curso produce cierta pereza, desazón, qué se yo lo que produce a estas alturas. La avanzadilla empieza el miércoles en plan suave. Luego vienen los puertos, las jornadas de descanso y el avituallamiento tras los ayunos de los análisis. Entre medias las ecografías, las radiografías, las gammagrafías, la gasometría arterial, el rollo de la medicina nuclear para lo de la poliglobulia, el scanner para lo del canal medular de las cervicales, y tras todo esto, las visitas puerta a puerta con el internista, el reumatólogo, la hematóloga, el neurólogo, y así hasta el fondo del pasillo y sin otro anuncio que diga URGENCIAS o ATENCIÓN AL PACIENTE, como si les diéramos miedo.

Otoño

Otoño es el recuerdo de una calle en blanco y negro de niebla y el aliento en la lana de la bufanda y los sonidos atenuados por el calor confortable en las orejas de la tela de un pasamontañas.

O eso será el invierno?

Otoño son dos botas de agua deshaciendo el espejo liso de un charco y un arco iris entre las nubes. Otoño son las mañanas azules de frío y las tardes de sol de membrillo y, antes, muchos otoños antes, otoño son las voces del serial de la radio de la abuela, no la que salió tantas veces en el serial del blog sino la otra, escuchando los dramones de las 4 con las gafas sobre la punta de la nariz, la sábana en el regazo y los dedos detenidos esperando la frase cumbre del galán o del cacique o de la pobre desdichada que resuelva la enésima tensión del culebrón en onda media antes de enhebrar la aguja. Luego viene la merienda. El otoño es el tiempo de las meriendas con pan y chocolate y del olor de las primeras castañas asadas y del fuel de las calderas que se preparan para recibir al invierno.

Ahora otoño son unos días igual de rápidos que los del verano, el invierno y la primavera. Pero todavía conservan la mejor luz, los mejores colores, los mejores olores. Y en ellos te puedes esconder mejor.

El otoño es un refugio.

Diario

Me estresa tener esto tan parado. Y me resulta contradictorio haber dejado de teclear justamente en un periodo de tiempo especialmente abundante en vivencias intensas. Tengo que pensar sobre ello pero quizá antes tengo que pensar un destino donde irme un par de días porque cuando termino alguna de estas aventuras que requieren tanta energía luego me viene la depresión post parto, que siempre es proporcional a los esfuerzos invertidos, da igual si habiendo recabado satisfacciones o no. Y habiendo sido esta aventura no menor, esta mañana ya sentía yo un algo por dentro que anunciaba su inminente visita. Así que una de dos, o seguimos trabajando en lo que queda sin interrupción o habrá que desaparecer unos días. Soy una persona que sólo puede desaparecer unos días, quizá por eso la idea de una desaparición prolongada me seduce de una manera especial. De hecho, si tuviera dinero, mucho dinero, lo emplearía para desaparecer. Desaparecer es una forma de protección. Tengo una amiga que me reprocha que utilice la distancia como seguro de protección a todo riesgo. Pero la diferencia entre ella y yo es que tengo más años. Los años pasan, pesan y pisan. Cuando eres joven, por ejemplo, te enamoras y te parece la hostia. Luego te la das (la hostia) pero no te das cuenta de que o lo que pensabas que era un enamoramiento no era más que un espejismo hormonal o que aún no habías descubierto que enamorarse es una cosa terrible. No sé lo que es peor. Lo mejor por ahora, desde luego, es dormir un poco, que en cuatro horas y media me tengo que levantar. Pero al menos he emborronado un poco la pizarra blanca de tu monitor, que estaba cogiendo polvo. Habrá que ir pensando en volver. Hay tantas cosas de las que volver que eso también me estresa. Pues vaya cómo estamos. Y encima sin un punto y aparte.